¿Cuál fue el consumo digital real de la oferta proveniente de las instituciones culturales a casi un año de la pandemia? En días pasados la UNAM presentó los resultados de su Encuesta Nacional sobre Hábitos y Consumo Cultural 2020

En sus Seis propuestas para el próximo milenio, a propósito del concepto de la levedad, Calvino nos recuerda el famoso dicho de Voltaire: “Ser ligero como el pájaro y no como la pluma”. Un valor que a menudo se confunde con la superficialidad, así como pasa con lo sencillo, en relación a lo simple. O los valores cuantitativos para querer demostrar el éxito de casi cualquier cosa.

Aunque concebida su tesis para el campo de lo literario, su validez podría ampliarse a un contexto más general: Calvino contrapone la levedad a la frivolidad, porque para él lo superficial participa de una densidad opaca. Lo mismo aplicaría ante la impostura de ciertos criterios cuantitativos. Como los desplegados en reciente entrevista, a propósito de los alcances de la oferta cultural en Coahuila, donde el subdirector de desarrollo cultural de SEC afirmó que “se ha registrado un alcance de cuatro millones 207 mil personas respecto a las actividades virtuales que se realizaron en 2020” (La realidad de la cultura digital. Nota de Saúl Rodríguez, El Siglo de Torreón, 14 de feb.) Cantidad a todas luces desorbitada; según reciente censo del INEGI, la población total de nuestro estado es de 3 millones 147 mil personas. Concedamos un poco: se podría repetir el público para diversos contenidos,  es la actividad virtual de todo el año, pero aún así las cuentas no dan ¿Pudo esta consumo rebasar incluso a la totalidad de la población de Coahuila; incluyendo a niños, jóvenes y viejos, además de amplios sectores desprotegidos, como los que ni siquiera cuentan con la infraestructura básica para soñar con un acceso a internet?

Obviando las cuentas alegres y la proverbial auto condescendencia, surgen preguntas más urgentes ¿De dónde surgen esas cifras? ¿Cómo se tasa el consumo neto de los eventos culturales y transmisiones? ¿De likes, clics, repost? ¿Qué garantiza un visionado completo de estos productos, así como su impacto genuino, su asimilación cabal?

Para Calvino la levedad no es superficialidad. / Foto: Alejandro Pérez Cervantes.

Mundo plano

El encierro obligatorio parecía ser el entorno inmejorable para implementar estrategias que detonaran el consumo cultural, pero la encuesta nos revela la enorme brecha entre la realidad y el deseo, y aunque la pantalla se volvió el puente al mundo, lugar de trabajo, centro de  enseñanza y aprendizaje, enlace personal -“el mundo se volvió plano”, diría el cronista Martín Caparrós-, la gente decidió darle prioridad a otras cosas: las redes sociales y el cine se volvieron los productos preferidos en México durante el último año. Los museos, conciertos en línea y eventos teatrales y de danza los menos consumidos ¿Qué faltó?

Más que recursos, imaginación. Dejar atrás los roles y formas que incluso antes de la pandemia ya presentaban desgaste. Es un hecho: el modelo tradicional del museo -en casi todas sus acepciones- está agotado. En el entorno local, la inversión en personal y infraestructura no justificaba los apenas decenas o centenas de visitantes mensuales. ¿Sirve re hacer la idea de museo en un contenido virtual? ¿Cuánto tiempo seguirá siendo válida la presentación virtual de libros donde dos cabezas parlantes intercambian palabras?

Ha faltado frescura, imaginación, echar mano de los nuevos recursos tecnológicos. Las presentaciones recientes de los nuevos libros de Conarte, más en un formato de estudio televisivo, en una especie de entrevista relajada, dan cuenta de ello. Aún es posible plantear cierto nivel de interactividad, de espontaneidad y de riesgo. En Coahuila, el grandioso capital humano de artistas, talleristas, escritores, ilustradores, animadores, programadores, videoastas, productores está desperdiciado: ignorado o mal pagado.

Las cuentas alegres provenientes desde la visión institucional dan cuenta de una miopía, de un anacronismo, de una resistencia suicida ante la evidencia aplastante de que el mundo ha cambiado para siempre.
Calvino emparentó también la levedad con el humor, esa suprema forma de la inteligencia: “en la comedia se desvanece el peso de lo corpóreo para poner en duda la densidad del yo y también la densidad del mundo entero”. Pienso en la ingravidez de Chaplin, en la plasticidad acrobática de Buster Keaton, en la voz de Teresa Salgueiro. Es decir, la levedad sería abandonar ese modelo anquilosado de concebir el mundo. Abogar por un dislocamiento en la forma de hacer las cosas, por la distensión… y qué cosa es el  fenómeno artístico si no libertad, expresividad, desafuero.

Poliédrico, el autor de Si una noche de invierno un viajero propuso también esta levedad como una forma de ser también determinados, precisos. De mantener la mirada con foco en la realidad. No desvanecernos en el triunfalismo y la nadería. Huir del engaño cuantitativo. Ya la realidad ha desdicho casi toda esa intención de la vana grandilocuencia en nuestro entorno:  las mega obras, el dispendio faraónico. La estúpida tentativa de confundir lo grandioso con lo grandote.

Ser virtual no significa ser vacuo. Ser leve no significa ser miope, pasivo, ni indiferente.

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