Calentamiento Global: Sudor vs el calor

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Internacional
/ 1 septiembre 2007

    Nueva York.- Todos los días convivimos con él, lo frecuentamos y nos recorre la piel, pero nadie suele mencionarlo: es de mal gusto. Incluso, cuando es insistente nos incomoda. Lo que no sabíamos es que este pequeño aliado es el que nos permitirá sobrevivir a la mayor catástrofe climatológica que el ser humano haya enfrentado: el calentamiento global.

    Este superhéroe del organismo está listo para adaptarse a las variaciones del clima y presto para refrescarnos ante las inminentes altas temperaturas. Se trata del sudor, y todos los seres humanos compartimos este mismo modelo de acondicionador de aire personal.

    El sudor es parte de una maquinaria biológica singularmente humana. Y aunque la máquina gotea y suele desprender olores desagradables, eso es signo de que sirve.

    Y es que este compuesto de agua, sal común, urea y otros químicos es la respuesta al hecho de que los humanos operan en un diminuto rango de temperaturas internas preferidas. Podemos tolerar el enfriamiento excesivo, recuperándonos fácilmente de largos periodos de hipotermia con temperaturas corporales que descienden 6 o más grados por debajo de lo normal.

    Pero -y he aquí el núcleo del problema- tenemos poca tolerancia para, incluso, el más breve sobrecalentamiento. El cerebro empieza a fallar con 3 ó 4 grados de fiebre, y una temperatura interna de 43.3 grados, apenas un poco encima de lo normal, es considerado el límite superior compatible con la vida. Así que un buen acondicionador de clima interno es esencial, tanto para disipar el calor generado por el metabolismo propio como para aliviar el calor del duro clima veraniego. o de las subidas globales de temperatura.

    "Es el simple y poco glamoroso sudor lo que ha hecho a los humanos lo que son hoy en día", escribe la antropóloga evolutiva Nina G. Jablonski en su reciente libro "Skin" (Piel). "Sin abundantes glándulas sudoríparas que nos mantengan frescos con copioso sudor, seguiríamos envueltos en el grueso cabello de nuestros ancestros, viviendo en gran medida como simios".

    La explicación de esto es que la piel velluda evita el enfriamiento, por lo que el sudor es innecesario. En los humanos, argumenta Jablonski, las glándulas sudoríparas evolucionaron conforme el vello se desvanecía, permitiendo un enfriamiento óptimo del cerebro homínido en expansión y un estilo de vida activo incluso bajo el sol.



    Para las tareas sedentarias en clima templado, no se necesita el sudor.

    El poco calor metabólico excesivo fácilmente se mueve a los vasos sanguíneos de la superficie cutánea, con lo que el aire enfría la piel y asunto resuelto. Además, como la piel no es totalmente a prueba de agua, parte de la evaporación del agua de las células cutáneas añade más enfriamiento.

    Pero cuando el dueño del cuerpo decide ejercitarse, los músculos generan demasiado calor para que el aire lo absorba. Lo mismo sucede cuando la temperatura asciende por encima de los 32 grados: la piel deja de perder calor en contacto con el aire y más bien lo absorbe. Entonces, los nervios sensibles a la temperatura en la piel y el interior del cuerpo dicen al cerebro que desencadene un flujo de fresco sudor.

    Y respecto a esto, hay varias constantes en todos los humanos: la humedad reduce la evaporación y hace a todos más sudorosos, una brisa mejora la evaporación (a menos que el aire esté tan caliente que el cuerpo más bien absorba su calor) y la deshidratación reduce la producción de sudor, al igual que las quemaduras de sol.

    Pero los patrones de sudoración individuales aún varían enormemente. La edad, el género, los genes, el peso y la forma desempeñan un papel, afirma Craig Crandall, experto en termorregulación del Centro Médico del Sudoeste de la Universidad de Texas. También influye la actividad sedentaria, y por supuesto la ropa, aunque no en la forma en que uno podría predecir.

    Algunas personas tienen menos de 2 millones de glándulas sudoríparas, y otras hasta 4 millones. Las personas que sudan mucho tienen glándulas cinco veces del tamaño promedio; sus grandes glándulas son más sensibles al estímulo nervioso y producen más sudor. Caliente, caliente...

    La temperatura del humano gira en torno a una versión determinada genéticamente que ronda los 37 grados centígrados. Esta marca está fijada en el hipotálamo, la región del cerebro que sirve como termostato. Funcionamos un poco más frescos en la mañana que por la tarde. Las mujeres lo hacen a una temperatura ligeramente mayor después de la ovulación. Con la menopausia, el termostato femenino se vuelve notoriamente impreciso, imaginando exceso de calor donde no existe y generando sudor excesivo.

    Los hombres son térmicamente más estables, pero no por mucho tiempo: a partir de los 60 años ambos sexos sudan menos, incluso si están en buena condición física o si se sobrecalientan mucho. Ésta es la razón de que durante las olas de calor los ancianos corran más riesgo de sufrir insolación o desvanecimientos.

    La obesidad, en tanto, es un factor complicado, asegura Crandall. La grasa puede aislar el interior de temperaturas externas muy calientes, pero también puede complicar la transferencia del calor del interior a la piel. Tener kilos de más genera más calor metabólico del cual deshacerse. Eso significa más sudor, pero las personas obesas no pueden "generar" más glándulas sudoríparas para hacer frente a la carga de calor extra. La transferencia de calor de la piel hacia el aire quizá se vuelve especialmente importante en su maquinaria de control de calor.

    Y en cuanto a la ropa, menos no siempre es mejor. En estudios hechos durante la Segunda Guerra Mundial, los investigadores sentaron a voluntarios en cajas de madera en el desierto de California. Algunos usaban los uniformes militares verde olivo, algunos ligeros uniformes beige y algunos estaban "casi desnudos". Los "soldados" sin ropa sudaron 30 por ciento más, un indicio de cuánto calor estaba absorbiendo su piel sin protección.

    La prueba de fuego

    El mundo no ha tenido grandes variaciones térmicas en los últimos 9 mil años, y a ese clima se adaptó nuestro sistema sudoríparo, así que no es descabellado preguntar ¿cómo afrontará nuestro cuerpo el calentamiento planetario? No se angustie. Los expertos aconsejan optimismo: el sistema es resistente, ajustable y puede fácilmente aumentar sus revoluciones a un nivel alto y eficiente.

    El proceso se llama aclimatación al calor y se ve rutinariamente en atletas que entrenan en un clima cálido. Al principio sus temperaturas internas ascienden, sudan profusamente, pierden grandes cantidades de sal en el sudor y se sienten miserablemente. Pero conforme pasan los días sudan -eso sí- aún más, pero su pérdida de sal disminuye, las temperaturas de la piel e interna descienden y su tolerancia mejora.

    Al menos en parte, la aclimatación al calor implica glándulas sudoríparas más grandes y productivas. En monos expuestos a calor y humedad, las glándulas duplicaron su volumen tras sólo dos meses.

    Y tomó sólo una semana que los voluntarios del desierto desarrollaran tasas de sudoración altas, pulsos bajos y bajas temperaturas. Podían trabajar más cómodamente, con una sensación de bienestar mejorada en gran medida. En palabras de los científicos, se habían vuelto "dignos para el desierto".

    En general, dice Crandall, el calentamiento global será térmicamente mucho menos dramático para el individuo que una reubicación de Alaska a Sonora, implicará glándulas mayores y más eficientes y la piel ligeramente más húmeda.



    Excélsior es el segundo periódico más antiguo de la Ciudad de México, después de El Universal. Fue fundado por Rafael Alducin y su primer número circuló el 18 de marzo de 1917.

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