Saltillo: A más de 100 años, ¿estaremos hoy mejor?

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Opinión
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Arroyos desbordados y drenajes tapados son una combinación peligrosa. Pero no aprendemos

Saltillo se ha visto favorecido desde mayo con constantes aguaceros que, si bien traen beneficios a la agricultura y hacen más benigno el calor sofocante de la temporada, han causado inundaciones y destrozos al por mayor en todos los órdenes y sectores de la ciudad.

Tierra sedienta, la nuestra no está tan acostumbrada a las lluvias, ni preparada para recibirlas en tal magnitud. El crecimiento explosivo y desordenado de la mancha urbana, así como la autorización a ambiciosos fraccionadores para la construcción de colonias en lugares no apropiados, son factores que han favorecido, en muchos casos, el cambio del cauce de los arroyos, cuando no su clausura definitiva. Otros han sido metidos por la fuerza en canales de concreto para utilizar sus riberas como calles pavimentadas, y otros más han visto notablemente reducidos los lechos de su cauce natural, sacrificados en aras del agigantado crecimiento demográfico y sus inaplazables necesidades habitacionales.

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A todo lo anterior se agrega la falta de educación ambiental de la que adolecemos en general los mexicanos, así como la falta de visión de las constructoras de obras civiles, actualmente encargadas de la ampliación de bulevares y de la construcción de puentes y pasos a desnivel. El resultado no se hace esperar: caos vial e inundaciones a diestra y siniestra.

El exiguo drenaje pluvial con que cuenta la ciudad no se da abasto por sí mismo. Las empinadas calles de Saltillo se ven en estos días de lluvia anegadas por el agua que baja del sur con tal fuerza que arrastra en grandes cantidades los escombros y la basura que no ponemos en su lugar. En consecuencia, las pocas vías que pudieran dar cauce al agua de las copiosas lluvias se tapan constantemente con los desechos de una ciudad que no se preocupa por brindarse a sí misma la fortaleza sanitaria requerida para sobrevivir en comunidad.

Arroyos desbordados y drenajes tapados son una combinación peligrosa. Pero no aprendemos. El Municipio sigue otorgando permisos para construir vialidades, edificios y fraccionamientos en lugares de gran riesgo, y los saltillenses seguimos tirando a diestra y siniestra la basura que, además de afear el rostro de la ciudad, tapa las rejillas, coladeras, registros y conductos de los drenajes, con la consecuente inundación de calles y avenidas. Los accidentes de tráfico y los daños materiales al patrimonio público y privado son el corolario de las inundaciones.

Hagamos un análisis de los diferentes tipos de conductores que se ven en las calles de la ciudad y la posible preocupación que les causan las lluvias. En los bulevares y vías rápidas prevalece el tipo que maneja a la misma alta velocidad que acostumbra siempre. Sin haber previsto más tiempo para su traslado, sólo quiere llegar a su destino sin importarle el mar de olas que levanta su loca carrera y con las cuales le quita la visión a los conductores de otros automóviles. A este automovilista no le preocupa nada: al mando de su poderoso vehículo cree dominar al mundo y a la naturaleza.

En menor número, pero sin extinguirse aún del todo, se ven otros choferes sorteando con tranquilidad, hasta donde se puede, las enormes lagunas y charcos sin salida que se forman en las muchas depresiones y declives de las arterias. Ellos son los que frenan a cada rato y conducen a 20 kilómetros por hora... y a veces se quedan varados y sobrevienen los choques por alcance y por descuido.

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En la parte vieja de la ciudad, y aprovechando que la mayoría de las calles se convierten en caudalosos ríos, un gran número de choferes, tanto del transporte público como de vehículos particulares, tiene otra clase de preocupación: mojar a los peatones que van por las banquetas y a los motociclistas, sin importar su condición ni edad.

Hace poco más de una centuria sólo circulaban en las calles de Saltillo, la mayoría sin empedrar siquiera, los guayines de pasajeros, coches de carga y carretas, tirados por briosos caballos, mulas y hasta bueyes, y coleados casi siempre por un enjambre de chiquillos, cuyo juego consistía en subirse y pasearse unas cuantas cuadras, hasta que el cochero decidía agarrar el látigo. A más de 100 años, ¿estaremos hoy mejor?

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Profesora de Lengua y Literatura Española. Dirigió el departamento de Difusión Cultural de la Unidad Saltillo de la UAdeC. En 1995 fue invitada por la Universidad Tecnológica de Coahuila, unidad Ramos Arzipe, para encargarse del área cultural, que incluía la formación del Centro de Información y cuatro años más tarde vendría la fundación del Centro Cultural Vito Alessio Robles, recinto que resguardaría la biblioteca de su padre, y donde hasta hoy labora.

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