Insultos lapidarios

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Opinión
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Ya en otras ocasiones me he referido en este espacio a la peculiar forma en la cual parece aguzarse el ingenio humano cuando de insultar o agredir a nuestros semejantes se trata.

A juzgar por la forma en la cual construimos las ideas para hacer sentir mal a nuestros interlocutores podría decirse, sin temor a equivocarse ni incurrir en exageración, que la oportunidad para el insulto provoca en nosotros una tormenta sináptica digna de mejores causas.

En algunas culturas, justo es decirlo, el arte del insulto se cultiva mejor y las construcciones verbales largadas al momento de la confrontación son verdaderas piezas de oratoria dignas de la inmortalidad en bronce, aún cuando las palabras usadas en su manufactura posean poco lustre y se ubiquen más bien en el cabús del idioma.

Los habitantes de las zonas tropicales, al menos en la experiencia de acá, su charro negro, parecen poseer una suerte de talento natural para el insulto soez, lapidario y contundente. Cuando insultan son fajadores al estilo Mike Tyson en sus mejores tiempos: los rivales difícilmente les aguantan un round.

He tenido oportunidad de escuchar, por ejemplo, a algún habitante del Itsmo de Tehuantepec, en Oaxaca, mientras aniquilaba a un rival de ocasión: una ráfaga mortal de invectivas disparadas en apenas 25 segundos con mortífera  precisión. El resultado fue absolutamente demoledor.

En otra ocasión presencié el altercado verbal entre un argentino y una mexicana: un despiadado intercambio de adjetivos cuya aparición conjunta en una sola conversación debería estar prohibida por alguna norma dotada de eficaces elementos de coerción.

Tarantino y sus escenas de violencia palidecen frente a los ejemplos de agresividad verbal de los cuales son capaces algunos habitantes de la raza latina, parlantes de las lenguas romances.

Porque, además, algunos idiomas se prestan particularmente para el insulto y lo hacen ver incluso como un acto de refinamiento.

En una de las muchas memorables escenas de Matrix Reloaded, el personaje llamado Merovingio ofrece una explicación breve y contundente respecto de la potencia sonora del francés en eso del arte de maldecir. Pronuncia una más o menos larga frase plagada de palabras altisonantes y remata la lección con una idea redonda: maldecir en francés es como limpiarse el trasero con seda

Y, la verdad sea dicha, la elegancia es un detalle siempre agradecible. Incluso cuando se sufre una agresión verbal. No es lo mismo ser interpelado con una sonora y ordinaria mentada de madre que ser enviado a muy, muy lejano con una refinada letanía de recordatorios maternales finamente engarzados con el hilo de la exquisitez discursiva.

Vale la pena aclarar: las mentadas nunca saben bien, pero siempre será preferible recibirlas finamente envueltas, a ser golpeados por la crudeza y la aspereza de las palabras más primitivas.

La intención de quien insulta no cambia, por supuesto. Se trata de herir, de provocar dolor, de pegar abajo de la línea de flotación del orgullo, de la autoestima, de la confianza en uno mismo.

La agresión verbal, aunque las películas sobre entrenamientos militares y prácticas de futbol americano pretendan vendernos la idea contraria, no insufla ánimos en quien la recibe ni le sirve a la víctima para reflexionar respecto de sus potencialidades.

Pese a ello, insisto, debe reconocerse el esfuerzo de quienes no se conforman sólo con la agresión vulgar y realizan un esfuerzo para concebir maneras elegantes de agresión pues ello, en todo caso, apunta en la dirección del progreso evolutivo.

Hace poco, durante una conversación cualquiera, tuve la oportunidad de atestiguar uno de esos ejemplos reconocibles de esfuerzo a la hora de insultar.

Uno de los interlocutores de la charla estaba siendo objeto de bullying en forma ostensible: todos le tupían utilizando para ello sus defectos físicos, así como las anécdotas respecto de algunas torpezas en las cuales habría incurrido en el pasado reciente.

Sin lugar la para la defensa, el victimado tan sólo se limitaba a intentar, como el Azabache Martínez, refugiarse en cuerdas y esperar que, al menos por cansancio, el castigo terminara pronto.

Justo cuando el final parecía cercano, uno de los sicarios de la lengua le asestó un comentario más o menos del siguiente estilo: eres un ser tan insignificante, tan poco relevante -le dijo con el tono más hiriente que logró encontrar en su registro notal- que si fueras un objeto serías una maroma.

Recto fulminante a la mandíbula. Más o menos de la misma contundencia del usado por Márquez para enviar a la lona a Pacquiao. Imposible reponerse de un guamazo como ese.

Sentí en ese momento el impulso de solidarizarme con el masacrado individuo y salir corriendo a la farmacia para comprarle una caja de Prozac O unas polainas. No se lo fuera a llevar el viento que comenzaba a soplar.

¡Feliz fin de semana!

carredondo@vanguardia.com.mx

Twitter: @sibaja3




Columna: Portal, periodista con más de 30 años de experiencia en medios de comunicación impresos y electrónicos. Ingeniero Industrial y de Sistemas por la Universidad Autónoma de Coahuila y Licenciado en Derecho por la Universidad del Valle de México. Además, es máster en Administración y Alta Dirección por la Universidad Iberoamericana y tiene estudios concluidos de maestría en Derechos Humanos en la Facultad de Jurisprudencia de la UAdeC. Se ha desarrollado profesionalmente en el servicio público, la academia y el periodismo. Integrante de la Comisión de Selección del CPC, del Sistema Anticorrupción de Coahuila.

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