Aunque nuestra cultura cacofónica muchas veces lo disimule, en una democracia lo que cuenta son los resultados. No siempre es fácil tenerlo claro porque las distracciones abundan. Nos sobran estímulos, versiones, manipulaciones y calumnias. Y sobre todo nos sobra propaganda.

Al gobierno de México le acompaña un sofisticado sistema de propaganda que amplifica la versión de la realidad que, desde la mañanera, pretende imponer el presidente López Obrador. Es una maquinaria eficaz, que lo mismo recurre a mentiras que intimida a sus críticos, descalifica organismos independientes y, en los tiempos recientes, atenta contra la división de poderes. Todo parte del discurso binario del presidente que dicta órdenes de batalla todos los días: todo crítico es oponente y todo adversario es enemigo. Conmigo o contra mí, sin más. Todo tiene la misma intención: apostar más por la narrativa que por la defensa de los resultados del gobierno. Distraer al electorado del fracaso objetivo.

Dada la popularidad personal del presidente, la estrategia ha funcionado. Pero últimamente ha perdido fuerza y de pronto se asoma su fecha de caducidad. La razón es simple: los resultados son fríos. No hay discusión posible con los números. La historia no recuerda la demagogia. La historia al final registra si un gobierno mejora la vida de sus gobernados. Ese es el juicio importante y nada más.

En estos tiempos, además, la historia tiene prisa. Basta un recorrido veloz por América Latina. En Chile, la élite política estiró la liga hasta donde pudo, marginando los justificados reclamos de esa parte de Chile que no ha visto milagro económico alguno. El gobierno luego respondió con violencia inclemente a las manifestaciones que exigían un cambio de rumbo. Con el tiempo, la democracia se encargó de poner todo en su sitio: los chilenos votaron por una nueva “convención constitucional”, incluyente y representativa, que supondrá un viraje notable en el proyecto de nación.

Los resultados importan.

Ese, también, es el rumbo próximo de Colombia. El gobierno de Iván Duque no fue una desgracia, pero tampoco un caso de éxito en el manejo de la pandemia. Pero sí fue una catástrofe después, cuando optó por apretar todavía más a la sociedad colombiana a través de una reforma tributaria que, por más que fuera necesaria, parecía un despropósito en un país en el que la pobreza aumentó 7% tras la pandemia. Y luego vino la represión. Aunque los manifestantes incurrieron en bloqueos y vandalismo, las fuerzas de seguridad de Colombia cometieron abusos deleznables. ¿Las consecuencias? Las horas de Duque al frente de Colombia están contadas. Lo más probable es que, en las elecciones del año que viene, gane por primera vez un gobierno de izquierda, encabezado por el polémico Gustavo Petro.

De nuevo: los resultados importan.

La pregunta, ahora, es si importarán en México. Importaron, sin duda, en el 2012, cuando Enrique Peña Nieto prometió un viraje de estilo y prioridades. Evidentemente importaron en el 2018, cuando López Obrador encarnó con éxito el repudio a la corrupción peñanietista. En ambos casos, el electorado mexicano optó por castigar la ineficiencia (e inmoralidad) de los partidos gobernantes para recompensar a la oposición. El 6 de junio, los votantes mexicanos tendrán frente a sí una serie de preguntas. Son las mismas preguntas que enfrentarán dentro de tres años, cuando la encomienda sea elegir a un nuevo presidente. ¿Estoy mejor ahora que hace tres años? ¿El país va en un mejor rumbo ahora que hace tres años? ¿Dados los resultados objetivos de este gobierno, merecen tener más o menos poder?

El voto responsable comienza por la respuesta honesta a estas tres preguntas. Si el votante responde afirmativamente a las tres, entonces debe recompensar al partido en el gobierno. Pero si ocurre lo contrario, y el juicio objetivo de lo que ha hecho el presidente López Obrador y su partido en estos años resulta negativo, el votante tendrá que proceder como lo hizo en 2012 y 2018. Y no se trata de antagonismos ni rollos por el estilo. Se trata de apostar por la madurez democrática: la rendición de cuentas, el proceder de un electorado que recompensa a quien gobierna bien y castiga a quien gobierna mal: el juicio sensato e implacable del votante, el mismo al que apeló, y con razón, Andrés Manuel López Obrador muchas veces en el pasado. Los resultados importan. Si dejan de importar, la democracia se vuelve un concurso de popularidad, un jueguito de espejos. Lo que está en juego es el rumbo de un país. Y México es mucha patria como para arriesgarlo por un voto irracional.

Los resultados importan.