NosotrAs: 8M. Ya no pidan resiliencia. Es requerir que se aguante lo insostenible
Las mujeres no necesitan más discursos sobre resiliencia. Lo que falta es que el Estado y la sociedad atiendan las demandas feministas aún pendientes
La palabra resiliencia ha inundado mesas de reflexión, terapias alternativas, trabajos académicos, esfuerzos gubernamentales asesorados por expertos, coaches y personas bien intencionadas que se suben a la tendencia de un vocablo que iniciara en la década de los setenta con el neurólogo, psiquiatra, psicoanalista y etólogo francés, Boris Cyrulnik.
Esta palabra, cuyo origen es el latín resiliere, que significa saltar hacia atrás, rebotar o replegarse, originalmente se aplicaba a la Física, para describir la capacidad de ciertos materiales para recuperar su forma original luego de ser deformados por presión. Luego fue usado por la psicología y la psiquiatría para abordar la capacidad del ser humano para superar traumas o situaciones adversas, adaptándose, tal como un material recupera su forma, pero en este caso aplicando la fortaleza mental.
Hace unos días, un conocido me dijo que, con motivo del 8M, iba a hablar ante un grupo de mujeres y que había definido abordar su intervención desde la resiliencia. En un acto reflejo, le comenté que las mujeres ya teníamos suficiente de resiliencia, que hemos sido resilientes durante siglos, y otra mujer presente expresó que si iba a dar una charla/terapia o léase lo que más guste, lo importante era lograr que la mujer centre su la atención en sí misma y en lo que necesita.
Tal parece que el modelo socioeconómico y político espera a estas alturas, para meter en su agenda a expertos, que den a las mujeres una aspirina para lograr que sean dóciles, aguanten largas jornadas laborales y de cuidados que prodigan a la familia al salir del trabajo, todo ello de forma suave, adaptandose a las necesidades de hijos, padres o pareja y que lo hagan en detrimento de su autocuidado y de la expresión de su ser en esta única existencia que se les ha dado.
La causa feminista tiene muchos puntos para hacer visibles y depende, como ya sabemos, de la zona del país o del mundo en donde se aborde, pero aquí en México, sobre todo en este norte machista y alcoholizado, la causa feminista tiene pendiente trascender las agendas con un sesgo de clase social, pues hay un feminismo de élite que considera las peticiones y luchas que no pertenecen a su clase, como algo que no merece tanta atención como las causas particulares que este mismo feminismo de élite, enarbola.
Actualmente incluso hay mujeres que no se reconocen feministas porque, en decires que simplifican lo complejo, las feministas odian a los hombres, las feministas son de tendencias lésbicas, las feministas son amargadas, las feministas exageran, y también, porque de acuerdo a este grupo de mujeres, “todos somos iguales” y con esta consideración, como resultado de un acto de nigromancia, ya está todo listo; la problemática restante se encuentra solamente en la cabecita y en la tontez de esas otras feministas resentidas y “machorras”. Y hacen eco por tanto, del pacto patriarcal que tiene a las mujeres tan sojuzgadas en un contexto coahuilense de altos índices de alcoholismo y violencia contra la mujer.
El feminismo militante en Coahuila hace evidente cuestiones dolorosamente pendientes, como dejar de proteger a agresores y acosadores sexuales y erradicar estos comportamientos nocivos de espacios públicos, instituciones laborales y académicas; seguir pugnando por el alto a los feminicidios, continuar con la lucha por el reconocimiento de los derechos reproductivos y sexuales de las mujeres, por el cierre de la brecha salarial de género, por la instauración de guarderías y puntos de cuidado en los centros laborales y por el reconocimiento al trabajo de cuidados no remunerado, entre otros puntos.
No, no pidan resiliencia, trabajen las instancias pertinentes en dar cumplimiento a las demandas feministas que mucho han logrado, por ejemplo, el sufragio femenino que una vez obtenido, representa hoy el 51.7 % del padrón electoral, en comparación con el 48.3 % del masculino. Esto es un poco más de la mitad de la población.