"Fui toda mi vida un meado de perro, por eso escribo", apuntó Carlos Droguett en su correspondencia personal. El escritor chileno tenía entonces 81 años. ¿Y si eran misivas personales, entonces por qué es posible leerlas? Pues porque un escritor legítimo escribe tal como respira, duerme y escucha, tal como camina, patea una lata y atraviesa una puerta. Todo lo que escribe debe —por impulso vital— ser leído y no hay marcha atrás en ello. Se ha ligado a la escritura y tramado un pacto con el diablo, ¿o acaso el ladrillero hace ladrillos para esconderlos? ¿El panadero hornea el pan y luego lo mete debajo de la cama hasta que endurezca? No, los ladrillos, el pan, las cartas deben de ser descubiertos, usados, comidos, leídos. Y el impulso vital de Droguett (1912 -1996), probablemente uno de los escasos autores importantes que he leído en mi vida, lo empujaba a la acción y a la inagotable batalla de las palabras. ¿Cómo podía escribir sin pausa ni descanso o clemencia, y transformar al lector en adicto de su historia? Cavaba senderos para que el caminante de sus libros lograra transitar y andar sobre su cauce, agotado, satisfecho, extraviado en su ritmo dócil e impertinente. Droguett pidió que al morir sus cenizas fueran lanzadas al inodoro, pero la familia nunca cumple los deseos de los viejos; a cierta edad te vuelves mueble, bolsa de papel, escritorio apolillado y hacen contigo, los jodidos y mezquinos familiares, lo que se les da la gana. Hasta los perros guardan un silencio respetuoso cuando sobreviene la muerte, pero los humanos llevan el fiambre al hombro y lo manosean con sus ritos y tonterías mortales. En su excepcional novela insignia 'Patas de perro' (Malpaso ediciones; prólogo de Lina Meruane) se relata la historia de Bobi, un niño que nació con piernas y patas de perro y el resto de un ser humano, el padre y narrador le dice a Bobi: "Un perro vale muchos hombres, y rastreando la historia moderna y la historia antigua encontrarás estampada su huella... creo, criatura que no deberías avergonzarte de ser un poco perro, sino de no serlo completamente". ¡Qué razón tiene este hombre! La vergüenza de no ser un perro debería acompañarnos como una sombra. Banqueros usureros, charlatanes políticos, industriales voraces, artistas pacatos, ¿no sienten pena de no haber nacido perros? Así no se comerían a dentelladas colosales lo poco bueno que nos rodea. Nada tiene que ver la humilde mordida de un perro con sus fauces depredadoras e inagotables. La carroña humana se mueve, se expande y avasalla. ¿No están cansados de su hedor? ¿De las mismas cretinas, salvajes e interminables tropelías? Su vida sí que es una meada de perro, no la de Droguett, ese escritor extraordinario opacado por el ruido tosco y mercadotécnico de todos aquellos escritores que debieron haber sido perros y mover la cola dócilmente, en vez de sepultarnos con sus historias predecibles o innecesarias.
De algo estaré cierto, yo, mitad perro, mitad hombre y verdugo, hasta que me muera y las risas de los sádicos dispersen mis cenizas: la autobiografía no es posible. La conciencia de uno mismo —ese problema que desvela a sicólogos, filósofos, neurólogos y a todo el género humano que al verse en el espejo se reconoce como un yo indistinguible, singular y auto consciente— no permite el descanso sideral o terreno debido a que dicha experiencia no puede ser narrada, sino sólo esbozada. Quien crea, por ejemplo, que en mis libros hablo sobre de mí, de mi biografía, mi vida, mis aventuras y demás paparruchadas, es porque no ha comprendido la broma que nos sepulta, la burda imposibilidad de transmitir lo que uno es. Dice Droguett, en la novela referida, que escribe para olvidar y meter un poco de tranquilidad en su alma. Y hace bien, que descanse, que duerma, que la familia, los niños, la vocinglería política no lo perturbe. Bendecido está. Pero en la autobiografía no se escribe para descansar, ni para echar sobre la espalda de otros nuestra papada, ni madres: se trata de un gesto que no puede transmitir la soledad, la dejadez, la cárcel en la que uno ha nacido y para la cual no hay llave. Nadie puede entrar ni salir de esa celda íntima y maleable, diseñada sólo para las dimensiones de nuestro cuerpo e imaginación. Nos miran dentro de nuestra jaula como a los changos, nos lanzan una banana y una mirada de asombro, pero no más. Uno habla de sí mismo para ocultarse, y lo logra siempre, aunque no lo quiera, se va envolviendo en papel, en goma, en vendas de tela y se hace cada vez más minúsculo, ¿por qué no fuimos totalmente perros? ¿O al menos como Bobi, mitad perro, mitad niño? No he aprendido a vivir en el inodoro y mis novelas biográficas son la pedrada que cae junto a unos pies lejanos que nunca descubrirán con quien o con qué se han tropezado. Distinguidos y poderosos señores que deciden en nombre de todos, ¿por qué no se vuelven perros y menean la cola? ¿Por qué nos lastiman con su opinión y obras criminales? Ay, Bobi, ay, perros; pobres de los que escribimos en esta época de autómatas gesticuladores. ¡A ladrar, a ladrar!