Ilustración: Vanguardia/Alejandro Medina

A partir de un doloroso accidente en que murieron tres jóvenes ha arreciado la condena al alcohol. Ellos tres y la muchacha que salvó la vida habían bebido; no existe duda. Muchos periodistas aprietan a las autoridades. De inmediato se desplegaron revisiones rutinarias de la Policía Municipal para medir en los automovilistas el grado de alcohol que tienen en la sangre. Sin embargo, en este mismo diario apareció una estadística que contradice a quienes condenan el consumo: de acuerdo a la Policía, nada más el 6 por ciento de los accidentes tienen como causa el alcohol.

Tuvimos hace poco uno de los mayores accidentes ocurridos dentro de una ciudad a nivel mundial: 249 coches chocaron: ni un chofer había bebido.

Ni los diarios ni los agentes de tránsito han mencionado la palabra “celular”. He visto no menos de mil personas hablando por su teléfono mientras manejan. No se sabe que hayan multado a nadie. ¿Cuántos accidentes se deben al uso del celular?

El Alcalde anterior puso unas cámaras que medían la velocidad del vehículo, tomaban foto a la placa y la enviaban al sistema municipal de multas. Yo pagué una por ir a 83 kilómetros por hora cuando ese bulevar permitía 80. Ni modo. No volví a excederme. Sucedió lo mismo a otros. Bajaron los choques y los muertos. Mas, ¡oh, sorpresa!, el Partido Revolucionario Institucional hizo una acusación judicial contra esta medida porque la consideraron violatoria de… de… ¿de qué? Echó abajo las cámaras. Todo porque el Alcalde era de otro partido. Propongo que a los priistas se les multe en cada redada de alcoholímetro.

Estuve en Perú hace años. Viajé a un lugar de más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar. Mis pulmones no daban de sí. En un hermoso paisaje de la alta Pampa, un turista pidió al chofer que parase para tomar fotos. Unas indias aymaras estaban ahí cuidando sus alpacas. Tímidamente pregunté a una si tenía coca. Se metió la mano al pecho y sacó un bello morralito bordado y lo puso frente a mis ojos: “tome”, me dijo. Cogí una hojita. “Coge más, ponlas en tu cachete y no hagas nada, deja que tú saliva las remoje”. Traté de pagarle. “La coca es de todos”, me dijo, “no hay paga”. A los 15 minutos estaba respirando normalmente. La hoja de coca ha sido usada por aymaras, quechuas y uros desde hace cinco mil años porque abre los alvéolos pulmonares para captar el escaso oxígeno de los Andes. Evo Morales dijo a los americanos que no destruiría los bosques de coca. Una cosa es la coca y otra la cocaína. Ésta la usan los gringos y es adictiva.

Sugiero que los policías vigilen la velocidad y a los miles de choferes que se pasan los altos o los semáforos en rojo"

Ayer terminé de leer el “Confesionario”, de fray Juan Bautista de Viseo, publicado en México en 1598. Este franciscano dominaba el náhuatl y recurría al latín cuando se le atoraba algún concepto. Es una obra trilingüe. El confesionario era un instrumento para confesar mexicas y una obra de discusiones teológicas con religiosos que no entendían el mundo indígena. Era hombre comprensivo: al hablar de “borrachez” opina que un hombre que bebió no debe ser necesariamente reprendido; afirma que debe ser aceptado al sacramento de la eucaristía. Argumento: el pulque es bebida y es comida y los indios han bebido pulque desde siempre.

No creo que nuestras autoridades sean capaces de leer ese libro: no lo entenderían. Deben pensar en el tipo de sociedad en que vivimos y ser consecuentes. Jericó Abramo Masso cerrró 40 cantinas, por órdenes de Moreira… y abrió 40 Oxxo. Dígame si hay lógica. ¿Qué se compra en un Oxxo? Alcohol, chatarra, azúcares, sal, aceites, harinas.

No promuevo el consumo; no soy alcohólico (bebo poco), pero me revienta el moralismo de los gobernantes. Más liberal era fray Juan Bautista de Viseo hace 420 años que los colegas del PRI, PAN, PRD y otros.

Hace 40 años los árabes productores de petróleo hicieron un boicot: cerraron la llave y vendieron un pequeño porcentaje del líquido. Europa y Estados Unidos, que no estaban preparados, de inmediato se obligaron a ahorrar combustible: nadie podía viajar a más de 80 por hora en carreta y a 40 en ciudades. Resultado: los accidentes y muertes bajaron al 1 por ciento en todo el mundo. Nada qué ver con alcohol; todo qué ver con velocidad. ¿Qué hará nuestro alcalde Manolo? Sugiero que sus policías vigilen la velocidad y a los miles de choferes que se pasan los altos o los semáforos en rojo.