Brujos del sonido, esa música que cura
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Al fabuloso trío y a los espléndidos palomeros
Afuera el frío. Al entrar un golpe de color rojo en los ojos, humo de cigarro y acordes jazzeros que paseaban sus cuerpos por la atmósfera del lugar, seduciendo los oídos de los comensales. Los allí reunidos, entre pizzas y otras viandas, habían sido guiados, como yo, por el deseo de encontrar a los tres músicos en escena.
Era un sitio pequeño que esa noche albergó al jazz, luces tenues, como suelen ser los sitios más cálidos a los que he acudido a escuchar esta herencia que dejó el último aliento del siglo 19 en Estados Unidos. Los sentidos se llenaron de música, burbujeante como esas bebidas sobre nuestra mesa.
Al escuchas al Trío de Héctor Zárate recordé por qué me gustan el jazz y el blues: sus variables en las improvisaciones son como la vida: inesperadas. Sí, hay una base, una estructura, ese es el camino, pero asoman trazos sugeridos, punteos de música, lo inesperado, lo disfrutable, la intensidad o el descanso, es decir la libertad del juego. Hablo de un juego con una sofisticación y una virtuosidad innegable, es decir, no hablo de cualquier juego.
Afortunadas las interpretaciones que el trío daban como alimento a los oyentes, quienes empezaron a soltar nombres de las piezas cuando los acordes empezaban reconocibles, gozándose luego de haber acertado. Una noche con la llegada de notas que curan el espíritu como oleaje; armonías se iban y nos dejaban en el asombro, en el puro gozo. Había un hedonismo en cada molécula del cuerpo, erizando mi piel, si se puede decir esto.
Allí estaba Eduardo García sonriendo desde la batería, con Héctor Zárate en la guitarra y Luis Ariel Cárdenas en el bajo. Escuchábamos otro tipo de conversación, una conversación entre los tres, una charla hecha de notas, fundada en la alegría. Eso es el jazz, un escucharse de los músicos, un dar paso a la voz del otro, con gusto, disfrutando de veras su diferencia y su complemento; así de valioso como puede ser la vida se está en comunión.
Durante la noche, ocasionalmente, el viajero del desierto Pablo Banda, uno de los convidados a ese concierto, con sus gritos enmarcaba los vuelos más altos de improvisación, eso era un eco de todos nosotros. O gritaba una frase que enjuiciaba la interpretación de los músicos, mientras el trío aprobaba su comentario sobre la elección de la pieza en turno, o simplemente se reía.
Pablo y todos nosotros estuvimos separados sólo por centímetros del grupo. Había en ese hecho una suerte de energía compartida, una alegría por el momento. Luego llegó un regalo espléndido: el palomazo de Nufo Pérez en el sax soprano y de Eddy Reyes en el bajo. Aquello fue como un exquisito pan de té para coronar la noche. Salí de allí con la sensación de embriaguez que da la felicidad, con el espíritu curado por estos brujos del sonido.
No quisiera describir más lo que esa noche vivimos, pues mi conocimiento musical escaso y mis deseos de que usted los escuche, suficientes, como para decirle que vaya. Si a usted le gusta enamorarse de la vida todos los días, acuda mañana miércoles a eso de las 10 de la noche, a una placita solitaria sobre el periférico Luis Echeverría, frente a un lugar de apuestas, donde hay pizza y rock también; será parte de quienes hemos escuchado a esta música referida en 1924 por un periodista del New York Times, como el retorno de la música de los salvajes.
claudiadesierto@gmail.com