NosotrAs: No medimos tu feminismo, aquí cabemos todas
Nadie puede decidir quién pertenece al feminismo: cuando se intenta homogeneizar y excluir, se corre el riesgo de reproducir las exclusiones que busca combatir
¿Qué tan feminista soy? ¿Soy una mala feminista? ¿Hay mujeres más feministas que otras? Las preguntas arden, incomodan y se instalan porque revelan algo peligroso: la tentación de medirnos entre nosotras, de validarnos o expulsarnos como si la lucha fuera un club con criterios de admisión.
En estos tiempos, el feminismo no ha escapado a una medición, conocida por muchas como el “feministómetro”: esa vara que mide criterios como: quién marcha más, quién habla más fuerte, quién teoriza mejor.
Bajo esos criterios, existe el riesgo de convertir la lucha en una competencia individual, algo contradictorio con el origen del movimiento. Como dijo bell hooks, el feminismo no es una identidad que se presume, es un movimiento para terminar con el sexismo y la opresión. Y eso no se mide en apariciones ni en símbolos, sino en la capacidad real de transformar las condiciones de vida de las mujeres.
Hay dos posturas: quienes deciden no nombrarse feministas, no por falta de compromiso, sino porque entienden que sus acciones hablan: en su trabajo, en sus decisiones, en cómo incomodan lo establecido desde los espacios que habitan. Y las que sostienen que nombrarse es un acto político, que decirse feminista es hacer visible una lucha que históricamente se nos ha negado y que no hacerlo contribuye a despolitizar el movimiento.
Atendiendo a la última postura, recordemos que lo que no se nombra, desaparece del espacio público, se diluye y se vuelve invisible.
Ambas posturas son legítimas. Lo que no es legítimo es colocarnos unas por encima de otras, pues no, no hay mujeres “más feministas” por marchar cada 8 de marzo, por portar un pañuelo morado, por asistir a colectivas o por habitar espacios académicos y dominar la teoría de género. Pensarlo así no solo reduce la lucha, la vuelve excluyente, clasista y limitada, porque no todas habitamos los mismos contextos ni tenemos las mismas posibilidades de participación.
Y hay algo más grave: cuando alguien pretende decidir quién entra y quién no. Como si el feminismo fuera representado por unas cuantas. Como si fuera posible administrar una lucha en la que entramos todas las mujeres —sí, en plural— con nuestras diferencias, nuestras historias, nuestras desigualdades y las múltiples intersecciones que nos atraviesan. Un feminismo que no entiende esa complejidad, que coloca a las mujeres en una categoría homogénea y que no se asume diverso, corre el riesgo de reproducir las exclusiones que dice combatir.
Porque entonces la lucha deja de ser colectiva y se vuelve un espacio de control, de validación, y de poder. Ahí es donde se rompe.
No se trata de cómo habitas el feminismo, sino de no traicionarlo. Porque cuando se usa para figurar, para negociar, para construir poder individual a costa de lo colectivo, se vacía de contenido y se convierte en una forma más de privilegio.
No, no eres una mala feminista por no marchar. Lo preocupante es otra cosa: olvidar que esta lucha no es un escenario para brillar en lo individual, sino un espacio profundamente político para transformar la vida de todas.