NosotrAs: Y lo que aprendimos en veinte años de marchas en Saltillo
El feminismo ha crecido en las calles, pero también la violencia y los discursos anti-derechos. La pregunta sigue siendo dónde ponemos la atención colectiva
Últimamente pienso mucho en el tiempo; quizás tiene qué ver con que cumplí 40 años y me parecen muchísimos y a la vez muy pocos. Me sorprendo, una y otra vez, pensando que “hace ya tantos años que salí de la Universidad, que terminé el doctorado, que no vivo en Saltillo, etcétera”. Con un candor impropio de mi edad, vuelvo y vuelvo a la sorpresa del tiempo.
Pensaba en eso este 8M. Porque hace 20 años, con algunas queridas compañeras, organizamos en Saltillo una marcha feminista a la que fuimos poco más de 30 personas. Marchamos por la calle de Victoria, con un poco de pena, convocadas por lo que en ese momento llamábamos las muertas de Juárez, sin imaginarnos aún que esa realidad se extendería a todo el país: que las mujeres de clase trabajadora, en las fronteras, que eran asesinadas con total impunidad, serían de alguna forma el símbolo de los nuevos tiempos: de la precariedad, de los cuerpos desaparecidos, de las violencias económicas, del narco, del Estado, y de todas ellas con su indisociable vínculo con el capitalismo patriarcal.
Creo que fue también en ese año que dedicamos un altar de muertos para ellas en la Facultad de Economía. Al año siguiente organizamos no una marcha, sino una manifestación más “artística”: hicimos máscaras de un rosa brillante y nos pusimos como una especie de museo de la violencia/esculturas vivas en la Plaza de Armas. Acuerpamos, aunque todavía no sabíamos usar esa palabra.
Pienso en lo poco que ha cambiado el panorama de la violencia en México y que, si lo ha hecho, ha sido para empeorar. Y es bien contradictorio, porque lo que sí ha cambiado mucho es el movimiento feminista: ya no somos 30, ya no nos da pena, ya no estamos tan solas quienes reclamamos esa identidad. Difícil explicar esas tendencias contradictorias: un feminismo más fuerte y una violencia que también lo es.
Para entender y explicar lo que sucede, es indispensable poner atención. Lo que se exige de los movimientos sociales es mucho: no sólo el esfuerzo, el tiempo y la energía, sino también atención, siempre, mucha. Atención al contexto, a las formas de opresión (que son históricas y cambian y nos sorprenden), a las posibilidades, a las fugas, a lo que se cierra y lo que se empieza a pudrir.
Creo que si en el 2005 más mujeres hubieran puesto atención a las muertas de Juárez, esa marcha no hubiera estado tan sola. Si hubiéramos leído en eso las señales, lo que se aproximaba, las formas en las que eso no era algo local y que pasaba lejos, sino algo que terminaría siendo también nuestra vida.
Veo también las noticias de la reciente marcha en Saltillo y no puedo sino sentirme irritada: hay morras que no están poniendo atención. En un contexto de derechas globales, de discursos anti-derechos, de capitalismo voraz, de acuerdos internacionales que se resquebrajan todos los días: ¿de verdad pensamos que nuestras enemigas son las mujeres trans? De verdad en este contexto ¿son Las Otras las que nos amenazan? ¿No deberían ser precisamente ellas nuestras principales aliadas y no deberíamos aprender precisamente de ellas cómo defender en comunidad los cuerpos y las vidas precarias, amenazados constantemente por encarnar la diferencia? ¿No estamos todas nosotras ahora, en tanto mujeres del Sur Global, encarando también esa diferencia y esa vulnerabilidad?
Ser feminista es re-trabajar nuestra relación con los sentidos y las emociones. Permitirnos la rabia, defender la ternura, sostener la indignación. Poner atención.