NosotrAs y el aborto . Acompañar: clandestino no es inseguro
El acompañamiento en procesos de aborto es un acto de cuidado, empatía y sororidad que sostiene el derecho de las mujeres y personas gestantes a decidir con información, dignidad y autonomía
Para las mujeres, acompañar es un acto personal y político. Acompañar es sostener. Y cuando ese acompañamiento ocurre en un proceso de aborto, la palabra adquiere muchas más dimensiones.
Acompañar a una mujer o persona gestante en un proceso de aborto es estar presente desde la ternura, el respeto y la confianza. Es ofrecer un lugar seguro donde sus palabras, miedos y silencios sean recibidos sin juicios; es sostener la decisión que toma sobre su propio cuerpo y su vida, con la certeza de que merece cuidados y dignidad.
Ser acompañante es reconocer y nombrar la violencia estructural que muchas veces nos empuja a tomar estas decisiones y, al mismo tiempo, celebrar la capacidad de elegir. Es acompañar desde la escucha radical, la empatía activa y el empoderamiento ofreciendo un abrazo que no obliga, una presencia que libera y una confirmación de que “no estás sola, tu cuerpo te pertenece, tu decisión se respeta”.
En este tiempo donde vemos la indignación que viven otros cuerpos por las injusticias, también yo las vivo y las sufro, pero también vivo la sanación que celebro y reivindico.
El acompañamiento se caracteriza por la responsabilidad individual, la claridad en la información y la postura política firme en defensa del derecho a decidir. Las estructuras colectivas y su practica se sostiene desde el compromiso personal con quienes atraviesan vulnerabilidad y falta de acceso a servicios.
En los últimos años —sobre todo a raíz de la resolución de la Corte en 2022 que despenalizó el aborto— el acompañamiento de aborto ha transitado de la clandestinidad individual a una estrategia colectiva para garantizar la autonomía reproductiva.
Lo que durante mucho tiempo ocurrió en silencio —bajo el cuidado de parteras, amigas o mujeres de la comunidad— se ha fortalecido con el impulso de los movimientos feministas, que han construido redes seguras y han compartido saberes para acompañar con información, cuidado y dignidad. Así, el acompañamiento dejó de ser un acto aislado para convertirse en una práctica colectiva donde la sororidad también es una forma de resistencia: nos cuidamos entre nosotras y enfrentamos juntas la estigmatización.
Nombrar a las acompañantes es reconocer su labor y el papel que han tenido para que muchas mujeres y personas gestantes puedan ejercer sus derechos con mayor seguridad y acompañamiento. Es reconocer que, incluso en la clandestinidad, las mujeres hemos sabido cuidarnos, sostenernos y abrir caminos donde antes sólo había estigma.