NosotrAs: Sentir también es político

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Una sociedad que no sabe procesar sus emociones tampoco sabe resolver sus conflictos, y en esa fractura se reproduce la desigualdad

29 marzo 2026
NosotrAs: Sentir también es político

La desigualdad no solo se construye en leyes, instituciones o discursos. También se construye en algo más íntimo: en lo que sentimos y en lo que nos enseñaron a NO sentir. La forma en que aprendemos a relacionarnos con nuestras emociones no es un asunto menor ni privado; es parte de la estructura que define cómo convivimos.

Este año asistí por primera vez a la marcha del Día Internacional de la Mujer en Saltillo. Pensé en llevar una pancarta sobre el bruxismo (ese apretamiento constante de dientes que muchas personas padecemos) como una forma de nombrar algo que, aunque parece individual, habla de una tensión compartida. Durante años he intentado entender sus causas: ansiedad, frustración, enojo, todo aquello que no se dice y que el cuerpo termina expresando.

La frase que había pensado era: “Si tú también aprietas los dientes, te toca también cambiar el sistema”. No la llevé. Sin embargo, entendí algo importante: en esa marcha no hacían falta discursos ni diseños perfectos. Bastaba lo hecho a mano, la fuerza de lo vivido y la necesidad de mostrarlo para visibilizar lo que durante mucho tiempo ha permanecido contenido.

Porque lo que sentimos no se queda en lo individual. La manera en que hombres y mujeres aprendemos a expresar (o a reprimir) nuestras emociones influye directamente en cómo nos relacionamos, en cómo enfrentamos los conflictos y, en conjunto, en la sociedad que construimos.

Desde la infancia se nos enseña a sentir distinto. A muchos hombres se les educa para resistir, para no mostrarse vulnerables, para callar lo que duele. A muchas mujeres, en cambio, se nos enseña a cuidar, a contener, a no incomodar. No es que unos sientan menos o que otras sean “naturalmente” más empáticas: es que fuimos formados bajo reglas emocionales distintas.

Las consecuencias no son abstractas. Se construyen relaciones en las que unos callan lo que sienten y otras intentan sostenerlo todo. Falta diálogo, sobran interpretaciones. La carga emocional no se distribuye de manera equitativa y, con el tiempo, eso se traduce en desgaste, distancia, conflicto y sufrimiento.

Evidentemente, esto no se queda en lo privado. Se reproduce en espacios laborales donde la falta de comunicación y la dificultad para procesar emociones derivan en liderazgos rígidos y poca escucha. Se replica en las familias, donde los conflictos no se nombran, se heredan y se normalizan.

Una sociedad que no sabe procesar emociones tampoco sabe procesar conflictos.

Cuando a los hombres se les enseña a reprimir lo que sienten, enfrentan aislamiento y dificultades para pedir ayuda. Cuando a las mujeres se nos enseña a sostener emocionalmente a otros, cargamos con un desgaste constante. Pero el efecto no termina ahí: deriva en relaciones más frágiles (o personas incapaces de tenerlas), conflictos mal resueltos y entornos menos empáticos que afectan a familias, esferas laborales y comunidades enteras.

Esto nos involucra a todos, aunque no nos afecte de la misma manera.

También se vuelve un tema de salud mental. Muchos hombres evitan buscar ayuda porque hacerlo implica romper con la idea errónea de fortaleza con la que fueron educados. Muchas mujeres, aunque sí buscamos apoyo, enfrentamos la dificultad de poner límites después de años de haber aprendido a priorizar a los demás. El resultado es una sociedad con altos niveles de ansiedad, aislamiento y dolor que no siempre encuentra salida.

Duele reconocerlo, pero en México no solo nos enseñan a comportarnos distinto según el género; también nos enseñan a sentir distinto. A los hombres, a callar lo que duele. A las mujeres, a cargar con lo que duele (propio y ajeno). Lejos de ser un asunto personal, termina moldeando la forma en que convivimos, resolvemos conflictos y construimos comunidad.

En la marcha del 8M no solo vi consignas. Vi emociones contenidas durante años que, por fin, encontraron un espacio para expresarse colectivamente. Vi también a hombres que, desde fuera, apoyaban vestidos de morado entregándonos botellas de agua. Y entendí que esta conversación no excluye: interpela. Nos obliga a mirarnos en lo cotidiano, en cómo hablamos, cómo reaccionamos, cómo evitamos o enfrentamos lo que sentimos, y a reconocer que la forma en que hemos aprendido a relacionarnos no es casual, pero tampoco es inamovible.

Porque el tipo de sociedad que estamos construyendo, una donde cuesta sentir, decir y escuchar, termina afectándonos a todos. De forma distinta, sí, pero con consecuencias compartidas: vínculos frágiles, conflictos que escalan, soledad, desgaste emocional. La buena noticia es que, ahí mismo, está la posibilidad de cambio. Si transformamos la manera en que entendemos y vivimos nuestras emociones, también podemos transformar la calidad de nuestras relaciones, de nuestras comunidades y de nuestras decisiones colectivas. No se trata de borrar las diferencias ni de ignorar las desigualdades, sino de reconocer que, para transformarlas, necesitamos partir de algo en común: nuestra capacidad de entendernos y construir juntos.

El cambio que necesitamos no puede construirse desde el odio ni desde el resentimiento, porque esas emociones, aunque legítimas en su origen, no sostienen procesos colectivos duraderos. Lo que sí puede hacerlo es algo más profundo y más exigente: la empatía, la dignidad, el respeto y la capacidad de reconocernos en el otro. Son esos valores, los más básicos y, a la vez, los más olvidados, los que han hecho posibles los avances sociales más importantes de la historia.

Por lo mismo, la invitación no es solo a marchar un día al año, sino a revisar cómo vivimos todos los días. A cuestionar lo que nos enseñaron a callar. A dejar de cargar con lo que no nos corresponde y a asumir lo que sí. A escuchar más, a reaccionar distinto, a construir relaciones más justas desde lo cotidiano. Porque si algo nos está “apretando” como sociedad, también es algo que, juntos, podemos aflojar.

Y en ese proceso, no solo se trata de corregir lo que duele, sino de abrir la posibilidad de una sociedad más habitable para todas, todos y todes. Una donde sentir no sea una debilidad, sino un punto de encuentro. Una donde cambiar no signifique confrontarnos permanentemente,sino también aprender a reconocernos. Porque, al final, lo que está en juego no es solo una causa: es la forma en que decidimos convivir.

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Sara Arizpe Ramos
Es Licenciada en Comercio Internacional por la Universidad La Salle Saltillo. Cuenta con experiencia nacional e internacional que ha fortalecido su visión sobre el papel de la ciudadanía en la vida pública. Actualmente, es directora del Consejo Cívico de las Instituciones de Coahuila, desde donde impulsa iniciativas orientadas a fortalecer la participación ciudadana, la colaboración entre sociedad y gobierno, y la construcción de una cultura cívica activa.
Ha promovido estrategias para incentivar el involucramiento ciudadano en asuntos públicos, particularmente en temas como participación electoral, derecho a la ciudad y mejora del transporte público. Es Consejera del Consejo Ciudadano de Contraloría Municipal de Saltillo e integrante de la Comisión de Desarrollo Democrático de COPARMEX Coahuila Sureste.

Nosotras es un espacio de colaboración dentro de Vanguardia, para conocer opiniones de mujeres diversas, libres, furiosas, críticas, creativas e incontenibles. .

Históricamente, el “nosotros” dominó la opinión pública. El “nosotras” es un gesto de presencia política. No es solo identidad: es disputa por la voz. Cuando una mujer escribe “nosotras”, no pide permiso para representar; se asume como parte de una conversación colectiva.