Mundial de 1986: 40 años no es nada
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Ayer se cumplieron 4 décadas de aquel partido de futbol que el 22 de junio de 1986 se jugó en el estadio Azteca: Argentina vs. Inglaterra
La icónica frase “Que veinte años no es nada” proviene del legendario tango “Volver” (1934), compuesto por Alfredo Le Pera e inmortalizado por el argentino Carlos Gardel. La letra describe el dolor y la nostalgia persistentes de un exiliado que regresa a casa, afirmando que dos décadas han pasado volando. Desde entonces, la frase se ha convertido en un famoso proverbio cultural utilizado en toda Latinoamérica para reflexionar sobre la rapidez con la que pasa el tiempo, especialmente ante pasiones duraderas, recuerdos entrañables o sentimientos no resueltos, pues si “veinte años no es nada”, cuarenta años tampoco.
Y es que ayer se cumplieron 40 años de aquel partido de futbol que el 22 de junio de 1986 se jugó en el estadio Azteca. A solas en mi casa, en lo que hoy es el centro de Saltillo, en el barrio de San José, con una televisión del tamaño de cualquier tableta de hoy en día, viví el Argentina vs. Inglaterra en cuartos de final narrado en México por don Roberto Hernández Junior. Fue el día en que el sistema lo coronó como el mejor de los mejores, un dios de figura baja y corpulenta, burlando rivales, abriéndose paso con su pierna izquierda; comprobé el vertiginoso hechizo de un partido que se convirtió en un microcosmos de toda la carrera de Maradona con la “Mano de Dios” y, apenas cinco minutos después, el mejor gol de la historia del futbol. Cuarenta años de su majestuosa jugada individual, la oda al gol y a la gambeta rioplatense, la del recorrido de 61 metros driblando a Glenn Hoddle, Peter Reid, Kenny Sansom, Terry Butcher, Terry Fenwick y al arquero Peter Shilton.
Yo tenía 15 años y recuerdo que me puse de pie espontáneamente y aplaudí. Fue genial: no podía creer lo que había visto. En tan sólo cuatro minutos había llorado y reído, en una mezcla que me provocaba incredulidad y admiración. Maradona subiendo al panteón argentino, a los Campos Elíseos del Río de la Plata. No saben cuánto hubiera dado por tener a mi hijo Rodrigo a mi lado aquel día en que el Diego, con 25 años, conquistó el Mundial de 1986.
Y es que le he contado hasta el cansancio que hubo un niño con un pie izquierdo mágico, nacido en la pobreza del barrio Villa Fiorito, en Buenos Aires (él mismo, en una de las muchas biografías que le escribieron, decía: “Yo crecí en un barrio privado de Buenos Aires. Privado de luz, de agua, de teléfono”). Un jovencito que a los 10 años deslumbraba en los estadios durante el medio tiempo de los partidos de futbol profesional con un show en donde hacía flotar el balón con su pie, la rodilla y la cabeza, perdido en un éxtasis travieso, y cuando los árbitros intentaban detenerlo para volver al segundo tiempo, la multitud los abucheaba. Un terremoto en sí mismo. Se peleaba con todos y también ayudaba a todos. Un hombre impulsivo, arrebatado, pecador, algo así como lo que muchos años antes describió el escritor Jean-Paul Sartre: “Mitad víctima, mitad cómplice, como todo el mundo”.
Diego fue una especie de ficción que intento explicar a mi hijo Rodrigo, quien en el invierno de 2020 me abrazó al verme llorar por la muerte del genio, como si fuera una tragedia familiar. Lo aburro mostrándole el video del juego en el Azteca de ese lejano 22 de junio de 1986, hace ya cuarenta años.
Maradona tenía esa necesidad de confrontación permanente. Se acercó lo mismo a Fidel Castro que a Hugo Chávez. Fue un hombre que perdió todas sus guerras personales, como sus adicciones y acusaciones de maltrato a las mujeres. Camaleónico, aparecía atormentado y con el rostro hinchado, ya no enfrentando rivales en la cancha, sino enemigos, unos reales y otros imaginarios.
Maradona tenía esa necesidad de confrontación permanente. Lo mismo se acercó a Fidel Castro que a Hugo Chávez. Fue un hombre que perdió todas sus guerras personales, como sus adicciones y acusaciones de maltrato a las mujeres. Camaleónico y errático, de pronto se le veía atormentado, con la cara hinchada, atacando ya no a rivales en la cancha, sino a enemigos: unos reales y otros imaginarios.
Tuvo un declive prolongado, marcado por una dolorosa lucha pública con sus adicciones. Durante dos décadas, el mundo del futbol vivió un futuro sin Maradona, sin que surgiera nadie que reemplazara su genio, hasta que apareció Messi, quien cuarenta años después, con su magia, se convirtió en el goleador histórico de los mundiales y en el mejor de todos.
¿Entonces cómo hago entender a mi hijo que Diego era el mejor y que nunca habrá otro como él? Él me abraza fuerte porque ve cómo su padre llora por un futbolista que se llamaba Diego Armando Maradona, un genio que jugó y vivió como quiso.