Médicos, magos, escritores

Opinión
/ 16 septiembre 2021
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Nunca compartí un café ni el mismo aire con el doctor Guillermo Enrique Guerra Valdés y no obstante, fue mi amigo. Nunca brindé en tertulia alguna con él con algún licor refrescante para mitigar la sed ancestral que se desata en Monclova, apenas al llegar a la ciudad. Tampoco le escuché vez alguna disertar voz en cuello sobre sus tres pasiones: la familia, la medicina y las letras. Nunca. Pero, jactanciosamente puedo decir que sí le conocí. Dos de sus obras a mata caballo entre el ensayo, las memorias, la medicina y la estampa literaria, reposan en mis anaqueles y periódicamente vuelvo a ellas. Nunca compartí el aire y tampoco nunca tomé un café con el doctor Guerra Valdés, pero digo que le conocí y hoy, me duele su partida.

El reconocido galeno sampetrino, pero avecindado por amor y vocación en Monclova, en días pasados dejó el mundo terreno y se unió a la eternidad a los 102 años. Caray, una buena vida la cual entregó a una de las mejores profesiones: la medicina. Como Lucas, el evangelista, sanaba el cuerpo y también, el alma. Eso que llamamos alma y por lo cual, no pocas veces nos atormentamos los humanos; dígaselo si no a gente del tamaño de Malcom Lowry, Silvia Plath, Hart Crane y un largo, largo etcétera.

El galeno Guillermo Enrique Guerra Valdés fue padre de la querida maestra, doña María Teresa Guerra (su padre le apodó desde siempre “Bambina”). Usted lo sabe, ella es mamá del abogado Gerardo Blanco Guerra, Oficial Mayor del Congreso: la semilla prende y germinan generaciones de mujeres y hombres buenos, los cuales sí, nos hacen falta y quisiésemos que este tipo de gente, como el doctor monclovense, nunca deberían de morirse.

Tengo dos libros de la pluma de Guerra Valdés: “Memorias” y “Breve historia de la salud en México. De la colonia a nuestros días”. Los cuales y aquí y en su momento, se los presenté en reseñas. El galeno al escribir sus “Memorias” (2014) en edición fuera de comercio, edición no venal (urge entonces lo obvio: este libro debe de ser publicado por el Ayuntamiento o el Gobierno del Estado en un amplio tiro para ser distribuido y sobre todo, leído), no contó un pedazo de su existencia, no; al hacerlo, dejó para la posteridad y claro, para el análisis, una estampa fiel y certera de los cambios en todos los estratos de la ciudad de Monclova (de 1944 a la fecha, nada más), con lo cual, al leerlo, nos forjamos una verdadera idea en materia sociológica, urbana, psicológica, laboral, de infraestructura; una idea educativa, cultural y claro, una idea de salud pública con los espléndidos datos los cuales nos cuenta el médico Guillermo Guerra en su libro.

Avecindado en Monclova, Coahuila, desde agosto de 1944 –llegó un día “caluroso”, acota su autor–, el doctor Guerra Valdés al contar en sus memorias sus recuerdos, avatares, dichas y sinsabores en su vida y práctica de la medicina –llegó a Monclova como médico de la naciente AMHSA–, no sólo nos acerca fiel y puntilloso a sus recuerdos, sino que, al hacerlo, lo hizo con sobrada destreza. Eso que Luis González y González llamó “microhistoria”.

ESQUINA-BAJAN

Usted lo sabe, yo estoy vivo gracias a mis dos doctores, mis chamanes y magos de cabecera: don Carlos Ramos del Bosque y Rafael Torres Rangel. Sin ellos y en los momentos en los que la vida aprieta y siento que la maldita parca me quiere llevar en su fría y seca espalda, corro a sus consultorios y en un chico rato me rescatan de las garras de la inminente muerte. ¿Tiene usted algún problema de salud señor lector? Ni lo dude. Búsquelos a ellos y sus males se alejarán.

Por eso los doctores, los galenos son a la vez magos, escritores y chamanes. Don Guillermo Enrique Guerra perteneció a una estirpe de magos y escritores mexicanos e internacionales que han combinado a la perfección dos actividades fundamentales para el desarrollo del ser humano: la medicina y la escritura. A esta estirpe y linaje pertenecen (no en tiempo pasado, sino presente. Con sus letras y estampas están más vivos que nunca): Mariano Azuela, Elías Nandino, Enrique González Martínez. En un plano transcontinental tenemos al portugués Antonio Lobo Antunes, a Pío Baroja, a la legión rusa integrada por Anton Chejov, Mijail Bulgakov; Celine, Conan Doyle. Sin faltar en esta lista, ese estudiante eterno de medicina, suicida él y saltillense de abolengo, el atiriciado Manuel Acuña.

Nunca compartí un café con el doctor Guerra Valdés. Pero le conocí a través de sus libros, sus letras y de la visión que de él tienen los habitantes de Monclova, donde fue pilar fundamental en la edificación de su salud pública. Nunca fui su paciente. Lo más probable de haberlo sido, me hubiese salvado una y otra vez de los brazos de la huesuda amiga, la cual tarde o temprano nos va a enamorar con sus labios blancos y flácidos. Nunca compartí el mismo aire en la mesa del eminente galeno, pero su partida me ha dejado el sabor de haber perdido a un viejo y sabio amigo.

Hoy, las letras dejadas en letra redonda por el doctor Guerra Valdés, se agigantan. En su libro “Breve historia de la salud en México”, se recorren de manera sencilla pero erudita, las diversas pandemias y enfermedades llegadas a México desde los tiempos de la migración de los primeros españoles, ya luego la Nueva España hasta este México reciente (periodo de Manuel Ávila Camacho).

LETRAS MINÚSCULAS

Vida fructífera, buena y vivida a plenitud por don Guillermo Enrique Guerra Valdés. Hasta pronto, mi doctor. Hasta pronto.

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