¿Astronauta, marino o caballero?

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Opinión
/ 2 marzo 2014
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Cuando era niño me gustaba imaginar que era astronauta o marino, caballero de la Edad Media o gladiador Después crecí y me encontré inmerso en el mundo de los adultos. En el todos los juegos estaban inventados, con sus reglas para vencedores y vencidos. Un día, mientras los adultos jugaban a que nunca ocurría nada, decidí leer un libro; lo abrí y, apenas había comenzado, sentí que viajaba y sorteaba miles de peligros y rescataba a la princesa del castillo. Me gustó tanto que al día siguiente leí otro libro y otro más. Cuando leí tantos que, juntos, no cabían en la habitación, me puse frente al papel y dejé volar la imaginación. Escribí mi historia pensando en ti: sin tu ayuda, ninguno de los personajes cobraría vida. ¿Quieres jugar conmigo? Con estas sugerentes  palabras José Francisco Viso,  autor de Don Caracol Detective, da la bienvenida a sus  jóvenes lectores.

La razón

Ustedes se preguntarán la razón por la cual he invitado a este autor a la columna de esta semana y  les diré que, por lo menos, tengo tres motivos para hacerlo.  Primero,  porque una pizca de mi alma aún es de niño (quisiera tenerla toda entera) y esa parte, de repente, se apodera de mi pluma. 

Segundo, porque ustedes estarán de acuerdo que este hermosísimo prólogo, encierra una verdad inmensa: leer es vivir, imaginar, aprender a ensoñar la realidad, pero sobretodo,  significa darnos un regalo para ser creativamente más humanos. 

Y finalmente,  porque observo, para la fortuna de los educandos (y la nuestra),  que hoy muchas escuelas y universidades tienen programas de lectura las cuales pretenden, entre otros objetivos, que los estudiantes desarrollen el gusto, la pasión, el amor -diría yo - por la lectura.

La verdad  es que, de las cosas buenas que hacen las escuelas, particularmente me maravilla la actual urgencia de poner a los muchachos en la senda de la lectura, porque el acto de leer, es parte del acto de vivir.

Confieso que, aún cuando consciente estoy que sean inevitables y tal vez sean necesarios la tecnología, los juegos electrónicos, la televisión, las redes sociales y  otras tantas otras distracciones a las que estamos expuestos, éstas nos han puesto en el límite de un profundo despeñadero si es que no, ya nos hemos desplomado, estrepitosamente, hacia sus profundidades y es aquí en donde la lectura  -que siempre invita a la reflexión e imaginación-,  representa la posibilidad para volver a mirar el cielo y sus estrellas, recuperando así lo mucho que como humanos hemos extraviado: los sueños que motivan a vivir despiertos, animados. Entusiasmados.

Ya lo dijo atinadamente  Vargas Llosa: seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría, sin duda la lectura crea, recrea y transforma. Una buena selección de libros es como una buena selección de alimentos: nutre.

Analfabetismo moderno

Y díganme si no. Por ejemplo, es penoso eso que les sucede a muchos de nuestros jóvenes: obviamente saben leer, pero no necesariamente comprenden  el significado de las palabras que leen (analfabetismo funcional). Saben escribir en la computadora, usan espléndidamente el móvil hasta que aparece el síndrome de Blackberry  (que se refiere a los problemas de salud en los dedos ocasionados por las horas  que se pasan pulsando esas diminutas teclas); pero, si se les pide que redacten a mano verán lo que sucede. 

Ellos dominan lo inconcebible en el Internet y las redes sociales, pero qué tal ir a la biblioteca a consultar este o aquél otro tema y luego hacer un trabajo basado en la pura imaginación y el juicio crítico, pero claro, sin hacer la trampa con el  copy paste. 

Sin duda, los muchachos son duchos en juegos electrónicos y redes sociales, pero qué sucedería si les pidiéramos que realicen alguna composición obtenida de sus mismísimas imaginaciones. 

A ellos hay que hacerles saber que el mundo se construye mediante la palabras escrita, que la lectura les puede ayudar a ser dueños de sus vidas y llega a facilitarles posibilidades de ser ciudadanos del mundo, que la lectura hace vivir el presente, conocer el pasado, pero sobretodo imaginar o hacer futuros posibles.

¿Culpa de quién? 

Como siempre ha sido los jóvenes hablan muchísimo, pero hoy se ponen los pelos de punta al escucharlos (sobre todo las mujeres). Lamentablemente veremos que son innumerables las groserías con las cuales inyectan su lenguaje cotidiano. Y conste que no soy ningún puritano y que tampoco esperaría que hablen como un libro, pero creo que, en muchos casos,  su estilo de comunicación es un lodazal repleto de vulgaridad. Y esto en mucho podría cambiar si ellos se sumergieran en la belleza de las palabras.

Muchos de ellos son estupendos para recetarse las películas gringas y andar de reventón casi a diario, pero pregúntenles qué leen y nos sorprenderemos: algunos nada (excepto lo estrictamente necesario para pasar los cursos) y otros solamente llegan a hojear esas revistillas que únicamente socavan sus espíritus con chismes, barbaridades y  las miles de tonterías que ahí  - perdónenme la expresión - literalmente se vomitan. 

Pero luego pienso ¿cómo queremos que los muchachos lean si ellos escasamente ven a sus maestros, papás y en general a la sociedad, hacerlo? ¿Cómo infundirles ese gusto si ahora vivimos enchufados a las redes sociales? 

Inventos infructuosos

Sospecho que muchos de ellos inclusive odian la lectura porque en las escuelas se han ocupado en obligarlos a leer, transformando esta actividad en una experiencia trillada, antipática y hasta asfixiante. Por ello aplaudo esos programas que se basan en desarrollar la pasión y no la obligación por la lectura.

También, indebidamente, nos la hemos ingeniado para inventarles que el amor a los libros se encuentra asociado con la erudición (solo nerds), el nivel cultural, el anti-aburrimiento y hasta con la calidad moral de las personas. Situación por demás absurda, contradictoria, y hasta soberbia, porque el hábito de la lectura, aunque guarda algo de trabajo y sirve para muchos fines,  creo que, ante todo, es una experiencia reconfortante y gozosa.  Es un alimento inagotable para el alma, porque permite dar significado y profundidad a la palabra, a las ideas de otras personas y así pensar lo inimaginable.

Otra situación peculiar que en la actualidad irrumpe en contra de este hábito es que, a casi todo, le queremos encontrar una utilidad sonante, sobretodo material, pero por favor ¿quién leería a Cervantes, Isabel Allende o a Octavio Paz para obtener algún beneficio tangible? Más bien,  los frecuentamos porque los buenos libros son  - como dirá Martín Descalzo – los hospitales del alma. 

Como amores

Termino comentando algo que hace tiempo había escuchado: una vez - dijo - un amigo le pregunta a otro cuéntame ¿de qué trata el libro que justamente acabas de leer? a lo que su compañero contestó perdóname, pero los libros no se cuentan,  pues son como los amores ¡personalmente hay que vivirlos! Y esto es cierto. De ahí que el mejor camino para convertir a los muchachos en adictos a la buena lectura mediante el ejemplo: viviendo sus padres y maestros las páginas de los libros, rompiendo con todas las formalidades y mitos que hemos forjado en torno a la lectura obligatoria. 

Por mi parte, seguiré con mi mayor pasión: hoy me sentaré a gusto en mi sillón favorito,  abriré un libro  (se me antoja releer Confieso que he Vivido de Neruda) y serenamente empezaré a gozarlo, pero eso sí,  me aseguraré  que la mirada de mis hijos ocasionalmente se cruce con el ir y venir de esas páginas. 

Tal vez, al penetrar en las hojas de este incomparable poeta,  de nuevo, me imagine a mí mismo siendo astronauta, o marino,  o  ¿por qué no? caballero de la edad media. 

Escritor y cinéfilo de tiempo completo. Actualmente trabajo como colaborador en el periódico Vanguardia de Saltillo, Coahuila, con quienes laboré en diversas áreas durante cerca de seis años, desde mis prácticas en la universidad hasta luego de mi graduación. También realizo reportajes y entrevistas para la revista Newsweek en Español, desde mi llegada a la Ciudad de México en febrero de 2017.

Me apasiona la crítica de cine, labor a la que dedico buena parte de mi tiempo para mantenerme al día con los estrenos más recientes, así como tener un amplio panorama de los clásicos en este mismo ámbito. Escribo y leo por placer. Publico textos en mi blog personal (blogenllamas.wordpress.com), en su mayoría relatos cortos. Tengo dos libros de cuentos publicados por el Municipio de Saltillo: “Demasiado Tarde” (Acequia Mayor, 2016) y “Los Ausentes” (Acequia Mayor, 2017).

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