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Del no aceptar a encarar la gravedad del Covid-19, a aceptar con toda vergüenza que así como le llegó el virus, seguramente él también contagió a otros. Es la historia de un hombre de 47 años, sin enfermedades crónicas

Ciudad de México. Te voy a contar una realidad: yo no creía en esto. Mi esposa y yo estábamos renuentes; pensábamos que era una mentira, una farsa; yo hasta me reía cuando se hablaba del coronavirus... y fue cuando me enganchó que por fin entendí.

Del no aceptar a encarar la gravedad del Covid-19. De atribuir los síntomas iniciales a una gripe común o al dengue, a aceptar con toda vergüenza que así como le llegó el virus, seguramente él también contagió a otros. Es la historia y el testimonio anónimo de un hombre de 47 años, sin enfermedades crónicas.

Trabaja para la fuerza de seguridad de un estado del Golfo de México, y está convencido de haberse contagiado en mayo durante un operativo al que acudió con otros 50 agentes. Semanas después, al salir de su aislamiento, se enteró de la muerte por Covid-19 de dos compañeros que habían acudido a esa misma misión.

“Por ahí del 13 de mayo empecé con los síntomas: dolor de cuerpo e irritación, aunque sin ser calentura. Mi esposa empezó también a sentirse mal. Yo lo atribuía a dengue o a una formación de cálculos biliares que me habían detectado hacía poco, y ella, a que con frecuencia padece de la garganta.

“Por ahí del sexto día empecé con calenturas muy fuertes, escalofríos y mucho dolor de cabeza. De inmediato me dije ‘aquí hay algo malo’. Para entonces, mi esposa había empezado a recuperarse, pero yo me había estado haciendo el valiente y seguí yendo a trabajar, y creo que lo más probable es que yo haya contagiado a alguien, como me pasó a mí.

“Cuando sentí la situación más fuerte, me aislé en un cuarto que tengo separado de la casa, y empecé a consultar con amigos o en Internet qué hacer, cómo tratarme, porque cuando busqué hacerme la prueba en el laboratorio había mucha gente y me dijeron que debía pedir cita.

“Asumí en definitiva mi infección. Conseguí –porque eso me recomendaron, todo mundo lo hace– una receta para azitromicina (antibiótico para atacar infecciones por bacterias), aspirina forte y otros medicamentos de venta libre, y decidí aguantar.

“Y pasé todo el proceso: las fiebres, cefalea, tos seca... Cuando me entró la disnea (dificultad para respirar) me hice el fuerte y me quedaba quieto, inmóvil; lo menos que pudiera caminar, uno o dos pasitos, un poco de agua, y olvidarme de todo porque hasta con el pensar me dolía la cabeza.

“Pasadas dos semanas, ya con menos malestares, me hice una tomografía de tórax y consulté a un par de neumólogos. Ambos me dijeron que por mis lesiones pulmonares y todos los demás síntomas era claro que había tenido Covid-19.

“Y aunque ya para entonces mi oxigenación estaba en 98, me ordenaron seguir tomando anticoagulantes, tener todavía más reposo y hacer ejercicios para fortalecer mis débiles pulmones –nunca durante el encierro pedí que me suministraran oxígeno–. Creo que superé esto porque no tengo comorbilidades y por mi edad supongo que mi cuerpo resistió más.

Pero hoy tengo claro que nos falta mucha información, que la afectación del virus es muy variable y por eso los médicos te dicen cosas distintas, pues la enfermedad los tomó por sorpresa. Cada caso es diferente, individual. Ya han pasado dos meses y aún me sofoco cuando camino mucho o subo escaleras...

La Jornada

La Jornada es un periódico mexicano de circulación nacional, publicado diariamente en la Ciudad de México. Héctor Aguilar Camín, Miguel Ángel Granados Chapa, Carmen Lira Saade, Humberto Musacchio y Carlos Payán lo fundaron el 19 de septiembre de 1984.