NosotrAs: Hacemos el
trabajo que sostiene la vida
La lucha por condiciones laborales dignas no es un capricho. Demandas como la reducción de la jornada laboral buscan algo que hoy parece un lujo: tiempo para vivir
El 8M es el día de la mujer trabajadora, no solo de la mujer.
Ser mujer significa vivir bajo una amenaza constante; cuando exigimos justicia y respeto a nuestros derechos, la respuesta suele ser la represión y la criminalización de la protesta. Este año volvió a demostrarse la fuerza del feminismo, pero también las violencias institucionales frente a nuestras demandas.
En Saltillo, cuando estas realidades se cruzan con otras desigualdades, las violencias se multiplican. Muchas mujeres trans viven marcadas por la exclusión y por crímenes de odio que quedan impunes, sostenidos por instituciones y por un sistema que deja fuera a quienes no encajan en sus normas.
Para las mujeres trabajadoras, el 8 de marzo no es una celebración; es una jornada más de lucha y un recordatorio de todo lo que sostiene nuestro cuerpo, nuestro tiempo y nuestra vida diaria.
Las mujeres trabajamos en oficinas, maquilas, comercios, en el campo, en las calles y en nuestras casas. Muchas veces lo hacemos en dobles o triples jornadas: primero en el empleo remunerado y después en el trabajo que nadie paga, pero que mantiene funcionando a la sociedad. Cuidamos, criamos, limpiamos y organizamos. Hacemos que México y el mundo sigan andando.
Sin embargo, ese trabajo sigue siendo invisibilizado, como si no implicara esfuerzo ni desgaste. Pero sin el trabajo de las mujeres, las economías simplemente no funcionan.
La lucha por condiciones laborales dignas no es un capricho. Demandas como la reducción de la jornada laboral a 40 horas con dos días de descanso obligatorios buscan algo que hoy parece un lujo: tiempo para vivir. Para muchas trabajadoras, una jornada más corta significa poder llegar a casa con energía para convivir, descansar, estudiar o simplemente respirar.
Para una mujer trabajadora, una jornada más corta no significa únicamente salir antes del trabajo. Significa recuperar una parte del tiempo que históricamente nos ha sido arrebatado.
No obstante, sabemos que muchas veces nuestras demandas son escuchadas solo para convertirse en promesas que no cambian la vida de quienes trabajamos.
El 8M también es indignación, porque la precariedad laboral sigue siendo la norma para millones de mujeres y el sistema económico perpetúa nuestra sobrecarga de trabajo remunerado y no remunerado.
Frente a esto, hay algo que pocas veces aparece en los titulares: nuestra capacidad de organización. Nosotras sostenemos hogares, comunidades y economías, y precisamente por eso tenemos una capacidad enorme para transformar las cosas cuando dejamos de hacerlo todo solas y empezamos a hacerlo juntas.
El feminismo que nace desde el trabajo, los barrios, las fábricas y las casas, no busca sólo reconocimiento: busca justicia. Aquello que tanto anhelamos no se construye con discursos cada año, sino con cambios concretos en las condiciones de vida de quienes sostenemos a la comunidad y al país, incluso en medio de la precariedad.