Si muero lejos de ti Vol. 4
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Frustración es buscar una forma original de decir que las telecomunicaciones han achicado al mundo, porque que la idea es en sí misma un lugar común. Aunque supongo que ello no me exime de la obligación de intentarlo. Diré que “esto de viajar ya no es lo que solía ser” (y así, el autor invierte las ocho neuronas que -en morralla- le sobraron de su maratónica gira por tierras extrañas). Debido a mi nostalgia congénita, añoro los días en que viajar era una aventura romántica y no un periplo deshumanizante.
Los viajeros de antaño sí que rompían cualquier contacto con la cotidianeidad, con sus seres amados, con su zona segura y de confort. Rompían –al menos temporalmente- con todo lo conocido para emprender una travesía de la que, de no resultar bien librado, pasaría mucho tiempo antes de que se le echase de menos. -¿A dónde dices que fue papá? -En busca de especias y fortuna al Nuevo Mundo. -Ah… ¿Y cuánto hace que se fue? -A ver, déjame hacer cuentas… tú no habías nacido y… luego la peste negra arrasó con todos dos años antes… nos anexaron luego al reino vecino… luego el Papa reformó el calendario… ‘ora lo verás… hmmm… -Mejor dime, madre, si volveremos a verlo. -Si no se tarda mucho y no mueres de viejo, como para cuando cumplas 23 años. ¡Esos eran viajeros, chingao! Lo demás son prima donnas haciendo turismo en primera clase.
Aun así, el viaje de placer tuvo su época dorada, una antes de que en cualquier aduana, garita o aeropuerto nos trataran como presumible talibán. Quizás el equipaje de antaño no era elegante ni tenía rueditas, pero eran unos señores velices en los que literalmente podían darle sepultura a uno al final de sus días.
Por aquellos felices años hasta era común comprar tarjetas postales para llenarlas a mano y enviarse a la azarosa travesía del correo, como alegres portadoras de noticias, comunicándole a la gente apreciada lo bien que se la estaba pasando uno y las exóticas maravillas que nos regalaba la vista. Como no sea gastarle una broma al personal del servicio postal, aquello dejó de tener sentido desde que se volvió tan inmediato como accesible lo de pormenorizar hasta el más insignificante detalle de nuestras vacaciones. Ahora tenemos que ver la foto del ceviche antes de que se lo empaque el colega de la oficina que, desde Guayabitos, presume su bronceado mientras uno parece que se asoleó en el SEMEFO.
Todo ello, claro está, gracias a los dispositivos móviles con los que afortunadamente no tengo romance, aunque tampoco puedo presumirle mi total indiferencia y que, como el Hombre de Cro-Magnon, pueda prescindir por completo de la conectividad que ofrece la banda ancha.
Hasta eso, aunque no porto ningún equipo portátil que me mantenga permanentemente conectado, después de 16 horas sin revisar mi perfil y otras actualizaciones y notificaciones, comienzo a experimentar el siempre incómodo síndrome de abstinencia. A diferencia de Marco Polo o Magallanes, el viajero moderno está en todo momento y lugar (excepto en el tren subterráneo) en permanente contacto con los amigos y las noticias del terruño. Me entero gracias a este constante enlace informático, que allá en mi ciudad, las celebraciones por el aniversario de Saltillo (cuya organización le corresponde obviamente a la administración municipal), son saboteadas desde la tenebrosa maquinaria del Gobierno Estatal.
Y es que justo en los días en que la ciudad se festeja con eventos artísticos y culturales al aire libre (porque se supone que son un regalo para los ciudadanos de esta capital) a la autoridad estatal se le ocurre tener dos de los principales y más concurridos puntos de congregación popular (la Plaza de Armas y la Plaza Nueva Tlaxcala) completamente desmadrados, con trabajos de remodelación que de repente se volvieron urgentes y que, según me informan, sencillamente no avanzan, pues su único objetivo parece ser el restarle lucimiento a todo lo que haga la administración municipal.
Claro, siempre se podrá aducir que sólo se trata de una penosa coincidencia, pero la verdad es que uno se siente mucho menos estúpido e ingenuo pensando mal y atribuyéndoselo a la malicia y al enanismo mental (como le llama mi colega y amigo Alejandro Pérez) de los pusilánimes latrócratas que gobiernan el Estado.
¿Pero serían ellos capaces de estas mezquindades? Claro que sí, de éstas y otras más, y de llevar su pleito a cualquier territorio porque, como ya dijimos, son mentalmente chaparros hasta el enanismo. Mucha pena da evocar al terruño de esta manera. Para enterarse de sandeces como esta a veces pienso que sería mejor perder definitivamente la conexión Wi Fi y olvidarme de donde vengo mientras estoy de viaje. petatiux@hotmail.com