Todos coludos y rabones: el justo medio
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Lo que sucede en el país parece indicar que debe haber existido hace varios años una voluntad de transformarlo de manera radical. Pudimos ver que Enrique Peña Nieto no atinaba en cuestiones de orden simple y que sin un asesor cercano se perdía. Sus varios desfiguros en la campaña presidencial y sus muchos yerros en el Estado de México no auguraban gran cosa para él ni para nosotros.
Hago una digresión señalando que la teoría de los roles (o papeles que uno juega en la vida) obligan a la persona a actuar de acuerdo al personaje asignado. Traiga a un buen hombre, tranquilo, apocado, entréguele un kepí, un uniforme y un garrote y verá que ya no es el mismo: se impondrá a los demás, amenazará, exigirá un trato especial y usará de la fuerza ante el menor pretexto. ¿Qué le pasó?, le pasó que ahora es autoridad y debe ejercerla porque puede hacerlo.
En años pasados vimos a Vicente Fox dando tumbos y luciéndose porque desde su puesto podía imponer el uso de sus botas, hablarle a su hijita desde la más alta tribuna, utilizar vocabulario burdo. Creía que su investidura implicaba el derecho a la mezquindad. Resultó muy pobre para el puesto. Invitó a George W. Bush a su rancho y lo atendió bien. Luego lo desaprobó en su invasión a Irak y quedó fuera de su beneplácito. Hizo lo mismo con Fidel Castro, pero de otro modo y lo humillaron. Fox terminó su sexenio ansiando que finalizara porque le quedó grande. Abdicó de su deber aunque era el que más votos había obtenido y su legitimidad estaba arriba de la de cualquiera.
Al contrario, Felipe Calderón ingresó a los Pinos por la puerta trasera. Su triunfo en las urnas se dio en cuasi-empate. Aunque no debería influir, su estatura le fue contraria y los caricaturistas la aprovecharon. Con todo en contra escogió un frente que le pareció el justo: acabar con los narcotraficantes. Ignoraba que éstos trabajan para los Estados Unidos porque allá necesitan drogas. A la vez ellos arman a los delincuentes mexicanos. Trabajó para los gringos y lo despreciaron. De este lado estuvieron los muertos y de aquel los adictos. De cualquier manera Calderón fue más presidente que Fox y empeñó su figura, cosa que nadie quiere hacer: prefieren perder al país pero conservar la cabellera.
Ni tan claro como el triunfo de Fox ni menos tan ajustado como el de Calderón, Enrique Peña Nieto se sentó en la silla tras una campaña mediocre en la que olvidó sus tres libros predilectos, habló un inglés de quinta, fue acosado por los jóvenes ricos de la Ibero, se lanzó tras el Papa para justificar su noviazgo, acordó con François Hollande la liberación de la secuestradora francesa y, como si esto fuera poco, en sus primeros meses se le descubrió que usaba el chícharo (pequeño micrófono incrustado en el oído) sin el cual su discurso se perdía en chocarrerías. De ahí que sea toda una revelación su nueva presentación, su coherencia y capacidad discursiva. Lo que estoy diciendo, advierto, no es su justificación sino una descripción. Por ello me asombra su cambio. ¿Será que le surgió el don Pancho en el puesto porque tiene pistola, kepí en fin, el poder omnímodo? No lo sé, pero es posible. Todos sus enemigos se le han rendido y a los otros los hizo pedazos, vea a Elba Esther y a Mireles y compárelos con el obrero Romero Deschamps y el minero Napoleón Gómez Urrutia.
Los presidentes obran por su cuenta pero también por la de muchos otros. Los proyectos que están surgiendo, empezando por las reformas, son una muestra. Fox intentó el aeropuerto y lo golpearon. Calderón propuso casi la misma reforma energética que Peña y todos los priístas la atacaron con extrema violencia verbal hablando una y mil veces de soberanía de la nación y encendiéndole veladoras a Lázaro Cárdenas. ¿Cómo alguien puede cambiar tan rápidamente? Porque no tiene convicciones y tiene bolsillo; no dignidad sino desvergüenza.
Lo anterior no alega a favor de ningún presidente porque los últimos, desde De la Madrid para acá, han sido indefendibles. Con Echeverría y López Portillo tendríamos para saber por qué México quedó en el atraso. Salinas entregó el país a Carlos Slim y Peña lo está entregando a Televisa, Banca Santander et alii. Total, siempre se me acaba el espacio, y quedo más frustrado que usted.