Los razonamientos que llevaron a Stephen Jay Gould, a convertirse en el mejor paleontólogo del siglo XX. Y la famosa controversia de Tennessee...

¿Las cebras son blancas con franjas negras, o negras con franjas blancas?

Con preguntas como esta, el paleontólogo, biólogo evolutivo y divulgador científico Stephen Jay Gould (1941- 2002) provocaba a sus colegas y a sus lectores, para luego explicarles algunas de las ideas más complejas de la evolución.

Al igual que Charles Darwin, Gould se dedicó a tratar de entender la Naturaleza y con ese entendimiento develó varios enigmas que lo atormentaban. En efecto,  desde que Darwin publicara ‘El origen de las especies’, en 1859, Gould planteó cuatro nuevas teorías que lo llevaron a convertirse en el mejor paleontólogo del siglo XX.

La primera teoría

En la década de 1970, durante su doctorado en la Universidad de Columbia, Gould y Niles Eldredge se dedicaban a estudiar fósiles para tratar de entender cómo operaba la evolución, hasta que ambos se toparon con una realidad inesperada: no encontraron cambios en los fósiles de las especies, como preveía Darwin.

 Según Darwin los organismos de una misma especie compiten entre sí, y el mejor adaptado al ambiente sobrevive y pasa a sus descendientes sus características; y así, de manera lenta y gradual, se van produciendo cambios en las generaciones futuras.

Pero Gould y Eldredge no encontraron esos cambios, que se supone aparecían  de repente en nuevas especies.

La segunda y la tercera

Darwin ya se había enfrentado al mismo problema, pero argumentó que la falta de fósiles que explicara su teoría se debía a la dificultad de encontrarlos.

Mientras tanto, Gould y Eldredge llegaron a otra conclusión y la publicaron en 1972: ‘la teoría del equilibrio puntuado’, según la cual las especies dan saltos evolutivos y cambian de un momento a otro, después de permanecer estables por mucho tiempo.

Esta controvertida tesis se ganó las críticas de grandes científicos como los biólogos evolutivos John Maynard Smith y Richard Dawkins.

Pero las críticas no intimidaron a Gould, quien seis años después, como profesor de Harvard, volvió a sacudir los cimientos de la evolución al afirmar, junto con Richard Lewontin, que las características de algunos organismos son simplemente consecuencia de la forma por la cual evolucionaron y no necesariamente por ser fruto de la selección natural, como creen los darwinistas ortodoxos.

Es decir, no todas las características de los seres vivos representan una ventaja evolutiva, sino que son simplemente ‘efectos colaterales de la evolución’.

Stephen Jay Gould

La fuerza del azar

En el libro ‘La vida maravillosa’, publicado en 1979, Gould sugiere que otra fuerza muy poderosa actúa en la evolución de las especies: el azar.

En ese libro Gould cuenta la historia de un fósil de 500 millones de años de un animal prehistórico similar a un pez y menciona que, si ese animal se hubiese extinguido antes de lo que lo hizo, quizá no existirían los seres humanos.

Gould argumentaba que ‘si las catástrofes naturales ocurren aleatoriamente, un pequeño asteroide caído en un momento clave de la evolución pudo haber tenido el poder de cambiar todo lo que vino después’.

Según esa teoría, la evolución no es intencionada, no tiene propósitos predeterminados ni existe una tendencia general hacia lo más complejo, y, por lo tanto, la evolución no le otorga un lugar privilegiado a la especie humana.

Final de la historia.

Pasemos ahora a otra visión controvertida de la evolución.

Un debate histórico

Hace medio siglo, el 18 de mayo de 1967, el gobernador de Tennessee firmaba la abolición de una ley que había permanecido en vigor durante 42 años. El proceso de derogación fue de una rapidez pasmosa: el 15 de mayo se presentó una demanda contra la ley, y al día siguiente el Senado estatal votó su anulación tras menos de tres minutos de debate.

El fin del llamado Butler Act, ‘la ley contra la enseñanza de la evolución en las escuelas de Tennessee’, fue tan curioso como lo había sido su comienzo.

Veamos lo que sucedió

En 1925, el granjero y miembro de la Cámara de Representantes de Tennessee John Butler, feligrés de la Iglesia Bautista Primitiva, redactó un proyecto de ley “prohibiendo la enseñanza de la ‘Teoría de la Evolución’ en todas las universidades y escuelas públicas de Tennessee, que estuvieran sostenidas en todo o en parte con fondos del Estado, y dictó castigos para sus infracciones”.

El texto precisaba que sería ilegal “enseñar cualquier teoría que negara la historia de la Creación Divina del hombre como lo enseña la Biblia, y en su lugar enseñar que el hombre desciende de un orden inferior de animales”, estableciendo multas de entre 100 y 500 dólares para los infractores.

El texto de Butler fue aprobado por amplia mayoría por ambas cámaras de la Asamblea de Tennessee. El 21 de marzo de 1925, la ley fue ratificada por la firma del gobernador Austin Peay.

Butler se ufanaba de que 99 personas de cada 100 en su distrito pensaban como él, y de que no conocía “a uno solo en todo el distrito que piense que la evolución del hombre, pueda ser de la manera como la cuentan los científicos”.

Lo que no imaginaba Peay es lo que sucedería a continuación. Al difundirse la noticia de la ley aprobada en Tennessee, la Unión Americana por las Libertades Civiles (ACLU) se ofreció a defender a cualquiera que fuera acusado de violar el Butler Act (el Acta de Butler).

El anuncio de la ACLU llegó al conocimiento de George Rappleyea, ingeniero y director de la Cumberland Coal and Iron Company en la pequeña localidad de Dayton, en Tennessee. Inspirado por su rechazo del fundamentalismo religioso.

Para actuar como acusado, Rappleyea persuadió a un profesor sustituto de biología de 24 años llamado John Scopes, que ni siquiera estaba seguro de haber enseñado evolución en sus clases.

En la actualidad la pugna continúa en el estado de Tennessee, aunque la enseñanza del Génesis como relato histórico ha tenido que reinventarse sucesivamente en la llamada ‘Ciencia de la Creación’ y el ‘Diseño Inteligente’, para sortear los cambios legales.

Mientras, el municipio de Dayton, en Tennessee permanece aferrado a sus tradiciones, a tal punto que la localidad ha aprobado un festival anual para conmemorar los días de fama que le dió el Acta de Butler.