NosotrAs y la libertad intelectual: Una habitación propia, a cien años de distancia
Virginia Woolf soñó con mujeres dueñas de su destino. Hoy muchas aún buscan algo básico: un espacio propio para pensar, descansar y ser
Una habitación propia. Ya Virginia Woolf (1882-1941) la calificaba como indispensable para las mujeres. Un lugar, un espacio personal en el cual poder concentrarse y concentrar sus actividades, disfrutar de su soledad y pasar libremente su tiempo. Un espacio para la libertad intelectual, para su propia autonomía.
La escritora británica se refería a poder contar incluso con posibilidades económicas, pues ello le quitaría presión a su vida diaria. Mencionaba la cantidad de 500 libras esterlinas que representaba una renta fija, y ella misma reconocía que, por una herencia de su tía Mary Benton, su situación particular económica era diferente a la de las demás, siendo beneficiada en aras de su propia independencia.
Sustentó la serie de conferencias que integran este libro a finales de la década de 1920 y reflexionaba que en cien años las mujeres podrían ser dueñas de su propio destino. Soñaba con que existieran profesiones que entonces no se conocían pero que ellas estarían allí (acá, en los años veinte de este milenio) ejecutando esas tareas y destacándose.
Suena fascinante que llegamos a ese momento y que asistimos como testigos de oro, protagonistas de privilegio, para presenciar e incidir en un proceso de transformación gestado décadas atrás y que sigue rindiendo frutos en la actualidad.
Pero para muchas mujeres sigue pendiente la habitación propia. Ese lugar sagrado en donde descansar. En el cual permanecer en silencio. Un lugar reservado y respetado por todos, incluyéndonos a nosotras mismas.
Es una deuda pendiente con las mujeres y no se trata en exclusiva de un espacio público. Es un reconocimiento a la mujer, a la que trabaja cada día y llega tarde a casa, continuando con las labores del hogar. Cuida de sus padres, y es maestra o empleada de gobierno o es enfermera, doctora, secretaria o vendedora.
A aquellos que han ayudado a construir tantas habitaciones propias, un justo reconocimiento. Y a los que insisten en negar el derecho a la habitación de la libertad intelectual, la emocional y la laboral, sigue para ellos la exigencia de una sociedad que encuentra su base y fortaleza en el respeto íntegro y total de los derechos humanos.
La habitación propia para la mujer constituye un derecho.