`Cabrito Power'
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Todos deseamos -o hemos deseado, o desearemos, sin duda- contar con un arma secreta, con una herramienta gracias a la cual podamos derribar, como por arte de magia, las defensas de nuestros adversarios.
El deseo aplica, por supuesto, para todas las actividades relevantes de nuestra vida: conseguir empleo, conquistar el corazón de la persona amada, cerrar un trato, concitar apoyo en una empresa, escapar de una situación problemática, ser perdonado tras haber sido sorprendido en falta...
Seguramente nadie piensa en forma obsesiva en la posibilidad de contar con un arma secreta pero ciertamente todos echamos de menos tal posibilidad cuando la realidad hace evidente su ausencia.
En esos momentos maldecimos a la suerte y envidiamos con cada molécula de nuestro ser a quienes sí tienen ésa ganzúa virtual gracias a la cual son capaces de franquear cualquier puerta; detestamos al contingente de privilegiados a quienes la naturaleza -antidemocrática por naturaleza, según parece- decidió dotar con poderes que a nosotros nos negó.
En esos momentos somos capaces de ofrecer, cuales émulos de Ricardo III en el campo de batalla, todos nuestros haberes a cambio de la varita mágica con la cual podamos transformar la realidad.
Cuánto daríamos en momentos de apremio por contar con la habilidad del doctor Carl Lightman (personaje encarnado por Tim Roth en la serie Lie to me) para "leer" a los demás y descubrirlos cuando están mintiendo.
O por poseer, aunque sólo fuera en forma intermitente, la sonrisa de Julia Roberts, ese accesorio facial que la vuelve única entre los de su especie y sin el cual resulta imposible entender su éxito.
En el caso de quienes encuentran complejo el asedio a las murallas que el sexo femenino suele oponer a nuestros intentos de asedio, muy útil sería que en eBay -o en el Mercado Libre, o en el Qué Barato- se ofrecieran copias -aunque fueran piratas- del Mojo de Austin Powers.
Y cuando los recursos se nos acaban, cuando nos encontramos al borde del precipicio, en la antesala de la ruina, a punto de perderlo todo, nada mal nos vendría un poco de la habilidad de los jugadores profesionales de poker, cuya arma secreta, el bluff, les permite mantenerse con vida aún en las situaciones más improbables.
En otros momentos, más que obligar al repliegue del enemigo mediante la estrategia del gato que se esponja para parecer más grande, lo requerido es desarmarlo, dejarlo inerme, derretirle el corazón. Y para ello nada como la mirada angelical del gato de Shrek.
Más allá de los personajes de fantasía, sin embargo, todos conocemos ejemplos de personas poseedoras de un arma secreta, de un subterfugio gracias al cual logran salirse con la suya, si no siempre, sí la mayor parte de las veces.
Mi jefe Armando Castilla, por ejemplo, construyó un arma secreta para seducir a los clientes a quienes ofrece las páginas de Vanguardia para colocar su publicidad. "¡Traigan el misil!", suelta en un momento imprevisto de la negociación... Y "el misil" hace acto de presencia para deslumbrar y convencer.
¿Cómo es, qué es "el misil"? Lo lamento, pero no puedo revelar mayores detalles sobre el diseño, manufactura y propiedades del artefacto... Podría perder su efecto persuasor entre los clientes renuentes.
A cambio les contaré la historia de un arma secreta que conocí en la semana y se me autorizó revelar. Se trata del as bajo la manga del chef Juan Ramón Cárdenas con quien tengo el privilegio de charlar esporádicamente en la catedral de la diócesis gastronómica que su familia opera en Saltillo: el espléndido restaurante Don Artemio.
Contratado para servir un banquete en la Ciudad de México, hasta donde su fama se ha abierto paso, a Juan Ramón le tocó coincidir con una delegación del Estado de Nayarit cuyos integrantes tenían montada una exposición del folklore nayarita.
En un momento de reposo, cuenta el chef, fue a darse una vuelta por los locales y se enamoró a primera vista de algunas piezas por cuyo precio preguntó al responsable de uno de ellos.
-No, pos ésa es del patrón y no la quiere vender -recibió como respuesta al preguntar una, dos, tres, cuatro veces por el costo de las artesanías que le gustaron y para las cuales incluso había escogido lugar mentalmente.
Derrotado en primer instancia, Juan Ramón tuvo entonces un momento de iluminación:
-¿Has probado el cabrito? -le preguntó, como no queriendo, al renuente expositor.
-¿El cabrito? -le respondieron.
-Sí: el cabrito. Mira, ven... -y uniendo la acción a la palabra condujo al interlocutor hasta su cocina, tomó un cabrito asado y se lo dio.
¡Y listo!: regresó de la capital, sin desembolsar un centavo, con una de las piezas que apenas unos momentos antes el dinero no podía comprar.
A su retorno a Saltillo contó la anécdota a su padre, don Braulio, y él le explicó la naturaleza del secreto que había descubierto por accidente: "Es el `cabrito power'", le dijo.
¡Feliz fin de semana!
carredondo@vanguardia.com.mx
Twitter: @sibaja3