El japonés detenido por propaganda comunista en Saltillo en 1931
Un japonés, propaganda comunista y una historia que terminó llegando hasta Stalin. ¿Espionaje real, propaganda de derecha o una forma cómoda de explicar conflictos que ya existían en Coahuila?
Hay una manera muy fácil y, considero, equivocada de contar esta historia: en 1931, un espía japonés enviado por Iósif Stalin fue descubierto en Saltillo mientras intentaba sembrar el comunismo en el norte de México.
La frase tiene casi todo lo que necesita una buena conspiración: un extranjero, tintes comunistas, el capital defendiéndose a sí mismo mediante discursos oficiales opresores, propaganda clandestina, policías, Moscú, un dictador soviético y una ciudad aparentemente lejana del centro del mundo.
Solo hay un problema. No podemos probarla en su totalidad. Al menos, no esta versión que resulta conveniente para quienes defendían entonces los ideales libertarios.¿Qué sí se puede comprobar? ¿Por qué esta historia que tiene casi 100 años es relevante hoy y de esta forma? ¿Si le quitamos la fecha del título de este artículo, sonaría a un hecho reciente?
Veamos, pues, camaradas, el avance de esta historia. Y recuerden que mi correo de contacto es cgaytan@vanguardia.com.mx, en donde espero leerlos para conversar.
Aquí está el primer documento.
En el Fondo Presidencia Municipal del Archivo Municipal de Saltillo sobreviven dos hojas fechadas el 18 de mayo de 1931, localizadas en la caja 174/3, libro 17, expediente 106.
La Gazeta del Saltillo del AMS, en su edición de mayo-agosto de 2025, rescata el hecho en la pluma de José Ángel Laureano Gaona.
El detenido fue referido como Eigi Mita y había sido detenido por “propagar ideas comunistas en la población saltillense” y habría confesado ser enviado por Stalin, cuyo gobierno en la Unión Soviética empezó oficialmente en 1924.
La nacionalidad del personaje llamó la atención de inmediato, pues los japoneses en la ciudad no pasarían de 100, según la publicación.
Todo esto se difundió con mayor detalle casi un mes después, en la portada del diario La Opinión, con circulación en Los Ángeles, California, el lunes 8 de junio.
Con el titular “ES JAPONES Y FUE PRESO EN SALTILLO”, esta es al transcripción íntegra de la nota.
“Se cree que Rusia tiene establecido un sistema de espionaje en México
Y esto se revelará por las declaraciones que rinda el nipón
Telegrama Esp. para LA OPINIÓN
CIUDAD DE MÉXICO, Junio 7. — Con la captura del japonés Figi Nita, por la policía de Saltillo, Coahuila, las autoridades de esta capital creen haber descubierto el establecimiento de un sistema de espionaje en México, por Rusia.
De acuerdo con las declaraciones rendidas por Nita, y según las investigaciones llevadas a cabo por las autoridades, el japonés fue enviado directamente por el gobierno soviet de Rusia a México, para que se encargara de propagar secretamente las ideas comunistas y enterarse, al mismo tiempo, de las condiciones en que se encuentra el país y de las posibilidades de establecer aquí una república socialista.
La policía anuncia que Nita, antes de dirigirse a Saltillo estuvo en esta capital, en donde comisionó a varios mexicanos de ideas avanzadas para que realizasen la labor de propaganda.
Se averiguó, además por medio del mismo capturado que Rusia considera peligroso el envío de agentes del soviet a la República Mexicana para que hagan sus trabajos de propaganda, por lo que ha decidido utilizar a japoneses y a elementos de otras nacionalidades.
Las autoridades creen que por medio de las declaraciones que rinda el enviado de la Rusia Soviet. Se logrará saber si, en efecto, como se presume, la nación del comunismo tiene diseminados espías en la República”.
Hay varias cosas a comentar, pero conviene primero entender el mundo en el que apareció esta historia.
En 1931 todavía no existía la Guerra Fría. Estados Unidos y la Unión Soviética ni siquiera habían establecido las relaciones que tendrían después y faltaban más de diez años para que combatieran como aliados contra la Alemania nazi.
El orden internacional que hoy asociamos con Washington y Moscú enfrentados todavía no existía.
Lo que sí existía era una crisis económica.
La Gran Depresión iniciada en 1929 había cerrado fábricas, destruido empleos y golpeado particularmente a economías vinculadas con Estados Unidos, como la mexicana.
Coahuila no observó aquello desde lejos: en 1931 las minas de carbón del estado llegaron a trabajar apenas dos días por semana debido a la caída de la actividad económica.
Así que cuando un extranjero fue detenido en Saltillo por repartir propaganda comunista, las discusiones sobre salarios, propiedad, desempleo, organización obrera y capital no eran precisamente una excentricidad importada desde Moscú.
En México gobernaba Pascual Ortiz Rubio, aunque el poder de Plutarco Elías Calles seguía marcando el Maximato.
Para entonces el Partido Comunista Mexicano enfrentaba persecución y El Machete, su principal órgano de difusión, había sido clausurado desde 1929... pero circulaba clandestinamente.
La represión había alcanzado también a Coahuila: en junio de 1930, menos de un año antes del arresto ocurrido en Saltillo, 17 comunistas fueron asesinados en Matamoros durante una protesta reprimida por autoridades municipales.
Es decir: las autoridades de Saltillo no estaban descubriendo el comunismo en Coahuila. Ya había militancia, conflictos obreros, propaganda clandestina, persecución y muertos.
La relación entre México y la Unión Soviética tampoco ayudaba a reducir las sospechas. México había sido en 1924 el primer país del continente americano en reconocer a la URSS, pero la relación se deterioró rápidamente y fue interrumpida en 1930. No se restablecería sino hasta 1942.
La Opinión registró ese rompimiento desde una narrativa marcadamente hostil al régimen soviético. El 1 de febrero de 1930 publicó las declaraciones del jesuita Edmund A. Walsh, vicepresidente de Georgetown University, quien consideraba justificada la ruptura mexicana y sostenía que otros países debían seguir el ejemplo.
Pero en esa misma edición había algo todavía más cercano a nuestra historia.
Dos rusos, Pablo Brastikov y su hijo Jorge, habían sido detenidos en Tampico acusados de distribuir propaganda comunista entre soldados de la guarnición. El periódico anunció que serían llevados a la Ciudad de México mientras se resolvía su expulsión.
Saltillo, por tanto, no fue el primer lugar donde un extranjero apareció vinculado en la prensa con propaganda soviética.
Tampoco era nueva la idea de una enorme infiltración comunista.
En 1928, tres años antes del caso de Mita, autoridades mexicanas recibieron información según la cual la Internacional Comunista enviaría al país una delegación de 80 personas para establecer un centro de agitación continental, promover una huelga general e incluso preparar un atentado contra Plutarco Elías Calles.
Había nombres, fotografías y descripciones de los supuestos agentes. Pero todo eso terminó desmoronándose.
Javier Mac Gregor Campuzano reconstruyó aquel expediente de la Secretaría de Gobernación y encontró que la propia investigación oficial concluyó que la información era falsa.
Algunos domicilios no existían, varias personas no podían localizarse y las acusaciones no pudieron comprobarse.
Este antecedente no demuestra que la acusación contra Mita fuera falsa per se, aunque sí nos invita a dudar y cuestionar. El problema es que tampoco podemos movernos cómodamente hacia el extremo contrario y afirmar que todo era paranoia anticomunista.
Las redes internacionales comunistas sí existían.
La Internacional Comunista, fundada en Moscú, mantenía comunicación con partidos y organizaciones de distintos países y enviaba representantes al extranjero. México formaba parte de esa red.
De hecho, existe un antecedente particularmente incómodo para nuestra historia: en 1921 el comunista japonés Sen Katayama estuvo en México trabajando para estructuras de la Comintern y participó en la organización de su Agencia Panamericana.
Así que la combinación japonés, México, comunismo y Moscú no era producto exclusivo de la imaginación colectiva.
Hay, además, una última incomodidad.
Para explicar por qué el comunismo podía encontrar simpatizantes en el Coahuila de 1931 no hacía falta necesariamente cruzar Siberia, atravesar el Pacífico y llegar hasta Saltillo con propaganda escondida entre las maletas.
Había desempleo, precariedad, minas trabajando dos días por semana, organización obrera, persecución política y comunistas muertos en el propio estado.
No dejemos de preguntarnos por qué resultaba tan conveniente pensar que las ideas que incomodaban al poder necesariamente tenían que venir de afuera.
Haré una ligera digresión hacia el lenguaje. Hay discrepancias pequeñas, pero importantes, entre el nombre que presentan los datos de la detención, el que recupera la Gazeta y las versiones publicadas por La Opinión. Si se mira con atención, el hombre cambia de nombre entre documentos: aparece como Fiji Nita y como Eigi Mita.
Es un detalle que me interesa particularmente como estudiante de japonés desde mi adolescencia y como hablante, también, inexperto.
Una cosa es la fonética, otra la escritura y otra, todavía, la romanización: el procedimiento mediante el cual un nombre japonés termina convertido a nuestro alfabeto.
No puedo utilizar esta diferencia como prueba de que ambas versiones correspondan necesariamente a la misma persona, pero tampoco creo prudente pasar por encima de ella.
La propia Biblioteca Nacional de la Dieta de Japón distingue en sus sistemas bibliográficos entre los caracteres con que se escribe un nombre, su yomi —su lectura— y su representación romanizada. Son, literalmente, capas distintas de información.
En japonés, además, los nombres propios suelen escribirse con kanji y conocer esos caracteres no necesariamente basta para conocer inequívocamente su pronunciación. El problema es todavía mayor en nuestro caso: nosotros ni siquiera tenemos los kanji originales.
Tenemos dos intentos de representar el nombre mediante letras latinas, hechos en México y Estados Unidos en 1931.
Si trasladamos esas versiones exclusivamente a una representación fonética en hiragana —sin afirmar que el detenido escribiera así su nombre— tendríamos ふぃじ・にた para Fiji Nita y えいぎ・みた para Eigi Mita. Eso permite imaginar cómo podrían sonar, pero prácticamente nada más.
Aquí, sin embargo, podemos comprobar algunas cosas.
Mita es un apellido japonés real. 三田, por ejemplo, se lee Mita y figura entre los apellidos japoneses recogidos por obras lexicográficas de referencia.
Nita tampoco es una construcción imposible: la Biblioteca Nacional de la Dieta conserva registros de personas apellidadas 仁田 cuya lectura oficial aparece precisamente como ニタ, Nita, aunque esos mismos caracteres también pueden encontrarse con la lectura Nitta.
Y Eigi también existe como nombre japonés. No tenemos que deducirlo únicamente de los kanji: el catálogo académico japonés CiNii registra, por ejemplo, al autor 佐藤栄義 con la lectura サトウ・エイギ, Satō Eigi. Una base especializada en nombres japoneses, JMnedict, registra además 栄義 con la lectura えいぎ.
La situación con Fiji Nita es menos clara. Nita tiene respaldo documental como apellido, pero Fiji no ofrece el mismo grado de correspondencia evidente. Podría tratarse de una lectura excepcional; podría esconder otra romanización —Fuji, Fugi, quizá otra forma— o podría ser simplemente el producto de una cadena de errores.
Porque antes de llegar hasta nosotros aquel nombre pudo atravesar varias personas, lenguas y tecnologías: un japonés pronunciándolo, un policía mexicano intentando entenderlo, alguien escribiéndolo a mano o a máquina, otro funcionario copiándolo, una agencia transmitiéndolo y finalmente un periódico componiéndolo para imprenta. Una consonante, una vocal o una letra confundida bastan para que una identidad empiece a mutar.
Incluso Eigi merece precaución. Que sepamos que el nombre existe no significa que necesariamente fuera ese. Podría haber sido mal escuchado o transcrito, y tampoco puede descartarse una forma próxima como Eiji sin encontrar una fuente primaria japonesa.
Resolver la pronunciación, además, no resolvería la identidad. Una lectura como みた puede corresponder a 三田; una lectura como にた puede aparecer como 仁田; Eigi puede encontrarse, por ejemplo, escrito 栄義. Y existe todavía otra dificultad histórica: en un documento de la época podríamos encontrarnos con caracteres en sus formas antiguas. La propia Agencia de Asuntos Culturales de Japón identifica, por ejemplo, 榮 como forma antigua de 栄.
Así que un hipotético 三田栄義 podría aparecer en una fuente anterior a la guerra como 三田榮義. Pero sería un error concluir que alguno de esos kanji pertenecía al detenido.
Son posibilidades de búsqueda, no una reconstrucción de su identidad.
Para eso necesitamos otra cosa. Un pasaporte. Un registro migratorio. Una ficha consular. Una lista japonesa de viajeros al extranjero. Algún documento que conserve su nombre originalmente escrito en japonés. Un sello personal conservado en un expediente sería excepcional, pero no hace falta llegar tan lejos.
Hasta ahora no he encontrado el documento que permita hacerlo, pero seguiré buscando.
Puede parecer una minucia lingüística dentro de una historia de propaganda comunista, policías y una presunta vinculación con Stalin. Creo firmemente que no lo es.
Si las fuentes que sostuvieron la acusación no logran estabilizar siquiera el nombre del detenido, cualquier afirmación posterior sobre quién era, de dónde venía, para quién trabajaba o qué hacía en Saltillo debería comenzar con bastante más cautela.
Retomando y encaminándonos al cierre.
Después de todo este recorrido seguimos sin poder responder la pregunta más elemental: ¿quién era aquel japonés?
No sabemos con certeza cómo se llamaba. No conocemos su rostro. No tenemos, hasta ahora, documentos propios, a reserva de los archivos de la policía.
Tampoco podemos comprobar que Stalin supiera de su existencia, mucho menos que personalmente lo hubiera enviado a Saltillo.
El comunismo no necesitaba llegar escondido en la maleta de un extranjero para existir en Coahuila. Ya estaban aquí las condiciones materiales que hacían posible su discusión: desempleo, precariedad, organización obrera, minas paralizadas, persecución política y personas asesinadas en conflictos vinculados con estas ideas.
Atribuir el conflicto a un agente foráneo permitía convertir problemas locales en una amenaza importada. Si el descontento venía de Rusia, había menos razones para observar Matamoros, las minas de carbón, los salarios, las huelgas o las condiciones de quienes trabajaban en Coahuila.
Moscú quedaba considerablemente más lejos y, para ciertos discursos, era bastante más cómodo.
No sería la primera vez que una sociedad decide que una idea incómoda debe haber llegado de algún otro lugar. Ni sería la última.
¿Se parece a algo que esté ocurriendo ahora mismo? ¿Resuena con eventos del último lustro o de la última década?, ¿Podríamos hacer una lista?
Por eso me interesa esta historia casi cien años después.
No porque pueda demostrar que Stalin mandó un japonés a Saltillo, sino precisamente porque no puedo.
Lo que queda es algo quizá menos espectacular que una conspiración internacional, pero bastante más inquietante: un hombre del que apenas podemos conservar correctamente el nombre terminó convertido en prueba de una amenaza mucho más grande que él.
Y cuando ni siquiera sabemos cómo se llamaba alguien, conviene tener cierta prudencia antes de asegurar para quién trabajaba.
Aunque admitirlo arruine una excelente historia de espías. Y una parte de mí aborrece eso.