La fe marcó el paso de más de 1,400 matlachines en Saltillo
La edición 19 reunió a 71 danzas que recorrieron las calles de Saltillo en una multitudinaria manifestación de fe y tradición, reafirmando una de las expresiones culturales y religiosas más emblemáticas de la ciudad
Los tambores comenzaron a escucharse antes de que los primeros penachos aparecieran entre las calles del Ojo de Agua en Saltillo. Era apenas la mañana, pero el calor ya picaba sobre el pavimento. No había sombra suficiente para refugiarse. Aun así, nadie parecía dispuesto a detenerse.
Vestidos con penachos que parecían tocar el cielo, chalecos bordados, nagüillas, huaraches de cuero y lámina, arcos y sonajas en las manos, más de 1,400 matlachines emprendieron un recorrido donde el cansancio quedó relegado por la fe.
La fila de danzantes se extendía desde la iglesia del Santo Cristo del Ojo de Agua hasta la calle Primo de Verdad. Eran decenas de grupos esperando el momento de avanzar. El sonido de tambores, maracas, huiras, violines y cascabeles convertía la espera en una celebración que poco a poco despertó a toda la ciudad.
Antes de partir, los estandartes fueron colocados frente al templo para recibir la bendición del obispo de Saltillo, Mons. Hilario González García, quien recordó que la danza representa mucho más que un acto folclórico.
“Una danza nos habla de esa síntesis que cada persona hace de toda su persona, para ofrecerla como algo bueno para Dios”, expresó durante su mensaje.
Mientras el agua bendita caía sobre los estandartes y después sobre los propios danzantes, seminaristas recorrían las filas repitiendo la bendición. Algunos cerraban los ojos. Otros levantaban ligeramente el rostro.
Con el banderazo de salida, el río de colores comenzó a descender por la calle Hidalgo rumbo a la Catedral de Santiago. Azules intensos, amarillos, naranjas, rosas, verdes y rojos se mezclaban entre cientos de penachos que se mecían al ritmo de la música. Cada grupo llevaba consigo imágenes de sus santos patronos bordadas en los chalecos y estandartes que encabezaban la marcha.
UNA CIUDAD QUE SALE A VER PASAR LA FE
No hizo falta anunciar que los matlachines recorrían las calles. El ruido de los tambores bastó para que familias completas salieran de sus casas. Observaban desde las ventanas y colocaban sillas sobre las banquetas para disfrutar el paso de los contingentes.
Los niños eran quizá quienes más se maravillaban. Intentaban imitar los pasos de la danza y se acercaban con curiosidad para tocar a los personajes caracterizados como “chamucos”, figuras que representan el mal dentro de esta tradición.
En el recorrido no importaban las edades. Había pequeños que apenas comenzaban a aprender los sones, adolescentes, adultos, personas mayores e incluso jóvenes con discapacidad que avanzaban al mismo ritmo que el resto del contingente.
Para Ángel Emiliano Monsalves Esquivel, de apenas 12 años, participar representa mucho más que vestir un traje.
“Se lo recomiendo, porque la verdad es una experiencia muy bonita”, contó el integrante de la Danza Guadalupana de Los Castillos.
Entró hace apenas un año siguiendo los pasos de su hermano, aunque asegura que desde pequeño soñaba con convertirse en matlachín.
—¿Sientes que el sol es un obstáculo, pero crees que tu fe es más fuerte y te hace continuar?— se le preguntó.
”Sí, claro”, respondió.
LA TRADICIÓN SE HEREDA
Durante el trayecto era común ver cómo algún huarache comenzaba a desprenderse o un chaleco necesitaba un ajuste. Bastaban unos segundos para repararlo sobre la marcha y continuar avanzando. La procesión nunca se detenía.
Entre los estandartes también apareció uno diferente. No llevaba la imagen de un santo, sino la fotografía de un joven danzante. Sin necesidad de palabras, el grupo lo recordaba mientras seguían el recorrido.
Conforme la columna se acercaba a Plaza de Armas, el sonido se hacía más intenso. Las calles parecían estrecharse entre la multitud. Los tambores se mezclaban unos con otros. Los cascabeles resonaban sin descanso. Los sones comenzaban a encontrarse hasta formar una sola melodía que envolvía el corazón de Saltillo.
A las 9:55 de la mañana el primer grupo llegó al atrio de la Catedral de Santiago.
Ahí no terminaba el recorrido. Cada danza realizaba una reverencia frente al templo antes de ceder el espacio al siguiente contingente. Después descendían hacia Plaza de Armas, donde continuaban danzando mientras esperaban para ingresar al recinto religioso.
”Le hacemos la pura bienvenida al santo de la iglesia. La bienvenida la hacemos, luego nos salimos y empezamos a danzar aquí en la plaza”, explicó Reina Marlene Cedillo Vargas, de 20 años.
Su historia también está ligada a la herencia familiar. El abuelo de su madre fue dueño de una danza. Posteriormente la tradición pasó a su tío y ahora ella forma parte de una nueva generación de matlachines.
”Para mí significa mucho, la verdad. Me da mucha emoción ser parte de esta danza porque a mí siempre me ha gustado desde chiquita”, relató.
A pesar del cansancio acumulado, sabía que la jornada todavía estaba lejos de terminar.
“Eso es lo que mueve. La fe mueve montañas y yo creo que aunque esté el sol, esté lloviendo, esté haciendo frío, es muy bonito venir a danzar. Aunque esté el clima como esté, la verdad”, afirmó.
Mientras tanto, la Plaza de Armas seguía llenándose. Quienes llevaban máscaras terminaban por retirarlas. El sudor escurría por sus rostros después de caminar varios kilómetros bajo el sol. Respiraban profundamente, buscaban agua y se acomodaban nuevamente sus penachos. Pero nadie dejaba de bailar.
La directora del Instituto Municipal de Cultura, Leticia Aurora Rodarte Rangel, resumió el significado de la jornada al recordar que Saltillo, “sin duda alguna, es tierra de matlachines”.
”Porque no hay arte más auténtico que aquel que nace del corazón, que nace del pueblo”, expresó ante los asistentes.
Y bastó recorrer unas cuantas calles para entenderlo. Más de 1,400 personas caminaron bajo un sol inclemente cargando sobre los hombros penachos, tambores, cascabeles y estandartes. Pero, sobre todo, llevaron consigo una tradición que no necesitó escenario para demostrar que sigue viva. Cada paso fue una oración. Cada son, una muestra de identidad. Y cada golpe de tambor recordó que, en Saltillo, hay tradiciones capaces de hacer que una ciudad entera salga de sus casas para mirar pasar la fe.