Carolina Herrera, un caso de apropiación cultural indebida. / Foto: AP
Al parecer, uno de los grandes temas para las administraciones públicas de la cultura –estatal y municipal- va a seguir siendo el concepto de patrimonio. Y no tanto por su conservación o promoción, sino al contrario: por la omisión en su cuidado, por su desconocimiento y desinterés, y en el caso del IMCS, por su actitud de indolencia y desprecio

La insignia
No me voy a detener aquí a glosar ni argumentar porqué el sarape es sin discusión el elemento identitario de Saltillo. A nivel mundial y nacional, a través de la imaginería de la cultura popular, la música, el cine y otras artes, es innegable la reafirmación de su sentido como símbolo cultural de la capital coahuilense.
De ahí que en recientes días, ante el evidente lucro por parte de la marca Carolina Herrera, sorprendiera la tibieza, omisión y desinterés tanto de la Secretaría de Cultura de Coahuila –a través de su dirección de Culturas Populares y el Museo del Sarape- y del Instituto Municipal de Cultura de Saltillo. Tuvo que haber una protesta de la Secretaría de Cultura Federal para que mediaran declaraciones y posicionamientos públicos de sus titulares: pero como en otras ocasiones y temas, el asunto derivó otra vez hacia desvíos en la responsabilidad.

Las estrellas se han rendido a las prendas tradicionales mexicanas. Marilyn en su famosa sesión de 1962 con un suéter de lana de Chiconcuac. / Foto: Especial.

El oprobio
El deslinde mayor fue por parte de Iván Márquez, titular de IMCS, que en declaración ante Notimex cometió la barbaridad de decir: (El Universal, jun. 17) “Carolina Herrera puede usar el diseño del Sarape de Saltillo”. ¿A título de qué y a nombre de quiénes puede darse una declaración así?... casi casi en papel de vocero de la marca, el funcionario quiso normalizar el atropello: “El problema a nivel global, así como sucede con la música, es que cuando haces un arreglo de algo que ya está creado, pasa como si fuera algo nuevo”… esta tierna explicación y otros balbuceos en torno a la insuficiente reglamentación sobre propiedad intelectual le sirvieron para lavarse las manos. Ahí se agotó su idea y su concepción sobre la importancia del sarape como símbolo de identidad y sobre su explotación por parte de una trasnacional ¿Sabrá el funcionario –que presume una maestría en promoción y desarrollo cultural por la UadeC en su CV– lo que implica el concepto de apropiación cultural? Hagámosle el favor…

El titular del IMCS durante el evento del centenario de la Fábrica El Sarape de Saltillo. 2018. / Foto: Archivo.

Apropiación cultural
Diré por principio que es un concepto complejo, que implica factores tan disímbolos como lo son los antropológicos frente a criterios comerciales. El problema mayor en casos como éste, es cuando los derechos de autoría –al ser una práctica colectiva- se diluyen en tradiciones de carácter plural. La apropiación cultural indebida, que en este caso la marca quiso disculpar con una explicación de “homenaje”, implica aspectos que afectan la propiedad intelectual. Por lo tanto, lo que validaría este “homenaje” sería el consentimiento de los artesanos afectados y la compartición de beneficios derivados de este proceso comercial: lo que reafirma el cuestionamiento: si obviamente no se trata de un artesano o personaje directamente implicado en su factura, promoción o rescate ¿Quién es Iván Márquez para consentir la utilización del sarape como objeto de explotación comercial?

Prioridades del IMCS, festivales vaqueros, marcha LGBT. Cartelera junio. / Foto: Especial.

Días antes, en un tono más sensato, Ana Sofía Camil, hizo su posicionamiento: “Esta es una oportunidad para que el gobierno de México implemente las normas que permitan a los artesanos registrar sus diseños” (El Universal, jun. 14)
Ambos funcionarios, hablaban del caso como si no tuviera absolutamente nada qué ver con las responsabilidades encomendadas a las instituciones que dirigen. Ya que, de acuerdo con la Ley Federal de Derechos de Autor (art. 424. Fracción tercera del Código Penal Federal) sí es posible tomar acciones legales contra esta indebida apropiación: “quien use en forma dolosa, con fines de lucro y sin la autorización correspondiente obras protegidas por la Ley Federal de Derechos de Autor, tendrá una penalidad de 6 meses a  6 años y una multa de 300 a 3 mil días de salario mínimo”. Porque el Sarape de Saltillo sí cuenta con registro de marca ante el Instituto Mexicano de la Propiedad Intelectual, con fecha del 11 de julio de 2016. Otros especialistas en legislación cultural han argumentado que podría apelarse incluso ante instancias de mayor alcance, como la Organización Mundial de Propiedad Intelectual. Lo que demuestra, por parte del titular del IMCS, un profundo desconocimiento de la cultura, las tradiciones y la ley.

Disney, amo de la apropiación cultural. Los Tres Caballeros, 1944. / Foto: Archivo.

Las prioridades
¿Será esta sintomatología de desinterés y desidia resultante de que al menos los últimos 25 años la cultura institucional en la capital del estado ha sido manejada por personajes foráneos?
Porque ¿Cómo defender lo que no se conoce? ¿Cómo amar lo que no se siente como una pertenencia? Ya lo vimos: en el estado y el municipio hay recursos de sobra para promover eventos como la Semana Santa en Viesca (SEC), la Montura más grande del mundo (Turismo), La Rosca más Grande del Mundo, Festivales vaqueros con participación de fondos públicos que deberían estar dedicados a la cultura, incluso, hasta un desfile LGBT (ver cartelera de junio) pero no hay voluntad, visión ni recursos para pelear -ya no hablemos de cuestiones económicas- el merecido crédito a la insignia cultural de nuestra ciudad, explotada bajo los más abusivos criterios neoliberales.
“Es luchar contra gigantes”. “Es que los mexicanos son unos envidiosos”. “Qué bueno que otros lo hagan”. “Nuestro sarape en el mundo”: estas expresiones, así como la respuesta institucional, no hacen más que revelar una mentalidad entreguista, colonizada y subalterna (leer a Gayatri Spyvak).

El sarape en la cultura popular. / Foto: Archivo.

Desde la omisión y una neutralidad cobarde, olvidan que en otros casos similares, la enérgica protesta y acción de colectivos de artesanos –que ya no de instancias públicas- rindió sus frutos al vencer en pleitos legales a grandes trasnacionales, terminando por hacer valer su legítimo derecho sobre sus creaciones (Ver casos Nestlé o el de los huipiles chinantecos).
Finalmente, el tema no es comercial, no es de dinero, es de identidad, de cultura. Lo dijo mejor el valiente alcalde de Juchitán –pedirle al nuestro lo mismo, sería mucho-: “las creaciones de nuestros artesanos son recintos de nuestra identidad, donde se plasma la cosmovisión e historia de las comunidades; en ese sentido, nuestros pueblos tienen que ser los titulares del derecho para el uso y aprovechamiento de sus elementos”.
El sabio Gilbert Keith Chesterton decía que “llegará el día en que será preciso desenvainar una espada por afirmar que el pasto es verde”, en Coahuila le pedimos peras al olmo: tener todavía que sensibilizar a los funcionarios  para que defiendan el patrimonio originario, ante la arrolladora voracidad del  capital trasnacional -que desde una visión colonialista- pretende robar nuestra cultura.

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La tumba de José Alfredo diseñada por su yerno Javier Senosiain incluye un sarape./ Foto: Especial.