¡La nada no existe! ¡Tampoco el vacío!
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El Diablo, en “La tentación de san Antonio”.
Gustave Flaubert
Se habló antes aquí de una obra un tanto inclasificable del autor francés Gustave Flaubert, el mismo que escribió la inmensa “Madame Bovary” (1857). Me refiero a “La tentación de san Antonio” (1874), un libro que, como “La Celestina” o el “Fausto” de Goethe, parece una novela cuando en realidad se trata de una obra de teatro lírica, ¿o es al revés?
También el poeta Stéphane Mallarmé escribió su “Herodías” y su “Igitur” como poemas que ostentan un aire de drama. Parece que en el siglo XIX el Teatro ejerció un gran influjo en la sociedad, similar al que el Cine ejerce desde su invención hasta hoy. Interesante el hecho de que Flaubert haya pretendido hacer de su alegoría -de san Antonio Abad- una pieza teatral, pero más interesante aún la obsesión del escritor por esta figura emblemática del cristianismo, que lo persiguió durante décadas.
¿Quién fue este santo que vivió entre el siglo III y IV? Un hombre nacido en Egipto, seguidor extremo de la doctrina de Jesús. Se retiró de la vida social para dedicarse, en la soledad de su ermita, a la oración y a la mortificación de la carne, acciones que, según algunos, logran aniquilar las bajas pasiones y mantener a raya a esos pecados capitales que cercan la naturaleza humana. San Antonio Abad es considerado “fundador del movimiento eremítico” y su vida e índole lo convirtieron en tema recurrente de artistas como Brueghel, el Bosco, Signorelli, Velázquez, Dalí y muchos más.
Según sus biógrafos, san Antonio fue seducido muchas veces por “el demonio”, pero jamás cedió ante sus melifluos acordes. ¿En qué consistían esas tentaciones? ¿De qué naturaleza eran? La Pintura nos ofrece muestras espléndidas; Flaubert se encarga de brindarnos otras, muchas de ellas gráficas y otras más bien irrepresentables, es decir, conceptuales. Por eso es considerada menos una obra de teatro que una novela, sin contar las largas y hermosas acotaciones que el autor consigna en su obra.
Pero vamos por partes. ¿Por qué hablar de tentaciones conceptuales o abstractas? Por la sencilla razón de que una “tentación” no siempre viene en el empaque de un irresistible cuerpo humano o en un cofre que guarda miles de monedas de oro y alhajas (auténticas); también puede tratarse de tentaciones intangibles pero letales, como la desmesurada ambición de poder, la urgencia de la soberbia o la lentejuela de la hipocresía. Cosas sin cuerpo material pero que envenenan el espíritu hasta que éste termina por hacer sucumbir a la materia cavilante. Todos sabemos que las ideas y las emociones son incorpóreas, pero adquieren cuerpo, cuánto bien o cuánto daño pueden hacer en el mundo…
Flaubert hace desfilar ante san Antonio todo tipo de tentaciones, desde la sensualidad de la reina de Saba, en el “acto I”, hasta la seducción moral, intelectual y teológica del Diablo, quien en el “acto VI”, le dice mientras lo transporta por los aires sobre sus alas inmensas: “¿Crees que la exigencia de tu razón es la que hace la ley de las cosas? Sin duda el mal es indiferente a Dios, puesto que la Tierra está llena de él. ¿Es por impotencia por lo que él lo soporta, o es por crueldad que lo conserva? ¿Acaso piensas que él deba ocuparse continuamente de reacomodar el mundo como si fuera una obra imperfecta y vigilar todos los movimientos de todos los seres, desde el vuelo de una mariposa hasta el pensamiento del hombre?”
Y continúa: “Si él ha creado el universo, su providencia es superflua. Si la Providencia existe, la creación es defectuosa. Pero el bien y el mal no te conciernen sino a ti, como el día y la noche, el placer y el dolor, la muerte y el nacimiento, que son relativos a un rincón de la inmensidad, a un medio especial, a un interés particular. Porque sólo el infinito es permanente existe el infinito. ¡Eso es todo!”
Utilizo, por desgracia, una traducción anodina. Hágase, sin embargo, el esfuerzo de leer “subtextualmente” o “supratextualmente” para tratar de suplir el original, si la sugerencia es válida. ¿No es escalofriante lo que el Diablo dice a san Antonio? ¿Y no sentimos el fogonazo de la incertidumbre ante palabras tan abrumadoras, tan tentadoras como éstas?