Imre Kertész
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“Sin destino”, es la obra más importante de Imre Kertész, Premio Nobel de Literatura 2002. Es una semblanza autobiográfica sobre un adolescente deportado por los nazis en los campos de concentración de Auschwitz y Buchenwald. Narra cómo, a pesar de la peliaguda y liada situación, corrió con suerte de que un hombre mayor, también prisionero, lo tomara bajo su salvaguarda y le enseñara las reglas básicas de sobrevivencia: aunque sólo tengas un pedazo de pan, disponlo para el día en tres partes, para no desesperarte; nunca dejes de asearte, la higiene otorga autoestima y dignidad; jamás olvides que eres un ser humano.
Imre Kertész, en su novela, apunta que somos seres sin una dirección definida, la vida nos puede cambiar en cualquier momento, como le ocurrió a él, apenas de 15 años e hijo de familia judía: “…en cada minuto, en cada momento de la vida se pueden cambiar las cosas. El conformista que asume los hechos por absurdos que sean, y se adapta a ellos, pierde su libertad, porque se convierte, en mayor o menor grado, en víctima o en verdugo”.
Él se convenció de que todos tenemos la facultad de cambiar el curso de nuestra existencia, que contamos con la libertad de ser felices a pesar de las circunstancias, incluso en un campo nazi. En este sentido, su texto nos invita en cierto modo a luchar por una existencia mejor, frente a todas las circunstancias adversas que tengamos.
Imre sostiene en su extraordinaria novela: “Siempre me ha tocado vivir el lado negativo de la vida, la tarea que me he impuesto ha sido transformar toda esa negatividad en creatividad”.
Podemos sacar de la lectura de la novela de Kertész que aún cuando su paso por el campo de concentración fue aterrador, su vida no estuvo animada por la amargura o el resentimiento.
A lo largo del texto, nos invita a responsabilizarnos de nuestro destino como individuos y como sociedad, jamás esperar que los demás resuelvan nuestra situación. En ningún tiempo se victimizó pese a su gran sufrimiento. Al salir del campo de concentración, nunca cayó en reproches, ni cobijó rencores.
El texto muestra la naturaleza ejemplarmente generosa de Imre Kertész. Nos deja ver cómo los lazos humanos existen no obstante el terror, la maldad, las utopías fascistas y todas aquellas acciones humanas destinadas a sumirnos en una vida desgraciada.
Afirma que a pesar de las utopías fracasadas, incluso en la sociedad libre y en la misma democracia, no se ha logrado socavar la esperanza. El pueblo en cada elección mantiene la mantiene con vida. La concepción de Kertész sobre el sufrimiento es impactante.
El autor, después de su desgarradora experiencia en el holocausto, salió convencido de que el sufrimiento no consiste sólo en el lucro que hacen algunos de la debilidad y desolación de los seres indefensos; sino que tiene su lado positivo, nos alienta a cultivar la esperanza de que existe un horizonte humano, ético y convivencial y de que, en momentos extraordinarios, podemos todavía creer en la existencia de una soledad acompañada. Nunca perdió la esperanza. Llegó a la conclusión de que no debía abandonarse, menos en ese momento cuando más necesitaba fuerza y firmeza. Nos convoca a que todo lo nuevo hay que empezarlo con buena voluntad, incluso en un campo de concentración. Lavarse y administrar la ración de comida alimentaban la esperanza.
Es imprescindible llevar una vida ordenada, ejemplar y hasta virtuosa aún estando preso. Nos dice que por encima de todo está el recurso de la terquedad. Que en ciertas circunstancias, no basta con la buena voluntad. Señala que aprendió que existe una parcela de nuestra naturaleza que es verdaderamente un don eterno que le impide al hombre caer en la locura. Es un hecho demostrado que nuestra imaginación permanece libre incluso en condiciones de privación de la libertad. Reconoce que cuando era libre no había vivido de la mejor manera posible, que había malgastado sus días, que tenía de qué arrepentirse. Sin ir más lejos, se acordaba que algunas comidas no le gustaban, no las comía, simplemente porque no eran de su agrado; después le pareció una falta incomprensible e imperdonable. Sin embargo, reconoce que ni la terquedad, ni las oraciones, ni nada pudieron liberarlo de una cosa: el hambre. Al cabo de tanto esfuerzo, de tanto afán, de tanto empeño, acabó encontrando la paz, la tranquilidad y el alivio, a pesar de que la vida le cambió repentinamente.
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