Drogadicción: ¿y las estrategias de contención?

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Politicón
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convendría que frente a las cifras publicadas, las instituciones públicas asuman una posición sobria que les deje revisar sus estrategias

Uno de los más grandes problemas que las instituciones públicas enfrentan a la hora de justificar sus políticas es el de confrontar los datos duros. Porque la estadística muestra de forma cruda la realidad, aunque existan quienes afirmen que con las estadísticas el único problema es encontrar una forma adecuada de presentarlas al público.

El comentario viene al caso a propósito del reporte periodístico que publicamos en esta edición, relativo a las estadísticas que reporta el Centro de Integración Juvenil de Saltillo y de acuerdo con las cuales el consumo de drogas entre los adolescentes de la ciudad se ha disparado, comparadas las cifras con las del año anterior.

Según las cifras del CIJ, durante el primer trimestre de 2016 en dicho centro se atendió a un promedio mensual de 112 jóvenes que por primera ocasión consumían drogas, cifra que es 55 por ciento superior al promedio mensual de atención registrado durante 2015 y que fue de 72 casos.

La cifra puede “interpretarse” de distintas formas, por supuesto. Y una de ellas puede ser que sólo se trata de más casos atendidos pero que tal hecho no necesariamente refleja un incremento en el número de consumidores.

Y quien sostenga tal versión, sin duda podrá argumentar que, en tanto no se presente un estudio que demuestre la existencia de un incremento en el número de personas que deciden consumir una sustancia prohibida, no puede considerarse la estadística anterior como indicador de tal circunstancia.

Sin embargo, leer la estadística desde esta perspectiva tan sólo reflejaría una vocación por el autoengaño, pues incluso si no estuviéramos ante un incremento en el número de consumidores totales, sino solo ante un  crecimiento en el número de personas que acuden a solicitar apoyo profesional, de todas formas estaríamos ante un indicador importante.

¿Por qué? Porque incluso un incremento solo en el número de personas que acuden a solicitar ayuda implicaría que las políticas públicas teóricamente diseñadas para prevenir el fenómeno están fracasando en los hechos. Y eso, en el mejor de los casos.

En otras palabras, intentar el abordaje de la estadística desde la perspectiva señalada implica acogerse a la versión más optimista de la realidad y si algo podemos afirmar, desde la experiencia empírica, es que las posiciones más optimistas y más pesimistas casi nunca se actualizan, pues la verdad suele ubicarse, por regla general, en algún punto intermedio entre la catástrofe y el paraíso.

Por ello, convendría que frente a las cifras publicadas las instituciones públicas asumieran una posición sobria y autocrítica que les permita revisar sus estrategias y replantearlas de cara a la necesidad de que el consumo de drogas se combata con eficacia y no solamente con discursos y buenas intenciones.

Esperemos que la reacción no sea exactamente al revés.

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