Las ciudadades ‘modernas’ se han convertido en espacios donde las personas no cuentan con los elementos mínimos para desplazarse con seguridad

Una de las peores traducciones que tiene eso que llamamos “progreso”, es la deshumanización de las zonas urbanas. El crecimiento de las ciudades, que incluye su “urbanización” implica que el espacio público esté diseñado y construido para ser habitado por automóviles y no por los seres humanos.

Las ciudades “modernas” se convierten así en espacios en los cuales las personas no cuentan con los elementos mínimos para desplazarse con seguridad o mediante el uso de medios de transporte distintos al automóvil.

El cuadro se completa con el otro gran olvido de prácticamente cualquier autoridad municipal de nuestro País: la ausencia de un sistema eficiente de transporte público. O al menos de un proyecto para transformar el que actualmente se tiene.

Los aspectos en los cuales podemos observar este desplazamiento de las necesidades humanas por las necesidades vehiculares son muchos, pero en Saltillo resalta, en distintas áreas de la mancha urbana, la inexistencia de banquetas o, al menos, de banquetas con las características adecuadas.

El reporte periodístico que publicamos en esta edición, relativo a la ausencia de banquetas en amplios sectores de la zona norte de nuestra ciudad, constituye un buen ejemplo de esta realidad.

Estamos hablando de amplias zonas teóricamente “urbanizadas” pero a cuyos desarrolladores ninguna autoridad —de ningún orden de Gobierno— le ha exigido cumplir con el mínimo requisito de construir las banquetas indispensables para que las personas puedan desplazarse a pie.

Pareciera que se da por sentado que en esas áreas la única forma de desplazamiento permitido es a bordo de un vehículo automotor. Pareciera que el “desarrollo urbano” de esas áreas lleva implícita la prohibición de caminar por las calles.

No se trata de un asunto de estética, o de exigencias desmedidas: se trata de la exigencia mínima de un conjunto elemental de derechos: a la circulación, a la seguridad, a la salud.

Caminar por estas zonas —algo que muchas personas están obligadas a hacer— implica exponer permanentemente la integridad y correr el riesgo de ser atropellados, además de que al circular por terrenos irregulares o en medio de la maleza constituye un riesgo para la salud, sobre todo de las personas de mayor edad.

¿Por qué a ninguna autoridad le preocupa —ni le ocupa—esta situación? ¿Por qué a nadie parece inquietarle el hecho de que zonas habitacionales de alta plusvalía violen los más elementales principios de urbanización?

Todos tenemos claro que quienes viven en esas áreas se movilizan fundamentalmente en automóvil y seguramente no necesitan —ni han echado nunca de menos— una banqueta. El punto es que las banquetas no son solamente para quienes viven en el área, sino para todos lo que permanente o esporádicamente pasemos por allí.