Remedios y remedos
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¿Con qué se curaban nuestros antepasados? Yo digo que con nada. Con hierbitas, a lo más. Estaban sanos o se morían, así de fácil. Obraba en ellos la naturaleza, que es médica muy sabia, y solos, solitos, se curaban, o solos, solitos se iban al otro mundo sin ayuda de nadie. Tenía mucha razón el querido e inolvidable doctor Miguel Farías cuando allá por los años cuarentas del pasado siglo decía a propósito de los bebés:
-Si llegan al año de edad, después ya no se mueren ni matándolos.
Es imposible, pienso yo, que los remedios que se anunciaban en aquellas épocas sirvieran para curar algo. Esos productos sólo pueden haber sido fruto de la charlatanería. Pondré un ejemplo. En 1920 los saltillenses recurrían a un medicamento cuyas virtudes eran proclamadas en hojas volantes. Yo conservo una de ellas. Leamos:
ALTERATIVO DE JAYNE. Purificador de la Sangre. El mejor remedio para curar la escrófula, los lamparones, los tumores blancos, las úlceras, los tumores escrofulosos, cancerosos e indelentes, las afecciones mercuriales, la papera (hinchazón del cuello), las dilataciones y ulceraciones de los huesos, coyunturas, glándulas o ligamentos, o del hígado, el bazo, los riñones, etc.; todas las enfermedades cutáneas tales como la herpes, tiña, diviesos, carbuncos, granos, mal de ojo, las afecciones nerviosas, las convulsiones epilépticas, el Baile de San Vito, la hidropesía, desórdenes constitucionales y todas las enfermedades que proceden del estado imperfecto de la Sangre u otros fluidos del cuerpo; enfermedades de carácter mixto o complicado por pérdida abnormal o desnaturalizada de las secreciones usuales, o también por su retenimiento.
También en no pocos casos las personas que padecen de crecimientos malignos u otras formas mórbidas alarmantes se han curado fácilmente con este alterativo....
Generalmente lo que sirve para mucho no sirve para nada, de modo que resulta inconcebible que la tal pócima de Jayne tuviese alguna eficacia verdadera. Debe haber sido como la mentirosísima mixtura que vendía el doctor Dulcamara en la ópera El elixir de amor, de Donizetti, que servía no sólo para curar todos los males, sino también para inspirar pasión en las doncellas, rendidas de amor ante el varón que sabiamente les administraba aquel mirífico licor.
Cada época tiene sus mitos médicos. En Saltillo hubo un doctor a quien la gente llamaba el doctor Ato, pues sostenía que todos los males del cuerpo se podían curar con remedios cuyo nombre terminaba con el sufijo -ato: los males de la cabeza, con salicilato; los del pecho, con benzoato; los del estómago, con carbonato, y otros de más abajo -secretos y temibles-, con permanganato.
Seguramente quienes nos seguirán en el camino de la vida se reirán de algunos de los medicamentos a los que ahora les atribuímos calidad de infalibles. Todas las ciencias adelantan que es una barbaridad, pero siempre se quedan atrás de sí mismas. No cabe duda: especialmente en cosas de la medicina todo tiempo futuro habrá de ser mejor.