NosotrAs: Y el feminismo que estaba de moda
Es urgente volver a poner el feminismo de moda, sin despolitizarlo ni permitir que la violencia habite nuestros espacios
Conocí el feminismo hace unos 10 años. En aquel tiempo, la conversación sobre los temas relacionados con el género era intensa, apasionada. Poco a poco empecé a involucrarme activamente en el movimiento, busqué a otras mujeres feministas cerca de mí, asistí a marchas, manifestaciones, talleres, conferencias, conversatorios.
Tuve mucha suerte: el feminismo estaba de moda. Fundé una colectiva y entré a otra que ya existía. Leí libros, artículos, columnas, ensayos. Vi documentales, escuché podcasts, todas teníamos algo que decir y que compartir con las demás. Cuando llegó la pandemia, cada semana había alguna videollamada, mudamos los espacios presenciales a los virtuales. Parecía que el confinamiento nos estaba volviendo más fuertes y presentes.
Conforme regresábamos a la “normalidad”, nos fuimos diluyendo, nos fuimos cansando, probablemente porque la emoción que teníamos en aquellos años se desbordó sin límites, y nos recordó que muchas cosas en este sistema son insostenibles. Poco a poco los discursos conservadores se fueron abriendo paso, de maneras sutiles pero constantes. Empezaron a hablarnos de energía femenina y energía masculina, del clean look, del old money, de las cosas “para las girls”. Muchas de las feministas jóvenes que estuvieron en el auge de la década pasada empezaron sus vidas laborales y se dieron cuenta de lo que significa ser parte de la clase trabajadora en este país. Después de un turno de 14 horas de trabajo, ser una “esposa tradicional” deja de sonar descabellado.
Empezamos a ceder porque, aunque muchas llegamos al feminismo por moda, nos quedamos por convicción y por mucho que los pañuelos morados y verdes se veían lindos en las marchas, la realidad de las mujeres suele ser dolorosa, desgarradora, agotadora. Nombrarse feminista significaba una incomodidad que muchas ya no podían ni querían permitirse, no después de tantos años y tantos daños. Tuvimos muchas fallas: no conocíamos el autocuidado, le dimos paso a la transfobia, al racismo y al clasismo en nuestros espacios, no conocíamos buenos métodos para resolver nuestros conflictos y la violencia se hizo presente entre nosotras. Nos cansamos tanto que pudiera parecer que nos olvidamos de quiénes eran los verdaderos enemigos.
Y aunque estuvimos un par de años en la aparente calma y comodidad, ahora empezamos a ver las consecuencias de haber bajado la guardia: nuestros derechos están siendo cuestionados en debate público, como si en su momento defenderlos no hubiera costado vidas. Los cánones de belleza que nos envenenan y asesinan están regresando a ser el estándar, lo esperado, lo deseado. Nombrarse feminista vuelve a sonar como una exageración, como una locura. Colgarse el pañuelo es, de nuevo, motivo para recibir malas caras y malos tratos.
Creo que es urgente que volvamos a poner el feminismo de moda. Esta vez sin despolitizarlo, esta vez sin permitir que la violencia permee en nuestros espacios, esta vez poniendo nuestro autocuidado y cuidado colectivo en el centro. Tenemos que aprender de nuestros errores pasados para no volvernos a diluir y articularnos con otras luchas y movimientos. Nos lo debemos después de aquellos años de lucha, y se lo debemos a las que vienen. Intentemos volver a construir un mundo donde nuestros derechos no se discutan a la mínima provocación, donde podamos vivir tranquilas, felices y libres. Donde podamos vivir.