Historias de cazadores como una posición política
¿Cómo era posible que los comensales no lo viesen y ninguno acudiera en su ayuda?
Un erizo corriendo por su espalda, eso era. No encontraba la forma de comunicarlo al resto de los presentes. Pero era tan real como la sopa de tomate con albahaca que se estaba comiendo. Había acumulado el dinero suficiente, las mujeres suficientes y los trofeos de cacería suficientes, de facto, uno de ellos colgaba justo frente a él, al fondo, en el amplio comedor, suspendido en la pared con sus ojos de cristal pulido y la rebanada a la altura necesaria del cuello para que emergiera imponente su cabeza.
Prosigo, los viajes suficientes, los premios suficientes, las ceremonias suficientes y ahora cómo decirles que el erizo corriendo por su espalda era real, que al erizo no le importaban los botines ni las condecoraciones. ¿Cómo era posible que los comensales no lo viesen y ninguno acudiera en su ayuda? Bastaría que una persona diligentemente y en silencio se levantara y caminara por detrás, como yendo a servirse un postre de la fuente de frutas rebozadas en chocolate, para echarle un saco. Pero nada, nadie hacía por rescatarle del peligro inaplazable
Un movimiento inadecuado del hombre y el erizo dispararía espinas hacia los pulmones. Atravesaría el fino saco, la camisa de algodón, llegaría hasta el centro de los alvéolos. Por eso durante la cena no habló. Escuchaba, se movía lento. Miraba de reojo su espalda, atisbaba los hombros. Lo más incómodo era cuando el erizo subía a su cabeza; le avisaba -era la señal-, lo importante de no hablar de ninguna idea que peregrinamente fuera pecaminosa. El erizo le prohibía hablar de caza, le prohibía hablar con su amante sentada a la izquierda, mirar a la cortesana sentada al fondo, hacer negocios con el prestamista del pueblo.
El hombre sabía que por sobre todas las cosas, el erizo estaba interesado en su lengua y en sus ojos, por eso tapaba de vez en vez esas concavidades con cucharas de plata mientras dejaba que la conversación atropellada e inquietante, ocurriera entre los convidados que, hacían como que no veían cuando el hombre se quedaba inmóvil ante el desplazamiento del erizo que ahora, intentaba llegar a su mano derecha, hasta el dedo con el que jalaba el gatillo.
Lo peor durante la cena no fueron los murmullos que comenzó a escuchar, ni las caras de los allí reunidos que parecían volverse aves enloquecidas. Él miraba ahora, directo a la cabeza del oso polar frente a él. Y no era su imaginación, esa alba figura con ojos de cristal fino comenzaba a mover la quijada. Algo estaba masticando y no era una foca, esa que comía cuando le disparó. Estaba mordiendo su saco, el que hasta hace unos segundos estaba seguro de vestir él mismo. Incluso, veía su brazo allí saliendo del saco.
Estaba imposibilitado por el erizo. No podía moverse. Así, inició su propia muerte, bajo sonidos de huesos que él escuchaba mientras, sin dolor, desaparecía de este mundo.
El vocablo cazador proviene del latín vulgar captiare, que significa perseguir y éste a su vez proviene del latín captare que significa recoger, recibir. También, curiosamente de esta misma raíz proviene la palabra rescatar.