La familia Granada Flor: del “tuya siempre” a una vida entera en Saltillo
Una búsqueda que comenzó en la Compañía Minera Noche Buena terminó dentro del álbum de una familia de Saltillo. Ferrocarriles, minas, un taller mecánico, siete hijos, fotografías y cinco pequeñas postales permiten reconstruir parte de la vida de los Granada Flor durante el siglo XX. Antes de todo eso, sin embargo, fueron Chela y Felipito.
Mi madre trabajó en la Compañía Minera Noche Buena hacia finales de los 70. Ella andaría cerca de sus veinte años. Me lo dijo hace tiempo, cuando yo no temía por su muerte y andaba en un plan de conocerle la vida secreta de su juventud.
Pero esta historia no trata de forma explícita sobre ella ni de un capítulo relacionado con esa empresa extractora de minerales. Me parece relevante mencionar ambas porque fue a partir de ese lozano recuerdo que empecé a buscar material para escribir la entrega de esta semana.
Ligado a Noche Buena, encontré el nombre de un hombre que trabajó ahí, luego una breve correspondencia romántica entre este y su amada, y finalmente su historia familiar lo suficientemente documentada por el Archivo para la Memoria de la Universidad Iberoamericana.
Se trata de la familia Granada Flor, cuyas fotos, postales y documentos me dejan hoy contarles esta historia que refleja la vida de las personas en el siglo XX, además de abrir un espacio en Historias de Saltillo para rescatar la vida de familias completas. Cosa que haremos alejados de la épica y los hitos que cimbran los relatos colectivos, más orientados a la belleza de lo cotidiano y lo común.
Recuerden que cualquier propuesta, queja o sugerencia pueden escribirme a cgaytan@vangaurdia.com.mx. Los leo esperando conversar.
UN MUCHACHO ENTRE FIERROS Y VÍAS
Hablemos de nuestros protagonistas.
Hay una fotografía de Felipe de Jesús Granada Valero cuando tenía 18 años. Está arriba de la cabina de una máquina del Ferrocarril Coahuila y Zacatecas, acompañado por un grupo de trabajadores que posan para la cámara. El joven aparece primero de derecha a izquierda, entre hombres, fierros y vías, sobre una tecnología que durante décadas movió minerales, mercancías y personas por estas geografías del norte.
Felipe había nacido en septiembre de 1909 en Concepción del Oro, Zacatecas, y aquello de los ferrocarriles tampoco era extraño para su familia. Su padre, Felipe de Jesús Granada Chávez, originario de Pinos, se había empleado como telegrafista en la Oficina de Telégrafos del Ferrocarril Coahuila-Zacatecas. Su madre, Micaela Valero Ibargüengoitia, también era zacatecana y provenía de aquella misma región minera, donde nacieron sus hijos antes de que la familia terminara trasladándose a Saltillo.
Entre todos los datos disponibles sobre aquellos primeros años hay uno que me gusta especialmente. Cuando Felipe tenía 15 años, su padre le regaló su primer torno. Hoy en día resulta difícil pensar en un regalo adolescente menos adolescente que una máquina para mecanizar piezas.
Aunque, visto desde la distancia, el obsequio parece anunciar el oficio que ocuparía buena parte de su vida. Tres años después estaba sobre aquella locomotora y con el tiempo terminó concentrándose en la mecánica.
Durante muchos años trabajó en el taller de la Compañía Minera Noche Buena, en la región de Concepción del Oro.
El Fondo Granada Flor conserva fotografías de operarios técnicos, trabajadores con cascos, campamentos, maquinaria, instalaciones y la planta de beneficio de la compañía.
En algunas imágenes aparece el propio Felipe, rodeado nuevamente de máquinas, piezas y estructuras mecánicas. Es justo ahí donde aquel recuerdo de mi madre, separado de este hombre por generaciones y quién sabe cuántas circunstancias, termina conduciéndome hasta su historia.
Supongo que investigar funciona muchas veces así: uno jala un hilo por mera curiosidad y descubre que estaba amarrado a otra cosa, y después a otra y así hasta que uno decide parar. Como seguir una veta mineral hasta encontrar un yacimiento abundante e inesperado. En este caso, una familia completa extendida frente a los ojos.
Pero antes de llegar al matrimonio, a los siete hijos, a las fotografías familiares y al taller propio, hace falta detenerse en la mujer que terminaría compartiendo esa historia.
MARCELINA ANTES DE CHELA
Marcelina nació el 26 de abril de 1912. Su historia familiar, sin embargo, había comenzado bastante lejos de Saltillo. Su padre, Ignacio Flor García, nació y creció en Villena, provincia de Alicante, España, mientras que su madre, María Luisa Valdés Cantú, era originaria de Cadereyta, Nuevo León. El matrimonio se estableció primero en Monterrey y después llegó a Saltillo, donde sus hijos crecieron y terminaron formando sus propias familias.
Ignacio trabajó como químico en una compañía vitivinícola local. Con María Luisa tuvo seis hijos: María Concepción, Marcelina, Victoria, María Asunción, Ignacio y María Soledad Flor Valdés.
Un árbol genealógico conservado entre los documentos familiares permite observar cómo aquella primera estructura fue extendiéndose con el paso de los años hasta registrar 30 nietos y cinco yernos.
Los árboles genealógicos son artefactos curiosos porque pretenden explicar algo tan desordenado como una familia mediante líneas perfectamente rectas. Todo parece adquirir una precisión matemática que se deshace en cuanto pensamos en lo que no cabe dentro del diagrama: afectos, pleitos, sobremesas, favoritos, enfermedades, silencios, personas que se fueron, otras que regresaron y quién sabe cuántas historias que jamás tuvieron un recuadro propio.
Hay una fotografía que permite ponerle rostros a una parte de esas líneas. Está fechada el 22 de enero de 1924 y muestra a la familia de Ignacio Flor García y María Luisa Valdés Cantú dentro de un estudio fotográfico. De pie, de izquierda a derecha, aparecen Ignacio, Victoria, María Concepción, María Marcelina y María Asunción; sentados están María Luisa, la madre, María Soledad e Ignacio, el padre.
Marcelina tenía entonces once años.
La fotografía lleva una dedicatoria a “nuestro querido hermano Encarnación Valdez”, probablemente hermano de María Luisa. Y me interesa especialmente porque ahí Marcelina todavía no es esposa ni madre ni una de las personas cuyos apellidos terminarán dando nombre a un fondo documental. Es simplemente una niña ocupando su lugar dentro de una familia numerosa.
Ocho años después vuelve a aparecer frente a una cámara, esta vez dentro de un documento que habla directamente de ella. El 13 de junio de 1932, cuando tenía veinte años, la Escuela Industrial Femenil de Coahuila le otorgó un Diploma de Corte y Confección de Ropa luego de acreditar satisfactoriamente sus estudios y aprobar el examen correspondiente.
El diploma fue expedido en Saltillo y lleva integrado un pequeño retrato de Marcelina. Tiene el rostro serio, el cabello oscuro cuidadosamente acomodado y mira directamente hacia la cámara.
Unos meses después aparece otra pequeña rareza documental. Aunque Marcelina había nacido en 1912, su nacimiento fue registrado oficialmente hasta el 26 de enero de 1933. La Boleta de Registro de Nacimiento fue expedida por el Juzgado Segundo del Registro del Estado Civil de Saltillo y corresponde al acta número 63. La propia ficha archivística clasifica el trámite como un registro extemporáneo.
Hasta este punto conocemos por separado una parte de las vidas de Felipe y Marcelina. Pero para encontrar el momento en que Granada y Flor dejaron de ser dos apellidos recorriendo caminos distintos hay que retroceder unos años, hasta la década de los veinte, y entrar en un terreno mucho menos genealógico y bastante más impredecible: el enamoramiento. Historias que siempre le hacen falta al periodismo. Al mundo en general.
EL “FIEL AMANTE” Y “TUYA SIEMPRE”
La correspondencia amorosa tiene mucho de aquello que nuestro presente ha ido desechando como valioso.
En primera instancia, está escrita a mano. Cada letra carga con el pulso, las prisas, los titubeos y cierta personalidad de quien la trazó. Pero antes incluso de voltear la postal y encontrarse con las palabras estaba la imagen: fotografías coloreadas, escenas románticas, mujeres de apariencia teatral, flores, aves, paisajes.
Objetos ornamentales y coloridos que hacían del mensaje algo más que un conjunto de frases. Hay cosas que apenas se enuncian porque seguramente los enamorados conocían aquello que no necesitaba explicación, y otras declaraciones que hoy difícilmente encontraríamos fuera de una novela, una canción o un mensaje enviado con suficiente ironía para protegernos del ridículo.
Quizá por eso resulta tan delicioso leer correspondencia ajena. Uno no debería estar ahí. Las palabras no fueron escritas para nosotros y nadie imaginó que casi un siglo después un extraño estaría acercando los ojos a la tinta para averiguar quién amaba a quién, cuánto podía significar un diminutivo o qué clase de futuro intentaban prometerse dos muchachos.
Entre las piezas del Fondo Granada Flor pude identificar cinco postales vinculadas con el noviazgo de Marcelina Flor Valdés y Felipe de Jesús Granada Valero. Siguen siendo pocas para presumir que conocemos una relación completa, pero alcanzan para seguir el afecto durante varios años y, de paso, descubrir algo de su lenguaje privado: Chela, Chelita, Felipito, mil besitos, tu fiel amante, quien tanto te ama, tuya siempre.
La primera está fechada el 26 de abril de 1927. Marcelina cumplía quince años y Felipe tenía 17. Antes de leer el mensaje, quien recibía la tarjeta encontraba del otro lado a una mujer retratada con un instrumento de cuerda entre las manos.
Mira hacia arriba, fuera del encuadre, con un vestido al que se añadió color violeta y algunos detalles rosados. Es una de esas imágenes deliberadamente románticas que parecen construidas para acompañar una canción que nunca vamos a escuchar.
Al reverso, la postal está dirigida formalmente a la “Srta. Marcelina Flor”, en Saltillo, pero Felipe abandona rápidamente cualquier protocolo y comienza con “Querida Chela”. Le desea “mil felicidades” y luego deja una frase que, sabiendo lo que ocurriría con ambos, carga hoy con un futuro que el muchacho todavía no podía conocer.
Habla de verla viviendo entonces en compañía de sus padres y escribe que espera que “quizá mañana o pasado” pueda estar en compañía de él. Una parte del mensaje fue tachada. No alcanzo a leer con certeza qué quiso borrar y prefiero dejar ese pequeño misterio donde está. Lo demás resulta suficientemente expresivo: hoy con tus padres; quizá mañana o pasado conmigo. Al final firma como “tu fiel amante”.
Ese mismo año aparece otra pieza fechada el 17 de septiembre de 1927. En el frente hay otra mujer, esta vez representada casi como una figura de escenario: rostro pálido, labios oscuros, una luna creciente sobre la cabeza y pequeñas estrellas alrededor. El color verde y rosa añadido a la imagen la vuelve todavía más extraña, como una especie de sueño impreso en cartón.
El reverso está incompleto en la reproducción y parte de la escritura quedó fuera del encuadre, así que no tiene sentido fingir una transcripción que no podemos sostener. Se distinguen, sin embargo, fragmentos de una felicitación y deseos extendidos hacia “todos los de tu vida”, además de la firma que ya conocemos: Chela. Es otra de esas piezas donde el archivo deja suficiente para entender el tono, pero no lo bastante como para completar aquello que se perdió.
Dos años después, el 26 de abril de 1929, Felipe volvió a escribirle por su cumpleaños. Esta postal tiene probablemente el frente más sencillo y al mismo tiempo uno de los más apropiados: sobre tela aparecen bordadas una flor roja, ramas verdes, una golondrina azul llevando una carta y una sola palabra en grandes letras también bordadas: “Felicidades”.
Al reverso, Marcelina ya no es solamente Chela sino “mi querida Chelita”. Felipe le desea que aquel sea un día “de completa felicidad” en compañía de sus familiares y se describe como “quien tanto te ama”. En el margen insiste todavía una vez más con “mil recuerdos para mi querida Chelita”.
Si la postal de 1927 permitía encontrar a un muchacho fantaseando con un futuro compartido, esta otra confirma algo menos espectacular y por eso quizá más valioso: dos años después continuaba escribiéndole el día de su cumpleaños y ya no parecía necesitar demasiados rodeos para nombrar lo que sentía.
La última postal fechada de este grupo nos lleva al 5 de febrero de 1930. En su frente aparece una pareja joven junto a un árbol y frente a un paisaje abierto.
Él la sostiene por la cintura mientras ella se apoya sobre su cuerpo. Ambos miran hacia un punto fuera de la imagen. La escena también lleva color añadido: flores intensas en el vestido, zapatos rojos, un paisaje que parece querer convertir el romance en escenografía.
Del otro lado escribe Marcelina. Se dirige nuevamente a Felipe como “Felipito”, le desea muchas felicidades “en el día de hoy” y prolonga el deseo hacia un territorio bastante mayor: “y todas las de tu vida”.
Firma “Tu Chela”.
Pero quizá la combinación más directa entre imagen y palabras está en una postal cuya fecha no puedo establecer con seguridad.
En el frente aparece un primer plano de una pareja. El hombre acerca los labios al rostro de la mujer mientras ella mantiene los ojos cerrados.
Los colores añadidos enfatizan todavía más la intimidad de la escena: cabello dorado, mejillas rosadas, labios rojos. No sabemos si Marcelina eligió la tarjeta precisamente por esa imagen y no sería correcto afirmarlo. Lo que sí sabemos es lo que escribió detrás.
“Felipito mío”.
Después vienen las felicitaciones por su cumpleaños.
Y luego:
“mil besitos”.
Difícil pedirle mayor coordinación al azar.
Marcelina se despide finalmente con dos palabras enormes para caber en un pedazo tan pequeño de cartón:
“Tuya siempre”.
Y firma con su nombre:
Marcelina Flor.
Siempre es una barbaridad de tiempo. Uno se enamora y de pronto se siente autorizado para disponer de décadas que todavía no existen. Siempre voy a quererte. Siempre estaremos juntos. Siempre habrá un nosotros. Como si el futuro fuera una criatura dócil a la que pudiéramos ordenar que permaneciera exactamente donde la dejamos.
Pero quizá para eso sirven también las historias de amor: para conservar nuestras promesas más desproporcionadas. Y en ese sentido, todos los amantes, de todos los tiempos, han encontrado el lugar correcto para desafiar la razón y el tiempo.
Las cinco postales se reconocen entre sí. No conocemos todo lo ocurrido entre 1927 y 1930. Tampoco sabemos cuántas postales se perdieron, cuántas cartas pudieron existir o cuántas cosas se dijeron frente a frente y jamás necesitaron tinta. No aparecen aquí los disgustos, los celos, las reconciliaciones, los silencios ni aquellos días en que seguramente ninguno tuvo algo particularmente memorable que decir.
Granada y Flor habían dejado de ser solamente dos apellidos recorriendo caminos separados.
EL MAÑANA LLEGÓ
Una fotografía de estudio muestra a Marcelina y Felipe el día de su boda. Aparecen de cuerpo entero, vestidos para la ocasión y haciendo esa cosa extraña que todos hacemos frente a una cámara cuando sospechamos que la imagen puede sobrevivirnos.
En el reverso dejaron una dedicatoria para su abuelita: “Con todo cariño dedicamos este como un recuerdo del día más feliz de nuestros días”. Firmaron Felipe y Marcelina y fecharon el mensaje el 19 de agosto de 1934.
Habían pasado más de siete años desde aquella postal en la que Felipe escribió que quizá mañana o pasado Marcelina estaría en su compañía.
Se convirtieron en el matrimonio Granada Flor, hicieron su vida en Saltillo y entre 1936 y 1950 tuvieron siete hijos: Felipe de Jesús, Julieta, Esperanza, Eduardo, Ana María, Marcelina y Sergio.
Nueve personas terminaron habitando aquello que unos años antes todavía cabía entre dos.
Una fotografía de estudio muestra a la pareja con su primogénito, también llamado Felipe de Jesús. En el reverso dedican el retrato al abuelo Felipe de Jesús Granada Chávez por su onomástico y firman “Felipe, Chela y Popolín”.
El detalle dice bastante de la intimidad familiar. Los documentos oficiales necesitan nombres completos, dos apellidos y, si es posible, una fecha.
Dentro de las casas ocurre otra cosa. Felipe de Jesús Granada Valero se vuelve Felipe, Marcelina Flor Valdés continúa siendo Chela y el pequeño Felipe de Jesús Granada Flor acaba convertido en Popolín. Las familias tienen esa costumbre de renombrar a las personas hasta volverlas todavía más propias.
Después llegaron los demás hijos y las fotografías tuvieron que abrir el encuadre.
En una aparece la familia Granada Flor completa alrededor del quicio de una ventana. Al frente están Julieta, Felipe de Jesús, Marcelina en brazos de su padre, Sergio en brazos de su madre y Esperanza; detrás aparecen Eduardo y Ana María. Otra imagen corresponde a una etapa posterior. Felipe y Marcelina están sentados y el resto de la familia posa alrededor.
Los niños de las primeras fotografías ya crecieron y las edades de los hijos oscilan aproximadamente entre los 13 y los 27 años. El tiempo hizo aquello que mejor sabe hacer: volvió adultos a los niños, mayores a los enamorados y considerablemente más grande a la familia que debía caber dentro de una fotografía.
LA VIDA ALREDEDOR DE UN TORNO
Felipe continuó dedicado a las máquinas. Aquel torno que recibió de su padre cuando tenía quince años terminó pareciéndose menos a una curiosidad adolescente y más a un presagio. Después del ferrocarril y de su paso por la Compañía Minera Noche Buena estableció su propio taller de tornos en Saltillo, en Ahuizotl 638.
Las fotografías muestran el local, las máquinas y a Felipe dentro del espacio donde desarrolló buena parte de su trabajo.
Pero hay una fotografía que me interesa todavía más porque en ella aparece Marcelina operando una de las máquinas del taller. La descripción general del fondo señala que ella ayudaba a su esposo en aquel negocio.
El Fondo Granada Flor conserva precisamente esos rastros. Sus documentos familiares se remontan hasta 1880 y las fotografías abarcan desde 1909 hasta 2008. Hay actas, registros, diplomas, certificados, invitaciones, retratos de los abuelos, fotografías del matrimonio, imágenes de los siete hijos en distintos momentos, bodas y hasta algún verso de amor.
También existe una entrevista videograbada en la que dos hijos del matrimonio, Felipe de Jesús y Marcelina, hablan sobre costumbres familiares, la personalidad de los abuelos y episodios de la infancia.
La necesidad de mantener unidos esos vínculos persistió mucho después de las primeras fotografías. Una invitación documenta, por ejemplo, la Tercera Reunión Familiar Flor Valdés, celebrada el sábado 18 de julio de 1998.
El programa contemplaba una misa de Acción de Gracias en la Iglesia de Nuestra Señora de la Paz y posteriormente una cena-baile en el salón El Carruaje, en Nuevo Laredo. Incluso los árboles genealógicos, supongo, necesitan bailar de vez en cuando.
LA SINFONÍA DEL AMOR QUE DURA HASTA LA MUERTE
Sería muy sencillo cerrar el relato en 1934 y decir que Felipe y Marcelina se casaron, tuvieron siete hijos y les siguió ese lugar común del felices para siempre.
Pero además de sonar como un recurso bastante perezoso, los documentos no permiten afirmar algo semejante. Recuerden que escribo esto basado únicamente en material de archivo.
Sin embargo, entre los papeles existe otro documento que devuelve a Felipe al territorio romántico.
Escribió, atrás de un papel de trabajo que idicaba que el troquel del taller estaba en buenas condiciones, un soneto de amor dedicado a Marcelina y en uno de sus pasajes habla del anhelo de tenerla en “agradable y dulce compañía” para cantar a dúo “la sinfonía del amor que dura hasta la muerte”.
El fondo conserva también una tarjeta elaborada en memoria de Marcelina Flor de Granada, donde aparecen sus fechas de nacimiento y muerte: 26 de abril de 1912 y 8 de junio de 2003.
Entre ambos extremos caben 91 años y una cantidad de vida imposible de meter completa en un archivo.
Otra tarjeta recuerda a Felipe de Jesús Granada Valero durante el aniversario número 25 de su fallecimiento y asegura que su presencia permanecía en los corazones de la familia.
Al final, hasta quienes alguna vez fueron dos adolescentes enamorados terminan convirtiéndose en recuerdos que otros atesoran.
Quizá por eso guardamos algunas cosas.
El fondo guarda mucha más información que esta. Historias y fotos más actuales, pero ya no tienen lugar en este relato.
Al principio de esta entrega dije que mi madre no era la protagonista. Y eso es una verdad para ustedes y una mentira para mí. Así que por ahora es momento de cerrar esta entrega y buscar a mis padres, mientras el ocaso todavía tiene a Saltillo bañado de un ocre dulcísimo que suaviza los horrores del mundo.