NosotrAs: ¿Tenemos que desnudarnos para estar en una sala de museo?
Una mirada a la divulgación cultural en Coahuila y a los espacios que ocupan las mujeres como creadoras
Desde los años sesenta y setenta, en EE. UU., los Women’s Studies centraron sus investigaciones en la construcción social de los estereotipos femenino y masculino e incidieron en comprensión de cómo las sociedades naturalizan la construcción social del género, la raza, la clase y la sexualidad para articular y reproducir las relaciones de dominación. Las luchas asociadas a ganar espacios parecen haber dado frutos. En 2026, en Coahuila, la Secretaría de Cultura es dirigida por una mujer y, generalmente, la cultura se entiende como algo femenino.
¿Es esto bueno?
La presencia de las mujeres en espacios de dirección y producción cultural no significa necesariamente que las desigualdades hayan desaparecido. Incluso puede existir una paradoja: mientras las mujeres ocupan espacios institucionales, la cultura puede seguir entendiéndose como algo femenino y, por lo tanto, como algo secundario, relacionado con el tiempo libre, con el hobby, con aquello que se hace después del trabajo “real”.
Esta relegación también se hace evidente en la falta de espacios para la producción artística. Las artistas y divulgadoras carecen de plataformas para exponer el arte sin que se vea como una transacción meramente cultural. Pero también existe otra forma de relegación: cuando el trabajo producido por mujeres se encierra dentro de una categoría exclusivamente femenina.
Virginia Woolf, en su famoso ensayo Una habitación propia (1929), reflexionaba sobre la importancia de las condiciones materiales en el desarrollo de las capacidades culturales de las mujeres. “Una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas”, afirmaba, situando el problema de la desigualdad en la creación cultural no en términos biológicos, que era el argumento recurrente del siglo XIX, ni siquiera en términos culturales, sino en términos puramente materiales.
Algo tan obvio como tener una habitación propia que no sea la cocina es sólo un ejemplo en la historia material de esta desigualdad. ¿Qué sucede entonces cuando, además de las condiciones materiales, la producción cultural de las mujeres es colocada en un espacio separado? Se vive esa desigualdad material al catalogar todas las producciones culturales como femeninas o para mujeres, cubriendo el trabajo con una capa rosa, con un empoderamiento vacío que encapsula ese arte en un solo género y una sola concepción.
Que el arte hecho por mujeres sea considerado una expresión cultural para mujeres no es, en sí mismo, algo negativo. El problema aparece cuando esa categoría se convierte en la única manera de entenderlo. Cuando una mujer produce arte, escribe, baila, investiga o divulga, ¿por qué su trabajo tiene que ser presentado necesariamente como “arte femenino” o “cultura para mujeres”? ¿Por qué no puede ser simplemente arte, cultura, historia, literatura, danza?
Esta clasificación también puede relegar y crear estereotipos en las industrias culturales, donde la mujer aparece subordinada y jerarquizada al ideal masculino, resaltando valores como la pasividad, la sumisión, la sensualidad o la abnegación. Formas propias de la sumisión ante la dominación masculina.
Las Guerrilla Girls, un grupo de activistas feministas, se preguntaron esto hace ya tiempo y calcularon lo siguiente: 4 % de los artistas de las selecciones dedicadas al arte moderno son mujeres, pero el 76 % de los desnudos son femeninos.
La pregunta entonces no es únicamente dónde están las mujeres que producen arte, sino también dónde están las mujeres que tienen la posibilidad de ser reconocidas como productoras de cultura. El cuerpo femenino puede ocupar una sala de museo, puede ser observado, representado y convertido en objeto artístico, mientras que las mujeres artistas siguen teniendo que disputar el espacio desde el cual pueden hablar y ser reconocidas.
¿Tengo que desnudarme para estar en una sala de museo?
En Coahuila contamos con fantásticas artistas que han sido reconocidas internacionalmente: Valeria Sarahí Padilla Lugo, Claudia Luna Fuentes y Mabel Garza Blackall. También tenemos figuras como Elena Huerta Múzquiz, cuya obra forma parte de la historia cultural del estado. Sin embargo, muchas de estas mujeres, al no ser reconocidas dentro del canon cultural oficial de la misma manera que los hombres ilustres, terminan apareciendo en espacios separados, en exposiciones específicas, en conmemoraciones o bajo categorías que las presentan antes como mujeres que como artistas.
¿Qué hay de las mujeres?
No solo de las ya conocidas como Frida Kahlo, Remedios Varo, Pita Amor o María Félix. Son aquellas que siempre nombramos, al igual que Marie Curie. Pero más allá de establecer el punto de que existen más ejemplos, nos quedamos calladas porque no nos detenemos a encontrar ese arte, danza, escritura e historia que sale fuera de nuestra concepción de cultura.
La comparación no es para negar ni para dejar de honrar su legado, pero también hay que hablar de las que están vivas, de las que producen obras independientes, de aquellas que bailan y proponen, de tu amiga que hace poesía, de aquella que tiene un programa de radio.
No solo por sororidad, sino porque tomamos en serio sus propuestas. Creemos en el arte que están haciendo. Porque merecemos ocupar esos lugares.
Y ocupar esos lugares no debería significar entrar a una sala únicamente porque existe una categoría que dice “mujeres”. No debería significar que nuestra producción cultural tenga que ser rosa para ser visible, ni que tenga que hablar exclusivamente de feminidad para ser tomada en serio.
Quizá el problema no sea solamente que las mujeres no estén en los museos. Quizá también debamos preguntarnos cómo están siendo colocadas dentro de ellos, quién decide qué merece ser mostrado, cuánto se les está pagando, y qué sucede con aquello que queda fuera del canon.