Vivir bajo asedio
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Asediar, ponerle sitio a una fortificación -real o metafórica- es una táctica válida para conquistar una meta. Todo mundo habrá echado mano de ella en alguna ocasión pues la alternativa (darse por vencidos) resulta simplemente inadmisible, inaceptable.
La circunstancia más común en la cual uno echa mano de tal estrategia es, como cualquiera estará pensando en este momento, la del amor no correspondido, la de la frustración frente a la indiferencia con la cual el objeto de toda nuestra pasión observa, impasible, las llamas que nos devoran y amenazan consumirnos lenta, dolorosamente.
Se trata, es preciso reconocerlo en descargo de quienes deciden recurrir al asedio, de una decisión sin alternativa posible, pues solamente la derrota absoluta, total, definitiva, devastadora, nos hará desistir Y reconocernos en tal situación no es tarea fácil.
Es el asedio o asumir la verdad más incómoda, la más desoladora de las conclusiones, el más devastador de los argumentos: la vida carecerá de sentido pues se volverá un eterno momento de dolor, frustración y agonía.
Porque el asedio, si bien consume energías en forma permanente, mengua nuestras reservas -de toda índole- y nos vuelve vulnerables debido a la desprotección de otros flancos, implica también la existencia de una esperanza, implica mantener viva la llama de la ilusión.
Algo de virtuoso tienen por ello los asedios provocados por el mal de amores Pero quizá sólo a esos puede reconocérseles tal característica.
En las antípodas se ubican los asedios provocados por la ambición -de riquezas, de poder- y de los cuales podemos encontrar múltiples ejemplos a lo largo de la historia.
El sitio de Troya, por ejemplo, si bien podría justificarse a partir de una cuestión de amores, pues el mujeriego de Paris se robó a Helena -quien estaba casada con Menelao, rey de los espartanos para mayores señas-, sin duda fue un asunto de ambiciones nadie mantiene bajo sitio a una ciudad durante 10 años sólo para recuperar a una pareja que, a esas alturas, bien podía ya estar criando a los hijos de su nuevo amante.
Además, está el asunto de los dioses: seguramente cansados del tedio celestial, los pobladores del Olimpo decidieron -como diría el maestro Sabines-, ponerse a jugar con sus soldaditos de plomo y de carne y hueso, nomás para ver quién podía infundir mejores tácticas de guerra a los desechables humanos.
Con un cambio de escenario, nombres, idiomas y protagonistas, de forma similar se explica el sitio de Stalingrado en la Segunda Guerra Mundial: seis meses de la peor carnicería en la historia vivida por nuestra especie debido a la ambición por controlar -y destruir- un sitio estratégico para consolidar la conquista de Europa por parte de la Alemania nazi.
Nada virtuoso puede encontrarse en esos asedios y menos desde la perspectiva de quienes los padecen. Vivir bajo asedio debe constituir una de las más duras pruebas a las cuales puede enfrentarse el espíritu humano.
Estar permanentemente alerta, vivir con los músculos tensos, aprender a reaccionar sin pensar sino sólo por instinto nuestras capacidades llevadas permanentemente al límite porque sólo de esa forma es posible sobrevivir.
El asedio es, además, desmoralizante. Cada oleada de ataques mengua las energías, debilita la capacidad de reacción, mina el estado de ánimo y convoca a la desesperanza. No es difícil que nuestros pensamientos sean colonizados por la idea de la rendición.
Capitular es una opción más tentadora cuanto más se prolonga el sitio. Es preferible poner fin a esto de una buena vez, porque la victoria es imposible, se piensa sin remedio
¿Cómo sabe tales cosas acá, su escribidor de cabecera? Por una sencilla razón: he padecido recién el peor de los asedios a los cuales puedo uno ser sometido en estos tiempos o al menos a mí me lo pareció.
Mi domicilio particular fue violenta, permanente y salvajemente atacado, por ambos flancos, durante largos, interminables, agónicos meses. ¿La razón? A los vecinos de ambos lados se les ocurrió, con una diabólica sincronización y seguramente alentados por la idea de obligarme a huir para colonizar mi propiedad, ¡ponerse a construir al mismo tiempo!
Fueron semanas de una agonía recién concluida: el polvo, los escombros, los residuos de todo tipo fueron lanzados cual metralla, en oleadas sólo suspendidas por la llegada de la noche, en todas direcciones. Mantener a salvo la propiedad fue una proeza.
Pero eso no fue todo: el sonido ambiente de las tropas enemigas sólo puede equipararse al asedio auditivo al cual fue sometido el tristemente célebre general Noriega para obligarlo a entregarse a las tropas estadounidenses en 1989 salir vivos de esta aventura ha sido un acto de heroísmo.
Si usted llega a verse en una situación similar, si su vida es colocada bajo sitio semejante, sólo puedo recomendarle una cosa: ¡huya! Huya y no regrese hasta el cese de las hostilidades.
¡Feliz fin de semana!
carredondo@vanguardia.com.mx
Twitter: @sibaja3