El legado contradictorio de Greenspan
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En 2006, tras más de 18 años, Greenspan dimitió de la Reserva Federal
Por Barry Eichengreen, Project Syndicate.
BERKELEY- Alan Greenspan, fallecido esta semana a los 100 años, fue uno de los presidentes más influyentes que ha tenido la Junta de la Reserva Federal en sus 112 años de existencia. Pero “influyente” no significa “impecable”. Se podría decir que su mandato, el segundo más largo en la historia de la Fed, acabó por dar la razón a gran parte de aquello a lo que él se había opuesto.
El joven Greenspan, e incluso el de mediana edad, no parecía destinado a dirigir el banco central más poderoso del mundo. Nacido en 1926 y criado en Nueva York por una madre soltera, Greenspan no había previsto en absoluto una carrera en economía y finanzas. Su pasión era el clarinete y el saxofón de jazz, una carrera a la que se dedicó profesionalmente, aunque destacó principalmente por llevar la contabilidad de su big band durante las giras.
Dado que la música no ofrecía unos ingresos ni una trayectoria profesional estables, Greenspan se matriculó en 1945 en la Universidad de Nueva York, donde obtuvo la licenciatura y el máster en Economía. Trabajó como analista en el National Industrial Conference Board mientras cursaba un doctorado en la Universidad de Columbia, pero lo abandonó después de que, en 1953, William Townsend le propusiera convertirse en socio de la consultora que posteriormente se conocería como Townsend-Greenspan. En el Conference Board, que en sí mismo era una especie de empresa de consultoría e investigación económica, Greenspan se ganó la reputación de analizar minuciosamente los detalles económicos y de construir una visión coherente de la economía. Permaneció en Townsend-Greenspan, con una única interrupción, durante 32 años.
Además de su reputación por analizar minuciosamente los datos sobre la carga de los vagones de mercancías y otras series temporales económicas poco conocidas, Greenspan se convirtió en miembro del círculo intelectual dirigido por la filósofa objetivista Ayn Rand. No está claro hasta qué punto le influyeron las ideas de Rand sobre el gobierno limitado, ni si esas ideas moldearon su firme oposición a la regulación financiera y otras formas de intervención gubernamental, algo que volvió para atormentarle en el siglo XXI.
Lo que está claro es que las opiniones de Greenspan evolucionaron con los tiempos o, tal vez, cambiaron al son de los vientos políticos. Sus contactos en el Partido Republicano le llevaron a asesorar en la campaña presidencial de Richard Nixon de 1968 y a que este lo nombrara presidente del Consejo de Asesores Económicos (CEA) en 1974, donde Greenspan se posicionó como un pragmático. Presidió el CEA durante tres años antes de regresar a Townsend-Greenspan. Además de trabajar como consultor, formó parte de consejos de administración de empresas, apareció en programas de noticias de las cadenas nacionales y presidió la Comisión para la Reforma de la Seguridad Social del presidente Ronald Reagan, lo que le valió la atención del presidente, quien lo ascendió a la presidencia de la Reserva Federal en 1987.
Si Reagan pensaba que estaba contratando a un luchador contra la inflación más dócil que el saliente Paul Volcker, se llevó una decepción. Greenspan consolidó la idea de que mantener una inflación baja y estable debía ser la máxima prioridad de la Reserva Federal; si un banco central no lograba la estabilidad de precios, sus demás objetivos quedarían fuera de su alcance. A mediados de la década de 1990, impulsó de manera decisiva a la Reserva Federal hacia la adopción de un objetivo formal de inflación. Bajo su mandato, la inflación de los precios al consumo se situó en una media del 3 %, una cifra baja para los estándares estadounidenses de finales del siglo XX. La mayor estabilidad de los precios vino acompañada de una mayor estabilidad económica general en el período que pasó a conocerse como la “Gran Moderación”. A día de hoy sigue siendo objeto de debate si este feliz resultado se debió a una buena política o a la suerte.
Como presidente de la Fed, Greenspan hizo dos apuestas controvertidas. En primer lugar, apostó por que la economía estaba experimentando una transformación estructural debido a Internet y a las nuevas tecnologías de la información, que prometían un crecimiento más rápido de la productividad y menores presiones inflacionistas. Aunque los datos aún no reflejaban un aumento de la productividad, la reputación de Greenspan como un oráculo capaz de analizar las estadísticas económicas confería autoridad a sus opiniones.
A partir de 1996, Greenspan utilizó esa autoridad para argumentar que los modelos de la Fed sobreestimaban el riesgo de inflación y para oponerse a las subidas de los tipos de interés, para satisfacción de la Casa Blanca. Cuando las presiones inflacionistas se mantuvieron moderadas y la expansión económica del país continuó durante otros cinco años, Greenspan quedó reivindicado. El hecho de que actualmente se hable de otro repunte de la productividad debido a la inteligencia artificial, y de otro posible presidente de la Reserva Federal con un tacto político fino y una preferencia por los tipos de interés bajos, da fe de la influencia perdurable de Greenspan.
La otra apuesta de Greenspan fue que un sistema bancario y financiero ligeramente regulado podría valerse por sí mismo: que las decisiones de los banqueros, movidos por sus propios intereses, beneficiarían no solo a sus instituciones, sino también al sistema financiero, a la economía y a la sociedad en su conjunto. El atractivo de Greenspan para sus patrocinadores originales de la Administración Reagan pudo haber sido precisamente eso: a diferencia del saliente Volcker, él estaba a favor de una regulación poco intervencionista de los bancos y los mercados de derivados financieros. Abogó por la desregulación de los derivados extrabursátiles y se opuso a los controles más estrictos propuestos por la Comisión de Comercio de Futuros de Materias Primas. Supervisó cambios administrativos que redujeron los requisitos de reservas sobre los pasivos bancarios y se mostró a favor de la derogación de la Ley Glass-Steagall, la ley de la época de la Gran Depresión que separaba la banca comercial de la de inversión.
En 2006, tras más de 18 años, Greenspan dimitió de la Reserva Federal. Nada más hacerlo, la presunción de que los bancos y los mercados financieros podían autorregularse de forma segura quedó desacreditada, y de manera espectacular, por la crisis de las hipotecas subprime de 2007 y la crisis financiera mundial de 2008-2009.
Los bajos tipos de interés que Greenspan favoreció como resultado de sus opiniones optimistas sobre la productividad pueden haber tenido mucho que ver con el frenesí de asunción de riesgos que alimentó el auge de las hipotecas subprime. Pero lo que tuvo una implicación más directa fue su confianza absoluta en que se podía confiar en que las instituciones financieras se autorregularan. Tal y como declaró en su testimonio ante el Congreso en 2008: “Cometí un error al dar por sentado que el interés propio de las organizaciones, concretamente de los bancos y otras entidades, era tal que las hacía más capaces de proteger a sus propios accionistas y el capital de las empresas. ... Aquellos de nosotros que hemos confiado en el interés propio de las entidades crediticias para proteger el capital social de los accionistas (yo mismo, especialmente) nos encontramos en un estado de incredulidad y conmoció”».
En su autobiografía, “The Age of Turbulence“, Greenspan volvió a atribuir su sorpresa a un “fallo en el modelo”. Resulta tentador interpretar que el modelo en cuestión es la economía de libre mercado autorregulada de su juventud objetivista, aunque esta explicación de su fervor desregulador puede resultar simplista. El propio Greenspan también achacó su previsión errónea a la falta de datos sobre las prácticas de crédito de riesgo, aunque resulta difícil dar crédito a esa afirmación viniendo de alguien famoso por su habilidad para analizar estadísticas económicas poco claras.
Otra explicación de esta falta de previsión es que ya se habían producido varios episodios anteriores de excesos financieros bajo la supervisión de Greenspan, pero ninguno había dañado gravemente el sistema financiero ni la economía de Estados Unidos. Cuando el mercado bursátil se desplomó en 1987, Gerald Corrigan, del Banco de la Reserva Federal de Nueva York, actuó con rapidez para inyectar liquidez en el sistema financiero. Durante la crisis de la deuda mexicana de 1994, el Tesoro de EE. UU., dirigido por Robert Rubin, recurrió a su Fondo de Estabilización Cambiaria hasta que se concertó una financiación permanente. En 1997, cuando estalló la crisis financiera asiática, tanto el Tesoro como el Fondo Monetario Internacional, bajo el liderazgo del economista Stanley Fischer, salieron al rescate.
A partir de estos episodios anteriores, Greenspan dedujo que los mercados, movidos por el interés propio y aunque propensos a los excesos, podían recuperarse por sí mismos lo suficiente como para evitar poner en peligro el sistema financiero y la economía. La lección correcta habría sido, en primer lugar, que los mercados requieren una regulación estricta y, en segundo lugar, que es esencial contar con tecnócratas competentes al mando. Hoy, en 2026, es oportuno recordar estas lecciones. Copyright: Project Syndicate, 2026.
Barry Eichengreen, catedrático de Economía y Ciencias Políticas en la Universidad de California, Berkeley, es autor, entre otras obras, de “Money Beyond Borders: Global Currencies From Croesus to Crypto“ (Princeton University Press, 2026).