NosotrAs: Y la revolución de los cuidados
En un sistema que nos empuja a sostenerlo todo, los cuidados colectivos son resistencia y una forma de proteger la vida
En un mundo que nos exige ser productivas, fuertes y autosuficientes, el feminismo nos recuerda algo profundamente subversivo: nadie debería sostener la vida en soledad. Los cuidados colectivos son el conjunto de acciones materiales, de contención emocional y sociales dirigidas a sostener la vida; no son solo un gesto de solidaridad entre mujeres, han sido y son una forma de resistencia frente a un sistema que históricamente ha invisibilizado y explotado el trabajo de cuidar. A lo largo de la historia, las mujeres han retratado las realidades y vivencias de sumergirse en un mundo para el cuál nos facultaron desde el juego simbólico desde temprana edad hasta en la exigencia de la perpetuación del linaje contra el reloj biológico, sin explicaciones y con la inercia de lo que a otras también les adjudicaron.
El trabajo público conlleva habilidades en liderazgo, gestión, administración de finanzas, planeación estratégica, resolución de conflictos, comunicación efectiva, sinergia, protocolos frente a situaciones de crisis y sistemas de calidad; las mismas habilidades en el trabajo reproductivo y de cuidados, considerada la organización más importante al representar el 9 % del Producto Interno Bruto (PIB), según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo. En primera instancia, era relevante conocer al cuidado como un pilar y posteriormente, integrarlo desde una perspectiva de género, feminista y de derechos humanos; entonces, se le agregó la dignidad y el tiempo propio como un aliciente a mejores y más efectivas de experiencia en el equilibrio en la salud integral (física, mental, social, reproductiva y sexual).
Entonces, nos encontramos las mujeres, más allá de los roles, como receptoras también de cuidados desde el encuentro con nuestras amigas en el café del jueves, en las preguntas sobre nuestra salud, en las lágrimas en medio de la noche, mirando al cielo en conversación con las que están en las estrellas, en la escuela de los hijos e hijas, en la sonrisa amable saliendo de la tienda o en el podcast de más de seis minutos contando infortunios, pesares, alegrías y novedades.
Cuando reconocimos nuestra experiencia trascendental desde la sororidad de nuestras ancestras, en la manera de acuerpar de nuestras madres, en los consejos de las abuelas o en la complicidad de nuestras hermanas, entendimos el código y mensaje: la revolución silenciosa (pero jamás invisible) de los cuidados entre nosotras vive y trasciende.
Repensar los cuidados colectivos para sanar, honrar y transformar, donde las políticas públicas lleguen y la comunidad cambie el discurso. Nombrarnos en primera persona ha sido, es y seguirá siendo un acto político de rebeldía: redes tejidas desde el amor, sostenidas por la fuerza de nuestra tribu y la memoria viva de nuestras ancestras.