NosotrAs y la escritura: Cuando me hice escritorA y me dejaron de invitar...

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De escribir como “señor” a asumirme escritora: un despertar feminista que cuestiona el lenguaje, la literatura y el sistema que invisibiliza a las mujeres

8 marzo 2026
NosotrAs y la escritura: Cuando me hice escritorA y me dejaron de invitar...

Hasta hace algunos años yo era un escritor y me iba bastante bien. Escribía en los periódicos sobre temas importantes como los poetas, los artistas, los pintores, historiadores y filósofos. A pesar de tener este cuerpo con curvas y un nombre que termina en a, yo decía “nosotros” (para la primera persona del plural) y “uno” (para referirme a mí). Porque mi mundo estaba así, en masculino gramatical. Voy a ponerme pesada y citaré a la RAE, como hacen los señores serios y la policía de la lengua. Según el diccionario, “hombre” significa “mujer”. Cuando alguien dice “el hombre llegó a la luna” asumimos que es la humanidad, ¿verdad? Ahora, como profe que soy, les diré que lo de “El hombre” es una figura retórica que se llama sinécdoque, donde una parte representa al todo. Por lo tanto, nosotras somos el hombre. Y yo así andaba por la vida pensando que era el hombre, como me habían enseñado, y escribiendo como un señor, como me habían enseñado también. Hasta que quise hablar como mujer y me di cuenta que no era el hombre. Que hablar sobre cosas de mujer es muy poco o nada. Porque palabra de mujer no vale un alfiler.

Así me convertí en escritora con a. El proceso es agresivo, como toda metamorfosis, pero liberador. En la academia le llaman ponerse los “lentes de género”. Yo le digo “despertar de la matrix patriarcal”. Fue duro enterarme que a pesar de los años de formación universitaria y de trayectoria laboral apenas podía recordar un minúsculo puñado (amo los pleonasmos) de escritoras. Peor, escritoras que denunciaran la violencia y que estuvieran en alguna ciudad de provincia en Latinoamérica, ¡menos! ¿Conocía yo escritoras de Saltillo, digamos, del siglo pasado que fueran pioneras en hablar de esto? ¿Alguien las conocía? ¿Por qué tenía una profunda y silenciosa sensación de que para ser escritora y valer un poco debía ser francesa, inglesa o al menos de alguna capital grande? ¿Por qué nunca me había hecho esas preguntas? ¿Por qué yo también despreciaba ser mujer? ¿Por qué nunca en los 20 años que llevaba de asistir a la escuela jamás nos enseñaron algo de feminismo? Las respuestas son muy largas para estos cuatro mil caracteres, pero quizá nos ayuden a comprender mejor por qué decimos que el patriarcado es un sistema.

Cambié de a poco, pero con fuerza. Hace ocho años que trato todos los días de quitarme del pensamiento la misoginia, la transfobia, el racismo, el capitalismo, el clasismo, el colonialismo y otros ismos con los que fui educada. No solo aprendo a escribir con “a” sino con “e”, con “x” con @. Dejé de ganar premios por mis columnas sobre Borges o Luis Cernuda para ser duramente cuestionada al decir que las maestras de la posrevolución son escritoras, o por decir que los poemas de las mujeres están en las canciones de cuna y en las esquinas de los recetarios. Por defender, vamos, que nuestras palabras también son literatura. Que nuestra filosofía está en las cartas familiares, en los bordados llenos de colores e historia, en los recovecos largos y sombríos de la palabra anónimo.

Mi primer poemario fue bien recibido. El tema era el cuerpo, el dolor y la fractura mental. Cuando mi poesía se volvió feminista, criticó al estado y señaló las jerarquías de poder, dejó de ser aceptada en las antologías. Con los años, empezó a disgustarme la idea del sello del gobierno en la hoja legal de mis libros, como muestra de legitimidad y de prestigio. El patriarcado me dejó de invitar y eso me hace pensar que voy muy bien. No hay fórmula para lo que sigue. Solo sé que cada día descubro mundos nuevos en otras personas y busco, en medio de nuestra formación ultra hiper individualista, cómo ser comunidad. En el camino me he encontrado con aliadas, amigas, amigues, gentes (con “s) de otras lenguas y pensares que nos acompañan y que me han enseñado cómo desde el lenguaje también nacen y se derrumban mundos.

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Eugenia Flores Soria
Periodista cultural y poeta. Cursó la licenciatura en Letras Españolas y la maestría en Ciencias de la Educación en la Universidad Autónoma de Coahuila. Colaboró como periodista cultural en los diarios Vanguardia y Zócalo Saltillo. En 2016 publicó el libro de poesía Plegaria de la Aurora, editado por el Instituto Municipal de Cultura de Saltillo. Ha sido incluida en las antologías Cartografía a dos voces y Mínima, de poesía y microficción respectivamente. Ha publicado, también, en revistas culturales como Letras Explícitas, Gazeta de Saltillo, La Casa de Viena, Siempre!, entre otras. Colabora en la revista El Grito y en el programa “Invítame a leer”, transmitido por Radio Universidad. Entre sus reconocimientos se encuentra el Premio de Periodismo Cultural “Armando Fuentes Aguirre”, que obtuvo en tres ocasiones.

Nosotras es un espacio de colaboración dentro de Vanguardia, para conocer opiniones de mujeres diversas, libres, furiosas, críticas, creativas e incontenibles. .

Históricamente, el “nosotros” dominó la opinión pública. El “nosotras” es un gesto de presencia política. No es solo identidad: es disputa por la voz. Cuando una mujer escribe “nosotras”, no pide permiso para representar; se asume como parte de una conversación colectiva.