Saltillo: La trampa del éxito... 449 años después
COMPARTIR
Quizá el verdadero desafío de Saltillo no sea el agua, el tráfico o la contaminación. Esos son síntomas. El problema de fondo es otro: la tentación de creer que, porque hoy la ciudad funciona mejor que muchas otras, ya no necesita reinventarse
Las ciudades casi nunca fracasan por sus errores, sino por sus aciertos.
La historia está llena de ejemplos. Venecia creyó que el comercio marítimo sería eterno. Detroit pensó que la industria automotriz bastaría para sostener su liderazgo. Pittsburgh tardó décadas en comprender que el acero no podía ser el único cimiento de su economía. Ninguna cayó de un día para otro. Todas comenzaron a deteriorarse cuando confundieron el éxito con la permanencia.
Saltillo debería mirar con atención esas historias. No porque hoy se parezca a esas ciudades, sino para evitar hacerlo mañana. Durante décadas hemos construido una narrativa que, en buena medida, es cierta. La capital de Coahuila es una de las ciudades más seguras del país; concentra uno de los corredores manufactureros más importantes de México; mantiene niveles de competitividad que muchas capitales estatales envidian. El Índice de Competitividad Urbana del IMCO la ha colocado entre las zonas metropolitanas con mejor desempeño del país. Sería absurdo negar esos logros.
El error consiste en creer que esos logros son suficientes. Porque el éxito tiene una característica profundamente engañosa: reduce la capacidad de hacerse preguntas incómodas. Hace 40 años la gran pregunta era cómo atraer inversión; hace 20 años era cómo consolidar la industria. Hoy debería ser otra.
¿Cómo queremos vivir dentro de 30 años?
Sorprende que una ciudad capaz de competir globalmente dedique tan poco tiempo a discutir su propio futuro. Debatimos sobre puentes, pero no sobre movilidad. Discutimos pavimento, pero no expansión urbana. Hablamos de inversiones, pero no de agua. Analizamos crecimiento, pero no sostenibilidad. Como si los problemas estructurales pudieran resolverse inaugurando infraestructura.
El propio Ayuntamiento reconoce que no. Su Plan Municipal de Desarrollo identifica entre los principales desafíos el abatimiento de los acuíferos, la calidad del aire, la gestión de residuos, la necesidad de fortalecer la resiliencia climática y la transformación del sistema de movilidad. Incluso reconoce que más de la mitad de las unidades del transporte público no cumplen las condiciones normativas óptimas. No es una denuncia de la oposición. Es el diagnóstico oficial de la ciudad.
Y quizá ahí aparezca la primera paradoja. Conocemos cuáles son los problemas. Lo que todavía no sabemos es si tenemos la urgencia política para enfrentarlos.
Porque existe una enorme diferencia entre conocer un problema y asumirlo como prioridad. Saltillo crece. Pero también se extiende. Y cada kilómetro que la ciudad avanza hacia la periferia significa tramos adicionales de tuberías, drenaje, alumbrado, transporte, mantenimiento, patrullaje y agua. Sobre todo, agua.
Vivimos en una región donde el recurso estratégico del futuro no será el petróleo, la industria ni la inversión extranjera, sino el agua. Una empresa puede cambiar de domicilio; un acuífero no. Resulta paradójico que una de las regiones industriales más importantes del país hable tan poco sobre su seguridad hídrica.
Quizá porque las crisis verdaderamente graves nunca llegan con estridencia. Se construyen lentamente: decisión tras decisión, permiso tras permiso, omisión tras omisión, hasta que un día descubrimos que el problema no apareció de repente; simplemente dejamos de verlo mientras ocurría.
Algo similar sucede con la movilidad. Durante décadas diseñamos una ciudad para los automóviles y hoy pagamos el costo de esa decisión. Cada nuevo distribuidor vial alivia el tráfico por un tiempo, hasta que el crecimiento urbano vuelve a saturarlo. No es un problema de ingeniería, sino de modelo de ciudad.
Lo mismo ocurre con el medio ambiente. Hemos celebrado –con razón– el crecimiento industrial de Saltillo, pero pocas veces discutimos el costo ambiental que lo acompaña. La calidad del aire, la disponibilidad de agua, el tratamiento de aguas residuales o la recuperación del espacio público ya no son temas exclusivos de ambientalistas; son factores que determinarán la competitividad de las ciudades durante las próximas décadas.
Por eso la pregunta verdaderamente importante no es cuántas inversiones más arribarán a Saltillo, sino qué ocurriría si algún día dejaran de llegar. La fortaleza de una ciudad no depende únicamente de las empresas que atrae, sino de las capacidades que construye: universidades, investigación, capital humano, instituciones, innovación y una planeación capaz de mirar más allá del siguiente periodo de gobierno.
Esa será la verdadera competencia del siglo 21. No quién inaugura más parques industriales, sino quién administra mejor el agua, quién ofrece un transporte digno, quién protege su entorno y quién forma ciudadanos capaces de sostener el desarrollo cuando cambien las condiciones económicas. Quizá por eso el verdadero desafío de Saltillo no sea el agua, el tráfico o la contaminación. Esos son síntomas. El problema de fondo es otro: la tentación de creer que, porque hoy la ciudad funciona mejor que muchas otras, ya no necesita reinventarse.
La historia demuestra exactamente lo contrario. Las sociedades más exitosas no son las que menos problemas enfrentan, sino las que nunca dejan de cuestionar el modelo que las hizo prósperas. Hay una diferencia profunda entre administrar una ciudad y gobernar su futuro. Administrar consiste en resolver lo urgente; gobernar implica anticipar lo importante. Esa es, quizá, la discusión que Saltillo necesita. No quién gobierna, sino qué ciudad estamos construyendo.
Porque dentro de 100 años nadie recordará cuántos distribuidores viales inauguró una administración ni cuántos informes rindió un alcalde. Las ciudades no trascienden por las obras que inauguran, sino por las preguntas que tuvieron el valor de hacerse antes que los demás. Así las cosas.