NosotrAs: Reconfiguración de nuestros colores
A 50 años del golpe militar argentino, esta memoria nos obliga a preguntarnos qué feminismo heredamos, cuáles luchas fueron desplazadas
En la primavera naciente, un vuelo de colibrí se posa sobre la flor de la justicia y la verdad, abriendo, con cada aleteo, la puerta que une los tiempos y obliga a las mujeres del presente a examinar los logros del feminismo.
Hoy, 24 de marzo, se cumplen 50 años del Golpe Militar Argentino, que derrocaría al gobierno de María Estela Martínez de Perón, la primera mujer gobernante de un país con sistema presidencial en el mundo. El golpe, asestado por un movimiento neofascista, anticomunista y neoliberal aupado por la CIA, originó la formación de lo que se conocería como Proceso de Reorganización Nacional, responsable de erosionar los logros de la Democracia Representativa, entre los que se encontraba el sufragio de la mujer. A partir de ese momento y hasta 1983, el país sufrió los embates de un terrorismo de estado, cuyas acciones estuvieron reforzadas dentro del marco del Plan Cóndor, que procuró el ascenso de las dictaduras en Latinoamérica como parte de una estrategia política represiva y de dominación estadounidense.
Los nombres de Azucena Villaflor, Esther de Balestrino y Mary Ponce de Bianco, fundadoras del Movimiento de Madres de Plaza de Mayo, encaminado a la búsqueda de los desaparecidos –cuya cifra, en 1985, se estimó en más de 30 mil–, se suman a los millares de mujeres, hombres e infancias que han sido desaparecidos, violentados y asesinados por el imperio yanqui, responsable del redireccionamiento de la esencia del feminismo.
Lo que conocemos ahora como feminismo, es decir, esta última ola, ha sido permeado, sistemáticamente, por un constructo ideológico basado en el reforzamiento de las máximas del neoliberalismo, dando como resultado lo que denominan algunos estudiosos (Fraser, Giraldo, Harvey et al.) como Feminismo de Mercado.
Caracterizado por su peligrosa vinculación entre las premisas de la liberación de la mujer y la exacerbación del individualismo como eje propulsor del empoderamiento, dicho feminismo (uno de escaparate) impide la consagración de los principios que unían al movimiento original con la lucha de clases y anula la consolidación de otros movimientos feministas subversivos no aceptados por el radar del feminismo burgués, encaminados a la reivindicación de grupos igualmente minoritarios.
La perversidad de esta tergiversación no termina aquí: este decadente imperio explota la veta del feminismo para convertirlo en su talón de Aquiles: suprime la energía femenina en aras de arrebatarle su enorme poder. No es extraño, entonces, enterarnos de que los EE.UU. han tenido como brazo derecho a la Red Epstein para conseguir tales fines: los recién abiertos Archivos Epstein así nos lo revelan con los centenares de casos de niñas raptadas, violadas, toruradas y comidas.
Tampoco son extraños los ataques puntuales a Francesca Albanese, relatora de la ONU del genocidio en Palestina; la masacre de las 160 niñas iraníes el 28 de febrero, ni la cuestionable actuación de la Primera Ministra de Japón en el acto conmemorativo de los caídos de Pearl Harbor.
Este imperio desea la caída de un poder que liberaría, de la mano del resto de los oprimidos, a la humanidad.
Hoy más que nunca, necesitamos reflexionar y reconfigurar el feminismo, en orden de recuperar su verdadero poder, toda vez que éste abra su espectro de acción: hay que erradicar al sistema que lo debilita con las falsas promesas de la ascensión económica. Mientras el mundo entero no cuente con una vida digna, no hay liberación femenina que sustente el movimiento.