NosotrAs: Rumbo a un teatro con perspectiva de género
Repensar el teatro en Saltillo desde una mirada feminista es urgente para transformar no solo lo que se representa, sino también cómo se crea y se habita el escenario
Hablar de teatro en Saltillo es hablar desde una trinchera que se ha mantenido en resistencia desde hace mucho tiempo. Llevo haciendo teatro en esta ciudad desde que tenía 15 años, la actividad teatral ha sido bastante desde siempre, sin embargo, me pongo a pensar en las distintas maneras de hacer y vivir el teatro que se han realizado y hago un recuento desde mi propio cuerpo de experiencia.
Desde que era una adolescente supe que ser mujer en México era caminar rápido por la calle, sobrevivir la travesía del transporte público, que los chiflidos en la Alameda al salir de la secundaria a mis amigas y a mí nos molestaban menos si pasábamos corriendo y un sinfín de cosas que se volvieron lo “normal”. A esa edad también fui el diablo de la pastorela de la escuela y pisé por primera vez el escenario, después entré a mi primer taller de teatro.
Para alguien como yo, que siempre quiso ser actriz desde que era una niña, hacer teatro fue como si entrara a otro mundo, ese mundo donde había personas que les gustaba lo mismo que a mí , donde pasábamos horas y horas para ensayar una y otra vez nuestras obras, después de ese taller le siguieron otros más hasta que me fui a estudiar la carrera de actuación a la Ciudad de México. Cada vez me iba reafirmando a mí misma que el teatro era un lugar dónde las travesías del exterior no cabían, donde nadie me podía molestar, era un lugar especial que nadie podía tocar y se convirtió en esa guarida, refugio y trinchera donde quise morar.
Al regresar a Saltillo fundé junto a mis amigues mi propio grupo de teatro, fuí muy feliz en aquella época. Mi encuentro con el feminismo ocurrió una década después y entendí que es un proceso muy personal para cada una y que a cada una nos atraviesa distinto; es una toma de consciencia necesaria para romper con estructuras que nos dañan a todxs. Sobre todo entendí que el teatro, ese lugar al que yo llamaba “intocable”, era como cualquier otro sitio lleno de violencias normalizadas por directorxs, compañerxs de escena, técnicos, maestros e inclusive yo misma. Me dí cuenta de que era necesario romper con ello y empecé a preguntarme: ¿Cuál era el tipo de teatro que estaba haciendo y que quería hacer? ¿Qué conductas estaba replicando en ficción que no quería replicar afuera?
Estas preguntas se incrementaron cuando empecé a dar clases de teatro a infancias y a adolescencias y surgieron otras: ¿Qué tipo de formación quiero compartirles? ¿En qué espacio me gustaría que mis alumnxs se desarollen? ¿Desde qué piso quiero crear y en qué mundo me gustaría vivir? ¿Cómo llevo todo eso a mi práctica teatral?
En Saltillo las compañías locales hacemos el teatro que queremos hacer, es por eso que creo que no solo es necesario, es urgente replantearnos nuestras prácticas como creadorxs , empezar a asumir, a hacernos cargo, a tomar postura, a cuestionar lo que hemos aprendido aunque ya tengamos años haciéndolo así, y que no sea “en el nombre del teatro” la frase que justifique violencias, encubra violentadores y perpetúe el pacto patriarcal.