NosotrAs: Y la maternidad en solitario
Las redes de apoyo no reemplazan la corresponsabilidad del Estado, pero sí pueden marcar la diferencia entre el agotamiento y el bienestar
La maternidad en solitario exige asumir, al mismo tiempo, los roles de proveedora, cuidadora, educadora y sostén emocional, sin el acompañamiento diario de una pareja. Ante esta sobrecarga, la red de apoyo deja de ser opcional y se vuelve esencial para el bienestar de la madre y de sus hijos.
Hablamos entonces de familiares, amistades, vecinos, colectivos de madres, instituciones y profesionales. Su función es brindar apoyo emocional, práctico y, en ocasiones, económico. Contar con alguien que cuide a los hijos durante la jornada laboral, que escuche sin juzgar o que ayude ante un imprevisto reduce el riesgo de ansiedad, depresión y agotamiento parental.
La psicología social confirma que el aislamiento eleva el estrés asociado a la crianza, mientras que el respaldo social protege la salud mental. Además, estas redes fortalecen la autoestima al recordarle a la madre que no está sola y que su valor no depende de un modelo tradicional de familia.
Los hijos también se benefician al crecer en un entorno de cooperación. Aprenden que pedir ayuda es sano y que la confianza se construye en comunidad. En lo económico, el cuidado infantil compartido, el intercambio de recursos y la orientación para acceder a programas sociales marcan la diferencia entre la estabilidad y la vulnerabilidad.
Donde las políticas públicas no alcanzan, el apoyo de familiares, vecinos y organizaciones constituye el primer mecanismo de protección. Fortalecer estas redes beneficia a toda la sociedad: una madre respaldada se desarrolla mejor, educa con mayor paciencia y ofrece mejores condiciones a sus hijos. Por eso, normalizar el acto de pedir ayuda y crear espacios seguros de acompañamiento debe ser una prioridad. Invertir en redes de apoyo es invertir en generaciones y comunidades más fuertes, inclusivas y humanas.
@aracceliinunnez