El castigo de castigos
COMPARTIR
En antigüedad (no me pida hoy precisión geográfica ni cronológica) se generalizó el uso de las calzas, prendas de vestir que cubrían el pie, la pantorrilla y el muslo, hasta la ingle.
Dicha prenda evolucionó hasta que cada par se convirtió en una misma pieza llamada calzón. Luego, a algún genio de la moda (y el confort) se le ocurrió volver a dividirla en una prenda superior (el calzón o calzoncillo) y dos prendas inferiores: calcetas, cuando cubrían la pantorrilla, y calcetines cuando llegan hasta el tobillo.
De allí que calzón, calceta, calcetines, calzado compartan una misma raíz etimológica.
En otra idea, completamente ajena, en México es frecuente que asociemos el lejano Oriente, específicamente China, con tradiciones de barbarie.
Pero esta mala fama no es del todo gratuita, ya que China ha sido históricamente una sociedad muy reprimida por su autoridad y fuerzas del orden en turno, las cuales hicieron de la tortura poco menos que una especialidad académica.
"Tormento chino" decimos por antonomasia cuando a alguien se le inflige un dolor difícil de describir (no importa que no se trate de ninguna de las técnicas importadas de Oriente).
Cuando fusionamos la prenda de vestir a la que hacíamos referencia al inicio de este artículo, con la noción salvaje que tenemos de todo lo proveniente de la tierra de los pandas, surge -claro está- el famosísimo calzón chino.
Hablamos del calzón (calzoncillo, trusa, bóxer, tanga) utilizado para provocar indecible sufrimiento corporal.
La Historia no registra el nombre del primer tirano escolar que empleó esta técnica para instaurar un reinado de terror en el patio de recreo, pero si me dijeran que fue Vlad el Empalador cuando cursaba el cuarto grado de primaria, lo creería sin reservas.
Yo fui víctima y victimario en mis tiempos de bachiller, omito cualquier detalle porque aún no estoy listo para hablar de eso (es como las memorias que reprimen los veteranos de Vietnam).
Esta práctica que hace un par de décadas era tan sólo parte del catálogo de bromas estudiantiles, hoy está satanizada como el mejor ejemplo del "bullyng", palabreja muy en boga hoy día para referirse al acoso y abuso escolar.
Pues con todo y que hoy está considerada una práctica maldita, creo que en Coahuila hay quienes se han ganado a pulso y con tesón un buen calzón chino, y entre ellos figura en un lugar destacado el diputado Fernando de las Fuentes. Veamos por qué:
El líder del Congreso Local afirma que, lo que para nuestra desgracia y maltrecho orgullo se conoce ya como "el coahuilazo", no es sino un llamarada mediática de cara a las elecciones presidenciales.
¿Y sabe qué? Puede que así sea, pero ello no exime a nadie, ni refuta los documentos que han emergido como pruebas de que las finanzas del Estado se ejercieron no de una manera irresponsable o negligente, sino malévola.
Luego, el infame "Diablito" cuestiona la calidad de quienes se atreven a promover una causa legal en contra de los responsables del desfalco más grande en la historia de Coahuila.
De acuerdo con De las Fuentes, Armando Guadiana Tijerina es un empresario abusivo (lo que en todo caso obraría en perjuicio de quienes trabajan para él) y ya por esa razón no puede denunciar los abusos que cometa el Gobierno Estatal (que se cometen en prejuicio de todos).
Pero me asombra más cómo el diputado desestima a Jesús González Schmall por sus reiteradas derrotas en las urnas. Qué lógica tan pinche, pero muy ad hoc con la mentalidad de alguien cuyo único mérito es estar afiliado por herencia a un partido que -por delitos como el que se busca esclarecer- tiene siempre muy buenas posibilidades de ganar cualquier elección, aunque postulen a dino-reaccionarios como él.
¿De manera que si no pertenecemos a ese selecto círculo -que desvía miles de millones en populismo para granjearse las querencias electorales-, entonces no podemos alzar la voz, así hayan embargado el futuro coahuilense por décadas?
Ponerse del lado del Ejecutivo, en lugar de adherirse a los intereses de los ciudadanos que dice representar, nos pinta a De las Fuentes Hernández en toda su vileza. Es el retrato perfecto de un lacayo, de un siervo del Poder, (aunque un vasallo no particularmente brillante).
Ojalá que su ropa interior sea elástica, porque no se merece un calzón chino: se merece "EL" calzón chino y eso nomás de entrada, ya que los responsables de la ignominiosa deuda y todos los que la encubren merecen simple y sencillamente la cárcel.
petatiux@hotmail.com