Diario de un nihilista

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Opinión
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Por Semana Santa estuve en la Ciudad de México. Hace algunos años que no la visitaba y sólo puedo decir, parafraseando a Salvador Dalí, que lo pensaré mucho antes de hacerlo de nuevo. En efecto: en el breve lapso de mi estancia, cayó una granizada de auténticas pelotas de beisbol, falleció García Márquez y tembló en un grado que trajo a la mente siniestros recuerdos del año 85. (Hacia mil novecientos veintitantos, Salvador Dalí, entonces un adolescente solitario, caminaba por mero el medio de una calle de Barcelona, en sentido contrario, cuando se topó con una manifestación anarquista, que gritaba consignas en contra de la monarquía; el aprendiz de pintor, que ya era anarquista desde entonces, y también megalómano, creyó que aquella turba de obreros venía a su encuentro para aclamarlo y treparlo al solio de la gloria.) Encontré la ciudad inusitadamente sobrepoblada. Y no fue una mera impresión de provinciano. Durante la década que residí allí, entre 1986 y 1995, la ciudad era más humana y transitable, luego de haberse vaciado pasablemente por causa del gran terremoto. Actualmente, pareciera que todos aquellos migrantes hubiesen regresado de sus apanicadas vacaciones en provincia, donde no echaron raíces ni hicieron huesos viejos. Además de que la ciudad continúa recibiendo un grueso porcentaje de migrantes permanentes cada año, como ocurre desde la década de 1930, o tal vez desde siempre. Aunado a ello el crecimiento biológico de veinte años, da como resultado una ciudad sobrecargada, que está a punto de explotar en un desastre demográfico superior a una eventual erupción del Popocatépetl, que los chilangos esperan con una mezcla de fatalismo y estoicismo desde principios de este siglo. Tal como se ve en estos momentos, la Ciudad de México no tiene futuro, como no lo tiene Lima, Perú, Puerto Príncipe en Haití o la capital del Sudán, por dar tres ejemplos al azar. En vano el Gobierno Federal destina desmesuradas cantidades de dinero a hacerle viables sus servicios urbanos. Lo que no invierte en el municipio de Ramos Arizpe, uno de los más grandes y productivos del país, lo malgasta en la delegación Iztapalapa, tan poblada como un país centroamericano y tan improductiva como éstos en términos económicos. La gran urbe está a punto de estallar, y ello será cuestión de pocos años y algunos meses. Se siente en cada esquina, en cada parque, en cada supermercado, en cada cine. Al fondo de las estaciones del metro, a mediados de abril, se padecía una temperatura similar a la Piedras Negras, con la densidad de población de una ciudad china. De hecho, por la mentalidad de sus habitantes y por su curioso estatus político, la Ciudad de México parece un enclave territorial autónomo y extraterritorial, como lo fuera Hong Kong durante 100 años con respecto a China. La megalópolis es una vasta isla que tiene poca relación con el resto de México, nación a la que usurpa el nombre y la capitalidad.




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