...Y que me voy al baile

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Opinión
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Algo había escuchado ya sobre esos populares salones de baile, Usted sabe: chismes, rumores, leyendas urbanas.

Y algo me daba, como que una picosa curiosidad por conocerlos, por saber de esos ambientes bullangueros, pero al mismo tiempo, sentía una velada vergüenza.

¿Cómo iba yo a ir a esos lugares a donde comúnmente asisten viejitos, perdón, adultos en plenitud, personas de la tercera edad, y todos esos eufemismos para decir que alguien ya está betabel?

Y nomás se oía en las pláticas de los viejos del barrio sobre los domingos en los famosos salones de El Fandango, El Túnel del tiempo y Zarco de Artesanos.

Que se ponía muy bien, que iban muchas chamacas, de buenas carnes la mayoría, y que se tocaba música rica para bailar. Norteñas y cumbias.

Hubo uno de esos domingos en que me hallaba tan aburrido, pero tan aburrido en casa que agarré mi chamarra, hacía fresco, y dije ¡al baile vamos!.  

Tomé el colectivo en la esquina y cuando acordé ya estaba en la entrada de El Fandango, ese salón de las calles de Abasolo y Corona, que entre semana es taller mecánico y los domingos en la tarde escandalosa pista de baile. No me diga que no ha oído hablar de él.

El lugar, que más bien parece un bodegón, que una discoteca, estaba atiborrado de gente, toda de pie, amontonada, apretujada. Al fondo tocando un grupo musical.

Había muchachas muchas, muchas de todas las medidas, edades cualidades y calidades, pero también hombres muchos, más bien maduros, según pude ver, de guaripa y vaqueros, todos. Yo iba estilo causal.

El grupo tocaba cumbias pegajosas, provocadoras, incitadoras al baile y yo me dije una entre tantas chicas ha de querer bailar conmigo, seguro.

Pues nada, que me armé de gran valor y saqué a la primera. Era una mulata escultural que poco amable me dijo NO con la cabeza cuando apenas me le acerqué para pedirle me concediera una melodía.    

Divisé entre el tumulto a otro pimpollo. Era una gacela de blanco rostro y dorados rizos y un cuerpo que hacía vibrar el salón.  

Apenas y me aproximé para hablarle levantó en el aire el dedo de su alba y exquisita mano derecha y me hizo que no, un no contundente.

Y saqué a otra y a otra y a otra y a otra y ninguna quiso bailar una sola pieza conmigo.

Salí del baile con una gran desazón, acongojado, frustrado, triste de al tiro.

De regreso a mi casa abordé un taxi. No cabe duda, como dice el periodista Darío Dávila, que los taxistas son los mejores psicólogos del mundo.

Al ver el estado de infelicidad y mutismo en el que me encontraba, el taxista, con sus hábiles dotes de loquero, hizo que me desahogara, que le contara mi pana.

Nadie quiso bailar conmigo en El Fandango, le dije y se echó a reír con una risa de empatía.

Luego me explicó que sobre este salón, y los otros que yo había escuchado, corría una leyenda desgraciada, según cual las muchachas bailaban únicamente con los ancianos que acudían a la tardeada.

Yo no atinaba a comprender por qué, hasta que el taxista me descifró el enigma, pa bajarles la pensión, a eso van las canijas, dijo en ese lenguaje llano y sin rodeos de los ruleteros.

Yo me quedé estupefacto, ¿será posible?, dije y me juré que jamás volvería a pisar uno de esos salones de pensionados y chicas oportunistas.

jpena@vanguardia.com.mx


Reportero del Semanario Vanguardia. Ha incursionado en el género del reportaje, la crónica y el perfil, en el abordaje de distintos temas, sobre todo con un enfoque social. Es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Coahuila

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