La gran mentira del mexicano
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Jesús Carranza
Leí y acepté los términos y condiciones. Así solemos responder a todo lo que se nos pregunta cuando navegamos en la red para poder brincar al siguiente paso. Si vamos a instalar el Acrobat aparece un culebrón con miles de caracteres advirtiéndonos que aceptamos los términos, que nos comprometemos a darle buen uso y todas las vainas que al proveedor se le ocurra exponer. Al final aparece un cuadrito donde le picamos: aceptar. Siguiente.
Si vamos a bajar de la red una aplicación para nuestro teléfono celular, el proveedor nos avienta por delante un contrato de unas mil palabras y le damos hasta donde dice: aceptar. Siguiente.
No sé de alguien que haya sido demandado y encarcelado por haber incumplido los términos de un contrato electrónico. Regularmente son letras diminutas, ni con lupa las queremos leer y menos comprender, seguramente nos tomaría horas.
Como solemos decir los mexicanos cuando nos ponen un documento por delante para firmar: Si ya firmé el acta de matrimonio, que no firme esa cosa.
La mayoría de los mexicanos no leemos ni los instructivos de los electrodomésticos que compramos. Llegamos a casa con el televisor, el microondas, sacamos de inmediato de la bolsa donde vienen los cables que conectan a la energía eléctrica y al reproductor de DVD y arrumbamos todos los papeles que vienen adentro.
En esos papeles que inmediatamente tiramos, viene impresa la garantía y el instructivo del aparato que adquirimos. Ni siquiera nos preocupamos por leer el manual del vehículo que conducimos; en ese cuadernillo que se conserva como libro nuevo en la guantera están impresas las indicaciones para el correcto y buen uso del coche. Desde el inflado de neumáticos, los litros y especificaciones de lubricante que debe llevar el motor, la transmisión y sus componentes.
Me comentó un amigo empresario que este mal hábito le salió en un ojo de la cara. Todo por no leer el manual de una máquina que compró en Alemania.
Llegaron los ingenieros que le vendieron e instalaron el artefacto, y lo dejaron funcionando perfectamente. Pero una mañana, en el primer turno, por más que subían y bajan el interruptor, el aparato no iniciaba.
Allí empezó todo mundo a sudar y a crujir los dientes. ¡Hombre!, esta cosa no enciende! díganle al patrón que la máquina ya no quiso funcionar, se decían unos a otros.
Inmediatamente se comunicaron con el vendedor alemán para decirle que esa mañana no quiso arrancar el artefacto y la producción se detuvo. Todo el turno se tiró en la hamaca.
Al otro lado de la línea telefónica el ingeniero Hans lo primero que les preguntó es si habían leído el manual, de este lado el ingeniero Pérez le dijo a Hans, que sí, que ya lo habían leído y que ni máiz, que la cosa no quería jalar.
El ingeniero Hans les dijo: No prrreocupéis, no prrreocupeis, en estos prrrecizos momentos sale el ingeniero Kruntz para México y les arregla el desperrrfecto, es parrrte de la garrrantía. Perrro, si el errror es de los operarios, el costo del viaje del ingeniero Kruntz lo pagan ustedes, más una penalización que se verrrá reflejada en la garrrantía de la máquina.
El ingeniero Kruntz salió para México. Fue recibido como héroe. Una vez que comprobó que no funcionaba el artefacto, les pidió el manual.
¿Cuál manual?, preguntó el ingeniero Pérez con cara de interrogación.
El manual de la máquina, respondió Kruntz.
Hans les preguntó ayer que si lo habían leído y ustedes dijeron que sí. ¿Dónde está ese manual?, volvió a preguntar Kruntz.
Allá van todos asustados a buscar el manual. Lo encontraron arrumbado en el cuarto de los trapeadores. Lo había puesto la señora de la limpieza en un cerro de papel para el reciclado. Ni siquiera lo habían sacado de lo bolsa.
Una vez que Kruntz leyó el manual, se fue a un extremo de la máquina, abrió un gabinete movió una palanca y encendió el aparato perfectamente.
Se había botado una pastilla por una variación de voltaje.
Ya ven lo que les pasa por no leer. Ahora ustedes pagarme los gastos, les dijo Kruntz.
Mi amigo acabó pagando el viaje del ingeniero Kruntz, que sí lee.