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Stray: ¿Porqué queremos jugar a ser un gato?

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/ 5 agosto 2022

El videojuego protagonizado por un gatito callejero ha dado de qué hablar desde antes de su lanzamiento, ahora que lo tenemos en nuestras manos, todo mundo quiere probarlo

Todos conocemos —o fuimos— a un niño o niña que juega a ser perrito, o gatito o incluso dinosaurio. Va salte y salte por toda la casa, tratando de imitar lo mejor que puede los movimientos de su animal favorito.

Incluso cuando crecemos esa curiosidad no se pierde del todo. ¿Quién no se ha imaginado cómo sería ver el mundo a ojo de águila? ¿O qué tal conocer las profundidades marinas encarnado en un tiburón, una ballena o un calamar? Y, por supuesto, es probable que alguien se haya preguntado ¿cuán gigante y divertido sería el mundo si pudiéramos explorarlo como un gato?

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“Stray” es un videojuego que busca responder a esa pregunta de una manera interactiva. La reciente apuesta del estudio independiente BlueTwelve Studio y distribuido por Annapurna Entertainment, que llegó hace unas semanas a las consolas de Playstation y a PC, se convirtió rápidamente en todo un éxito, gracias no solo a la curiosidad inherente de saber cómo lograron llevar la experiencia felina al mundo virtual, sino también al carisma que el equipo logró darle a la historia.

Los pequeños placeres

Aunque la crítica especializada y la opinión pública le han dado al juego comentarios muy positivos, un consenso negativo es su corta duración, así como la linealidad de su trama. Si bien son aspectos que podrían desanimar a algunas a acercarse a “Stray”, la realidad es que son criterios muy particulares, pues la propuesta no pretende competir con las grandes franquicias ni mucho menos, sino que se coloca en su propio nicho, donde ofrece un viaje especial desde la perspectiva de un lindo felino y su compañero robótico, en medio de un panorama postapocalíptico y cyberpunk.

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La gracia del juego está en su esencia. Si bien los controles están diseñados de una forma un tanto rígida —no hay un botón para saltar, por ejemplo, sino que al acercarte a un lugar donde el gato puede subir o bajar aparece la opción para hacerlo y pulsas el botón indicado—, esto es lo que permite solo sentarse y disfrutar del paisaje, de los escenarios, de las escenas y de las diferentes formas en que puedes interactuar con los habitantes robóticos de esa abandonada ciudad subterránea.

A esto se suma la atmósfera que creó el departamento del arte. Entre los callejones, las luces neón, los anuncios, las tuberías oxidadas, los aires acondicionados y los balcones, sin mencionar, por supuesto, un soundtrack muy bello que termina de embonar todo, nos encontraremos con un mundo que a pesar de no ser la mar de originalidad, sí encanta con su estilo propio.

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En ‘zapatos’ ajenos

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Con todo lo anterior, el principal atractivo del juego no está en el futuro distópico, ni en su historia, que puede llegar a atraparte —sin mencionar que la gran mayoría de los que llegan a este juego es por su protagonista y nada más—, sino en esa posibilidad que otorga de encarnar a una de las mascotas favoritas de las personas.

Pasearte con agilidad entre los techos y balcones de esa derruida y decadente ciudad, detenerte a ver el trajín diario de los robots, interrumpirles una partida de ajedrez —como lo haría un gato doméstico—, tirar objetos de la orilla de algún lugar o pararte sobre un teclado y poner en la computadora un caos de letras y símbolos es lo que lo vuelve divertido, entretenido.

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El placer de disfrutar con tranquilidad —a pesar de las criaturas alienígenas que de vez en cuando te encontrarás y que amenazarán con comerte— de estos lugares y de estos momentos, de interactuar con la gente, ver sus reacciones, de ponerte en el lugar de ese animal intrigante que nunca hace caso a su nombre —o a cualquier llamado en general—, eso es lo que en verdad entrega Stray a quien lo juegue.

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En una medida similar a juegos como Journey o Limbo, que entre su atmósfera y su mecánicas sencillas pero efectivas, las aventuras felinas postapocalípticas de este tierno minino es lo más cercano que tenemos a vivir en carne propia esa divertida experiencia.

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