¿‘Antisionista sí, antisemita no’?: Saltillo marcha por Palestina y exige claridad sobre el convenio hídrico de Chihuahua con Israel
Previo a la marcha del sábado en Saltillo, colectivos se pronuncian contra discursos de odio
En vísperas de la movilización por el agua y Palestina en Saltillo, recordé aquella conversación que tuve con un señor en una tienda. Me dijo que le estaban aplicando un Israel. Él era Palestina.
No levantó la voz. Habló como en los pueblos se cuentan las desgracias: con la serenidad de quien ya discutió demasiadas veces con personas que no pensaban hacerle caso.
Comenzó por hablarme de su hectárea, situada en un ejido por Zacatecas. La había recibido como herencia y todavía crecía el monte sobre ella, aunque desde hacía meses ninguna criatura podía alimentarse ahí.
En aquellos rumbos, las propiedades habían aprendido durante años a vivir sin bardas. Les bastaba una piedra, un mezquite, la curva de una brecha o un bordo para saber dónde terminaba la tierra de uno y comenzaba la del vecino. Los ejidatarios conocían esos límites con la precisión de quien recuerda su primera picadura de víbora.
El hombre puso su tienda y el negocio comenzó a comerle los días. Atendía desde temprano, fiaba refrescos, vendía huevo, hacía cuentas en una libreta y recibía a clientes que llegaban a conversar con él más tiempo del que tardaban en comprar. Visitaba la parcela una vez al mes. Algunas temporadas pasaba todavía más tiempo sin verla.
Imaginaba lo que construiría ahí. Una casa, quizá. Árboles. Un lugar donde retirarse cuando la tienda dejara de exigirle todas las horas. Confiaba en que la tierra seguiría en su sitio, ocupando su lugar con la paciencia de un futuro mejor.
Cuando finalmente decidió ponerla a trabajar, encontró una casa pequeña en medio del terreno. Tenía paredes de madera y la expresión humilde de quien espera a su dueño.
Como no había nadie, la derribó.
Una semana después, la casa se había levantado de nuevo entre los escombros. Un hombre trabajaba ahí.
El tendero le preguntó qué hacía dentro de su parcela. El desconocido respondió que su padre había nacido en esas tierras y que su madre le había pedido volver.
No mostró documentos. Tenía una historia. Y a veces una historia, cuando encuentra suficiente fuerza detrás, empieza a comportarse como una escritura.
OCUPAR LA TIERRA
El tendero lo echó y sembró árboles para ocupar el terreno. Durante un tiempo creyó que aquello bastaría.
El otro hombre regresó meses después convertido en propietario de los lotes vecinos. Había comprado algunos y conseguido que le prestaran otros. Poco a poco aparecieron bardas alrededor de las dos hectáreas hasta cerrar el camino.
Para entrar, el dueño tendría que pagarle paso a quien antes había intentado quedarse con su tierra.
Se negó. Los árboles fueron secándose como si también comprendieran que los papeles sirven de poco cuando el agua se encuentra del otro lado de una puerta.
De esa historia nació la frase “aplicarle un Israel”. En la versión del tendero, un hombre reclama una pertenencia antigua, construye dentro de un territorio ocupado por otro y si no puede, termina administrando los accesos hasta volver inútil la propiedad del otro.
La comparación contiene una casa demolida, varias bardas y unos árboles secándose. También muestra la manera en que Palestina e Israel están entrando en conversaciones del día a día, incluso en lugares donde las resoluciones internacionales jamás han pasado por una mesa y el mundo se ha convertido en noticias vistas desde un teléfono.
Pero una metáfora popular no es un tratado de historia.
El tendero no estaba explicando más de un siglo de nacionalismos, persecuciones, colonialismo, migraciones, guerras, expulsiones y ocupación militar. Estaba nombrando lo que le ocurrió con las palabras que tenía disponibles.
Se puede conservar una escritura y perder el territorio. Se puede ser dueño y no poder entrar. Se puede tener derecho al agua y descubrir que alguien más administra la llave.
¿EL AGUA ES TUYA, PERO YO LA ADMINISTRO?
Esta “chismesito” del señor apareció días antes de la movilización nacional anunciada para éste sábado. Iniciarán en el Tecnológico de saltillo y convocaron a las nueve y media de la mañana.
El llamado busca expresar solidaridad con el pueblo palestino y denunciar los vínculos políticos y económicos que distintas instituciones mexicanas mantienen con el Estado de Israel. En el origen inmediato de la protesta se encuentra un acuerdo de cooperación hídrica firmado por el Gobierno de Chihuahua.
Ahora, antes de que la primera persona ocupe la calle, esta movilización ya produjo una disputa. Diversos colectivos de Saltillo anunciaron que acudirán por convicción, aunque no participaron en la organización nacional y tampoco reconocen como propias todas las consignas difundidas.
Por ello publicaron un pronunciamiento para apartarse de la expresión “anti-Israel” y de la frase “México para los mexicanos”, cuyo eco nacionalista les parece incompatible con la defensa de personas migrantes, refugiadas y pueblos desplazados.
ANTISIONISTAS, ANTISEMITAS
Los colectivos prefieren concentrar su denuncia en el sionismo, la ocupación, el colonialismo y las políticas que califican como apartheid. También advierten que se deslindarán de cualquier manifestación antisemita (odio, rechazo o prejuicio hacia las personas judías), etnonacionalista o fascista.
En una causa atravesada por décadas de propaganda y dolor, las palabras suelen llegar con armas. Israel puede designar un territorio, un Estado, un Gobierno o una sociedad formada por personas con ideas distintas. Judaísmo, ciudadanía israelí y decisiones militares pertenecen a unos planos que las consignas suelen amontonar hasta volverlos irreconocibles.
La parcela del tendero permite mirar este cerco.
En un ejido hay expedientes, autoridades agrarias y particulares que eventualmente pueden sentarse frente a un juez. Palestina e Israel cargan con la desaparición de un imperio, la administración británica, dos movimientos nacionales, oleadas migratorias, persecuciones europeas, levantamientos, guerras, expulsiones, ocupación militar y varias generaciones educadas en la memoria de una amenaza que sigue ahí.
A finales del siglo XIX, el sionismo político comenzó a organizarse en Europa alrededor de la idea de establecer un hogar nacional judío en la Palestina histórica. Sus impulsores vivían en sociedades donde el antisemitismo llevaba siglos cambiando de uniforme.
Había pasado por la persecución religiosa, la exclusión civil, los pogromos y las teorías raciales. Décadas después desembocaría en el Holocausto. Para muchos judíos, la soberanía aparecía como una protección frente a esa vieja costumbre europea de permitirles vivir hasta que llegaba la siguiente matanza.
Palestina, mientras tanto, tenía habitantes, ciudades y aldeas. Había campesinos, comerciantes, propietarios, trabajadores y comunidades religiosas que compartían mercados, caminos y estaciones. Su población era mayoritariamente árabe y comenzó a articular una identidad nacional propia mientras aumentaba la inmigración judía.
Dos aspiraciones de pertenencia crecieron sobre el mismo territorio. Una de ellas contaba cada vez con más instituciones, recursos y apoyo internacional; la otra veía cómo el lugar donde había vivido durante generaciones se transformaba mediante decisiones tomadas del otro lado del mundo.
Gran Bretaña ocupó Palestina durante la Primera Guerra Mundial y publicó en 1917 la Declaración Balfour, favorable al establecimiento de un hogar nacional judío. La promesa fue incorporada al Mandato británico.
Durante los años siguientes aumentó la inmigración, sobre todo cuando Europa comenzó a cerrarles la puerta a los judíos perseguidos por el nazismo. También creció la resistencia palestina. Londres administraba el territorio con esa serenidad burocrática que permite a los imperios dibujar el futuro ajeno sobre un pedazo de papel blanco.
En 1947, Gran Bretaña llevó el problema ante Naciones Unidas. La Asamblea General recomendó dividir Palestina en dos Estados y colocar Jerusalén bajo un régimen internacional. La dirigencia sionista aceptó el plan como punto de partida para la fundación de Israel.
Los dirigentes árabes lo rechazaron porque consideraban que disponía de una tierra mayoritariamente árabe sin el consentimiento de su población. El mapa prometía dos países. Uno nació al año siguiente. El otro quedó convertido en una promesa parecida a la que hace un alcohólico “ya mañana, ya mañana”.
LA HISTORIA, SEGÚN QUIÉN LA ESCRIBE
El año siguiente aprendió a responder a dos nombres. En Israel se recuerda como la independencia, el momento en que un pueblo perseguido consiguió un Estado pocos años después del exterminio de seis millones de judíos europeos; pero entre los palestinos es la Nakba, la catástrofe: cientos de miles huyeron o fueron expulsados, numerosas localidades quedaron destruidas o despobladas y sus habitantes se convirtieron en refugiados.
Desde entonces, muchas familias heredan llaves de puertas desaparecidas, escrituras de casas ocupadas por otros y fotografías de huertos que sobreviven únicamente en la conversación de los pocos viejos que quedan.
Israel ganó la guerra y amplió el territorio que el plan de partición le había asignado. Cisjordania quedó bajo administración jordana y Gaza bajo control egipcio. Los palestinos desplazados se repartieron entre esos territorios, los países vecinos y campamentos que con el tiempo adquirieron calles, comercios, escuelas y cementerios. Lo provisional comenzó a reproducirse. Los hijos de los refugiados tuvieron hijos y las tiendas de campaña fueron sustituidas por construcciones levantadas para durar, aunque todos siguieran llamándolas campamentos.
En 1967, Israel ocupó Cisjordania, Jerusalén Este y Gaza durante la Guerra de los Seis Días. Desde entonces, la vida palestina ha quedado organizada por controles militares, asentamientos israelíes, permisos, demoliciones, carreteras y restricciones de movimiento.
La Corte Internacional de Justicia consideró en 2024 que la presencia continuada de Israel en el territorio palestino ocupado es ilícita. En esa geografía, unos cuantos kilómetros pueden exigir horas, documentos o la aprobación de un joven soldado que quizá nació mucho después de que comenzara el problema.
ATAQUES Y REHÉNES
El 7 de octubre de 2023, Hamás y otros grupos armados atacaron comunidades y posiciones israelíes, asesinaron civiles y llevaron rehenes a Gaza. La ofensiva israelí posterior destruyó amplias zonas del enclave y desplazó a la mayor parte de su población.
Los colectivos de Saltillo y México llaman genocidio a esa campaña. Sudáfrica llevó la acusación ante la Corte Internacional de Justicia y el procedimiento continúa abierto, mientras el Gobierno israelí la rechaza. Para millones de personas atrapadas en Gaza, este debate jurídico ocurre por encima de una realidad hecha de escombros de edificios, hambre, hospitales inutilizados y familias que vuelven a mudarse con apenas un morral en el hombro.
En México, el estado Israelí encontró otra puerta de entrada: el agua. En 2023, el Gobierno de Chihuahua anunció un acuerdo con la Embajada de Israel y puso en marcha un plan de cooperación con MASHAV, la agencia israelí de cooperación internacional.
Los comunicados oficiales mencionan saneamiento, eficiencia agrícola, capacitación, reducción de fugas y seguridad hídrica. En un país donde se mira al horizonte con desconfianza, cualquier conversación sobre el agua viene acompañada por la gravedad de una disputa por la supervivencia.
En México, los convocantes reclaman transparencia sobre el convenio y sus posibles consecuencias económicas. El pronunciamiento saltillense habla de acuerdos con empresas israelíes, mientras la información oficial disponible describe una “colaboración institucional con la Embajada y MASHAV”.
Los colectivos añadieron el caso de Veolia, la compañía francesa que participa en Aguas de Saltillo, porque consideran que ambos asuntos forman parte de una discusión sobre soberanía y bienes comunes. Esa relación pertenece, por ahora, al terreno de su interpretación política.
DESCONFIANZA PARA TENER CERTEZA
A un día de la movilización, la explanada del Tecnológico todavía pertenece a los estudiantes, a las rutas de transporte y a las personas que cruzan sin saber que allí comenzará una protesta.
El sábado llegarán quienes piensan fuera de un metro cuadrado, quienes piensan en Gaza, quienes desconfían del convenio de Chihuahua, quienes respaldan las campañas de boicot y quienes llevan años cuestionando la administración del agua en Saltillo. Caminarán bajo una causa compartida y con desacuerdos que quizá aparezcan escritos en pancartas distintas. El pronunciamiento intenta impedir que la indignación se convierta en odio contra los judíos, los migrantes o las personas extranjeras. Falta saber qué palabras terminarán adueñándose de la calle.
A esa hora, el señor de la tienda probablemente estará detrás de su mostrador, haciendo cuentas o fiando un trago de Coca-Cola bien helada. Sus tierras continuarán donde siempre, rodeadas por terrenos que cambiaron de dueño y por un camino cuyo precio fue el exilio.
El tendero se autonombró Palestina porque había descubierto que la propiedad puede permanecer intacta en los documentos mientras se secan sus árboles en una tierra árida.
Así los conflictos mundiales no nos son tan lejanos si comprendemos el cómo fue que pasó algo del otro lado del mundo que aquí también podría pasar.