Hablemos de Dios 116. Roberto Cruz, el ejecutor del Padre Pro
COMPARTIR
¿Dónde está Dios? Pues tiene los atributos que usted sabe: omnisciente, omnipotente y ubicuo. En traducción al lenguaje cristiano es lo siguiente: todo lo sabe, todo lo puede y está en todo lugar. Dios está en todas partes. Tan es así que su presencia (o ausencia, paradójicamente), todo lo anima y todo lo insufla. Máxime en un país donde más del 80 por ciento de la población profesa la religión católica. Datos y fe en retroceso, pero aun así, harta población, harta masa. Los hermanos cristianos van ganando la partida. El catolicismo ya no dice nada y no les “habla” a los humanos de hoy en México.
Y si Dios está en todo lugar, pues no podría exentarse de un libro de historia; vaya pues, de la historia misma. Dios no es un personaje histórico ni de carne y hueso (para muchos lo es), pero forma parte de nuestra historia patria. Historia forjada a base de sangre, muerte y fuego. Desde la llegada de los españoles ha sido así: ellos trajeron la cruz... y también la espada.
Mucho se ha escrito y harto documentado sobre ese periodo convulso de México (siempre hay periodos convulsos, ayer y hoy) llamado la “Guerra Cristera” (1926 a 1929). Fue de tal repercusión que aquí “nació un santo” (al parecer ya hay más, incluyendo niños) mexicano famoso, harto famoso, Miguel Agustín Pro, el padre Pro (36 años).
Le recuerdo que en la colonia Roma, en el bello Distrito Federal y cercana a la glorieta de Insurgentes, hay una Iglesia donde están los restos del Padre Pro. Esta Iglesia es socorrida también porque, amén de ser bella y ornamentada, recibía en vida la visita del poeta Ramón López Velarde, santo tutelar en mis letras, usted lo sabe, quien iba a enderezar sus preces al altísimo. Y a paso corto, en Álvaro Obregón, también usted lo sabe, está la vecindad donde vivió el bardo zacatecano. Hoy es museo-librería-galería y, modestia aparte, aquí he leído mi poesía y presentado mis libros en tres ocasiones. Un honor.
Pero dejemos el entremés cultural. Le decía que Dios está en todo lugar y en su nombre se siguen peleando guerras alrededor del mundo. No un Dios de amor, sino de espada y fuego. Por estos días terminé de releer un opúsculo corto y enjuto de páginas, pero de ideas y prosa fuerte. Es “El indio que mató al Padre Pro”, salido del trabajo de la pluma como reportero que fue Julio Scherer García, hoy unido a la eternidad.
El texto es una sesión larga y memorable, en 1961, con el general de División Roberto Cruz, de 73 años, quien fue el supervisor y a quien el presidente Plutarco Elías Calles dio la orden de fusilar al Padre Pro, sin juicio alguno, pero sí con pruebas de haber participado en el atentado en contra de Álvaro Obregón en el Bosque de Chapultepec. Caray, no poca cosa, señor lector. No poca cosa para nuestra historia.
Ante el rumor en ese entonces de que iban a santificar al Padre Pro (se haría años después), Scherer buscó al General en retiro y le extrajo una impecable entrevista la cual hoy sirve como un testimonio histórico que se deja leer con suficiencia y agrado, incluso con morbo por el delicado tema que aún hoy provoca arqueos de ceja.
ESQUINA-BAJAN
El general Roberto Cruz (nació entre Sinaloa y Chihuahua, pero su afecto y raíz estuvo entre los yaquis, lengua que hablaba a la perfección) ha pasado a la historia como el ejecutor del Padre Pro, pero no como un soldado de la patria a la cual sirvió en media docena de batallas cruentas y funestas. Cuando todo mundo se arrugaba, él combatía. Heridas se contaban con los dedos de las dos manos en su cuerpo. Fue condecorado y ascendido en el escalafón militar, pero anudado trágicamente su destino al del Padre Pro, de quien platica una estampa real, lejos de las virtudes angélicas del sacerdote.
Cuenta el General Cruz, quien tuvo la friolera de 37 hijos con diversas mujeres (era mexicano, pues). Su última esposa tenía 29 años cuando se casó con ella, le llevaba 40 en el calendario. A pregunta de Scherer de cómo vio ese día al cura acusado de planear con otros el atentado dinamitero y si éste era un hombre “mejor que los demás” (fusilaron a tres ese día frente a sus familiares y una batería de fotógrafos y reporteros), respondió: “Vi en él un hombre como todos. Y si entre los ejecutados debiera creer en uno, si entre los tres hubo un santo, ese fue el ingeniero Segura Vilchis, más hombre que Pro y tan culpable como el curita en el atentado dinamitero”.
Roberto Cruz fue Presidente municipal de Torín a los 20 años de edad, llegó a ser Masón grado 32 y las siguientes son sus ideas sobre Dios: rechaza al Dios justiciero. Cree en el Dios que ama y en el más allá. ¿El infierno? “sería tanto como pensar en un dios vengador”. “Aquí impera una justicia (en la tierra) que aquí mismo se inicia y aquí termina, sin prolongación de ninguna especie”. Dice la prosa de Scherer con base en las declaraciones de Cruz: “Quién pudo gozar en este mundo, magnífico... Porque físicamente muertos, todos somos iguales...”. Cruz, cuenta el periodista el día de la entrevista, era de “labios delgados y más bien pequeños, nariz ancha y grande, y ese continuo misterio alrededor de los ojos...”.
LETRAS MINÚSCULAS
Libro espléndido donde Dios es la sustancia activa, como un gran fantasma que todo, todo lo ve... ubicuo, pues. Pero lea y relea la idea del mílite sobre Dios, el infierno y toda esa patraña: la vida es hoy. El infierno es hoy. No hay nada más ni hay más allá. Sí, es Eclesiastés 9:5.